Mataró: mucho eslogan y poca escoba

Mataró es una ciudad maravillosa. Lo sabemos porque el Ayuntamiento nos lo recuerda con cierta frecuencia, no vaya a ser que salgamos a la calle y se nos olvide. Una ciudad moderna, dinámica, sostenible, cohesionada y probablemente resiliente. Porque hoy cualquier municipio que se precie debe ser resiliente, aunque tenga los contenedores desbordados, las aceras pegajosas, las papeleras llenas y algunas calles con el encanto lumínico de un callejón por el que hasta Torrente pasaría con las puertas de su coche bloqueadas.

Mataró vista desde la playa
photo_camera Mataró vista desde la playa

La realidad tiene esa manía tan desagradable de estropear los eslóganes. Mataró da desde hace tiempo una imagen de abandono que ya no puede despacharse culpando exclusivamente al incivismo. Claro que hay ciudadanos guarros. Los hay en todas partes. Gente que deja una bolsa al lado del contenedor vacío porque abrir la tapa supondría un esfuerzo físico incompatible con su proyecto vital. Personas que abandonan un sofá en la acera y quizá esperan que, durante la noche, se convierta en mobiliario urbano.

Pero el incivismo no exime al Ayuntamiento de limpiar, mantener, vigilar y sancionar. Precisamente para eso pagamos impuestos, aunque parece que los pagamos para financiar campañas que nos expliquen todo lo que el Ayuntamiento piensa hacer algún día.

El propio Ayuntamiento ha reconocido que el estado de la limpieza debe mejorar. Y ahora llega el anuncio del nuevo contrato de limpieza y recogida de residuos, con más personal, más maquinaria, nuevos contenedores y una ciudad que, según nos cuentan, avanzará por fin hacia un futuro más limpio, ordenado y reluciente.

Conviene aclarar que el contrato todavía está recorriendo ese apasionante camino administrativo que separa una rueda de prensa de una calle limpia. De momento tenemos los pliegos, las promesas y las fotografías. La escoba ya llegará cuando termine de rellenar los formularios.

Y, casualidades del calendario, las elecciones municipales de 2027 empiezan a acercarse. Esa época mágica en la que florecen los contratos, germinan las mejoras y las promesas aparecen a gogó, como las margaritas en primavera, pero con logotipo institucional. Mejorar la limpieza es necesario. Lo sorprendente es que, después de tantos años gobernando, las soluciones definitivas suelan descubrirse cuando las urnas empiezan a carraspear.

Tampoco estamos ante un gobierno recién aterrizado que haya encontrado la ciudad envuelta en papel de periódico y deudas del anterior propietario. El PSC ha gobernado Mataró desde 1979, salvo el breve paréntesis de 2011 a 2015. Más de cuatro décadas administrando la ciudad. A estas alturas, culpar a la herencia recibida obligaría a señalarse a uno mismo, aunque fuera en una fotografía con más pelo y pantalones de campana.

Cuando un partido gobierna durante tanto tiempo, deja de gestionar la ciudad y empieza a confundirse con el mobiliario. Está ahí, como una farola. Puede que no ilumine demasiado, pero lleva tantos años que ya nadie recuerda quién la puso.

El problema de la suciedad y el deterioro no es solo estético. Existe una teoría conocida como la teoría de las ventanas rotas, que parte de una idea bastante sencilla: cuando un espacio presenta señales continuas de abandono y nadie las corrige, transmite que allí no hay control, vigilancia ni tampoco consecuencias.

No hace falta convertir Mataró en una película norteamericana de policías malhumorados. Basta con entender que una farola rota, una pintada que permanece durante meses, una montaña de bolsas alrededor de un contenedor, una plaza degradada o un banco destrozado envían un mensaje.

El mensaje no es «somos una ciudad sostenible». El mensaje es «aquí nadie está mirando». Y cuando la administración parece no mirar, algunos dejan de preocuparse por ser vistos. Y aquí es donde aparece la inseguridad. O, mejor dicho, la discusión sobre la inseguridad, porque en Mataró ya tenemos dos ciudades. La que pisan los vecinos y la que aparece en las ruedas de prensa.

El alcalde y su tropa municipal celebran que bajan las denuncias. Y ojalá eso significara, sin matices, que también bajan los delitos. Sería una noticia excelente y hasta podríamos brindar con una botella pagada por cada ciudadano, que saldría bastante más barata que otra campaña institucional. El problema es que denuncia y delito no son exactamente lo mismo.

Las estadísticas contabilizan aquello que llega al sistema. Un delito que no se denuncia desaparece del registro, pero no desaparece de la vida de quien lo ha sufrido. Si denunciar se convierte en una carrera de obstáculos, si se cuestiona al ciudadano, se le desanima o se le hace sentir que el trámite no servirá para nada, mucha gente acabará marchándose a casa. No porque no haya ocurrido nada, sino porque además de víctima se le exige vocación de opositor administrativo. El delito seguirá estando, lo único que habrá desaparecido será el papel.

La seguridad no se gestiona con notas de prensa. Se gestiona con presencia policial, coordinación, iluminación, mantenimiento, limpieza, sanciones contra el incivismo, atención a las víctimas y respuestas rápidas. También con políticas sociales, educativas y de prevención, por supuesto. Una cosa no excluye la otra, aunque algunos se comporten como si pedir orden implicara querer instalar una alambrada alrededor de cada rotonda.

Mataró no necesita discursos triunfalistas ni diagnósticos dulcificados. Necesita un Ayuntamiento que vea lo que ven sus vecinos cuando salen de casa. Porque la ventana rota más peligrosa no siempre está en un edificio abandonado. A veces está en un despacho municipal: es esa ventana por la que entra la realidad y alguien, rápidamente, corre una cortina hecha con estadísticas.

Mataró no necesita que el Ayuntamiento le diga que la ciudad mejora, necesita poder comprobarlo al pisar la calle. Todo lo demás es propaganda con chaleco reflectante.