El trágico crimen en Nochebuena que conmocionó Granollers

La noche del 24 de diciembre de 1994, mientras la mayoría de los hogares de Granollers se disponían a celebrar la Nochebuena, en el bloque Montserrat del barrio de Can Gili la realidad se torcía de forma irreversible. Bajo las luces tenues de un piso castigado por la precariedad, el alcohol y las desavenencias conyugales acumuladas durante años actuaron como el detonante de una tragedia oculta.

En medio de una violenta discusión doméstica, Rosa Guardia Reverte, de 37 años, asestó varias puñaladas mortales a su esposo, José Torres Peña, de 50 años. Aquel acto de desesperación y furia no solo terminó con su vida, sino que inauguró uno de los episodios más macabros y mediáticos de la crónica negra española de finales del siglo XX. Un suceso que conmovería a una comunidad obrera y que dejaría una profunda cicatriz psicológica en una familia rota por la miseria y el silencio.

La muerte de José Torres no fue descubierta de inmediato. El verdadero horror comenzó a fraguarse cuarenta y ocho horas después del parricidio, cuando los vapores de la embriaguez cedieron paso a un frío cálculo de supervivencia. Sola y desbordada ante la magnitud de lo que había hecho, pero con la mente fija en eludir la acción de la justicia, Rosa Guardia tomó una determinación espeluznante. Con la ayuda forzada y el asustado consentimiento de algunos de sus seis hijos, comenzó a levantar un tabique en un armario de su propio dormitorio.

Ladrillo a ladrillo, con el cemento fraguándose en la intimidad de la vivienda familiar, construyó un doble fondo. Allí, en la oscuridad, emparedó el cadáver de su marido. De este modo la rutina de la casa continuó desarrollándose a escasos centímetros de un secreto sepultado en yeso. Los niños comían, dormían e iban a la escuela sabiendo que el cuerpo inerte de su padre habitaba el mismo espacio que ellos, oculto tras la ropa colgada y un muro improvisado.

Durante semanas, Rosa Guardia desplegó una elaborada estrategia de distracción. La ausencia de José Torres no tardó en levantar sospechas entre los vecinos y el resto de los parientes, quienes conocían el carácter tormentoso de la pareja pero no concebían una desaparición tan repentina. Para acallar los rumores, la mujer elaboró una mentira audaz que la llevó incluso a las pantallas de televisión de todo el país.

En febrero de 1995, acudió al célebre programa ¿Quién sabe dónde? de Televisión Española. Un espacio que congregaba a millones de espectadores cada semana en busca de personas desaparecidas. Ante las cámaras, con un rostro que mezclaba la angustia fingida y el cansancio real, Rosa Guardia suplicó ayuda para localizar a su esposo, asegurando que se había marchado voluntariamente tras una riña y que temía por su bienestar.

Este nivel de cinismo y la desesperada puesta en escena no hicieron sino alimentar el posterior impacto público cuando la verdad salió a la luz. La opinión pública contemplaba con incredulidad cómo una aparente víctima de la desgracia civil escondía, en realidad, el secreto de un crimen bajo su propio techo.

Sin embargo, el hormigón y el engaño no bastan para contener la culpa cuando esta devora a quienes se ven obligados a compartirla. La presión psicológica se volvió insoportable, especialmente para la hija mayor del matrimonio, Rosi Torres. Conducida por un remordimiento insostenible y por las pesadillas recurrentes que significaba habitar un hogar convertido en mausoleo, la joven no pudo resistir más el peso del secreto.

A principios de febrero de 1995, Rosi acudió a las dependencias policiales de la localidad vecina de Sant Cugat para confesar lo que había ocurrido en la intimidad de Can Gili en la noche de Navidad. Su declaración, precisa y desgarradora, desencadenó una rápida intervención de las fuerzas de seguridad. Los agentes se personaron en el bloque Montserrat y, tras registrar el dormitorio principal, derribaron el tabique falso del armario.

La macabra confirmación de las palabras de la joven desató una oleada de estupor en el vecindario. Rosa Guardia fue detenida de inmediato y puesta a disposición judicial. El titular del Juzgado de Instrucción Número 5 de Granollers decretó su prisión incondicional tras escuchar un relato que ponía los pelos de punta a los investigadores.

La resolución del caso avanzó con rapidez gracias a la plena confesión de la parricida. Ante el juez, Rosa Guardia asumió la total autoría de las puñaladas y del posterior ocultamiento del cadáver, exculpando con firmeza a sus hijos menores de edad del diseño y ejecución del crimen. Declaró que los muchachos solo habían actuado bajo su estricto mandato, atenazados por el miedo y la total sumisión materna.

Esta asunción de culpabilidad buscaba proteger el porvenir de una prole ya de por sí marcada por la tragedia. La hija mayor, que inicialmente fue retenida por la presunta complicidad en el encubrimiento, quedó en libertad sin fianza tras declarar como testigo clave contra su madre, en una sesión judicial de alta carga emotiva que evidenció la profunda fractura emocional de la familia.

Rosa Guardia fue condenada a una pena de 11 años de prisión por el asesinato y el emparedamiento de su marido, una sentencia que en la época reflejó las atenuantes derivadas del contexto de marginalidad, desavenencias conyugales graves y problemas endémicos con el alcohol que rodeaban la convivencia del matrimonio.

La prensa de la época no tardó en bautizar el suceso como el caso de la Dulce Neus II, un eco directo del célebre crimen cometido años atrás por Neus Soldevila en la provincia de Barcelona, quien también instrumentalizó a sus propios hijos para acabar con la vida del patriarca familiar. No obstante, los análisis mediáticos y criminológicos modernos matizan esta etiqueta, inscribiendo el caso de Granollers dentro de un espectro complejo de discursos sobre la violencia en el ámbito doméstico.

A diferencia de otros parricidios el crimen de Can Gili desnudó las carencias más crudas de las periferias urbanas de los años noventa. Esto es, familias numerosas atrapadas en ciclos de pobreza, adicciones no tratadas y una falta absoluta de redes de asistencia social efectivas. El paso de las décadas no ha borrado el impacto de este caso, que permanece en los anales de la crónica negra española no solo por el horror físico del emparedamiento en Nochebuena, sino por la terrible dimensión humana de unos hijos obligados a elegir entre el peso de la ley y la lealtad ciega a una madre que acababa de convertirlos en guardianes de una tumba oculta en su propio armario.