La civilización de la pereza: cuando la fama sustituye al mérito

Durante siglos, las sociedades prosperaron sobre una verdad tan elemental que apenas necesitaba enunciarse: para recibir había que crear. El agricultor cultivaba la tierra, el artesano perfeccionaba su oficio durante décadas, el comerciante asumía riesgos, el científico consagraba su vida a una investigación que quizá no vería culminada, y el ingeniero ponía su conocimiento al servicio de problemas reales.

La riqueza no era simplemente dinero; era la consecuencia visible de una aportación útil al mundo. Quien la obtenía había dejado antes algo detrás de sí. Hoy asistimos a la inversión silenciosa de ese principio, y conviene decirlo con claridad: no estamos ante una mera transformación tecnológica o económica, sino ante una transformación moral. Generaciones enteras crecen observando que el camino hacia el éxito no pasa necesariamente por el esfuerzo, la disciplina o la excelencia, sino por una habilidad mucho más barata, la de atraer la atención ajena.

Las redes sociales han edificado una economía entera sobre esa habilidad, convirtiendo la atención en la mercancía más cotizada de nuestro tiempo. El problema no es que exista el entretenimiento; toda civilización ha tenido sus artistas, sus músicos, sus actores y sus bufones, y nada hay de censurable en ello. El problema surge cuando el entretenimiento abandona el lugar legítimo que siempre ocupó y se erige en el principal referente de éxito de una sociedad. Millones de jóvenes observan a diario cómo personas sin conocimientos técnicos, sin logros científicos, sin contribuciones intelectuales y sin la menor experiencia empresarial obtienen ingresos extraordinarios por el simple expediente de acumular visualizaciones. El mensaje que reciben es devastador en su sencillez: no importa lo que aportes, importa cuánto te miren.

Las consecuencias de esta inversión de valores son más hondas de lo que parece, porque el prestigio social es uno de los motores más poderosos de la conducta humana. Las personas terminan imitando aquello que admiran. Si el modelo admirado es el investigador, una sociedad producirá investigadores; si lo es el emprendedor, producirá emprendedores; pero si lo que despierta admiración es quien alcanza la fama instantánea sin haber construido nada duradero, esa sociedad acabará fabricando muchos más buscadores de atención que creadores de riqueza.

Durante gran parte de la historia occidental existió una ética del trabajo que nunca fue solo económica, sino una visión moral según la cual el esfuerzo dignificaba a quien lo ejercía; el ahorro, la responsabilidad, el autocontrol y la perseverancia se contaban entre las virtudes, y no entre las cargas. En amplios sectores de la cultura contemporánea, esas virtudes han perdido todo su prestigio. La gratificación inmediata ha desalojado a la paciencia, el placer ha desplazado al deber, la notoriedad ha suplantado al mérito, y el resultado es una cultura ávida de emociones instantáneas y cada vez más indiferente ante las grandes obras que exigen años de entrega callada.

El fenómeno se reconoce en mil rincones: universitarios que aspiran a ser celebridades digitales antes que profesionales solventes, adolescentes que sueñan con hacerse virales antes que con dominar un oficio, personas persuadidas de que el éxito consiste en sumar seguidores y no en adquirir conocimientos. Se objetará, con razón, que el entretenimiento superficial ha existido siempre; la diferencia decisiva es que jamás hubo una maquinaria capaz de distribuirlo de forma constante, global e instantánea entre miles de millones de seres humanos, ni fue nunca tan fácil transmutar la atención en dinero.

De ahí nace lo que podríamos llamar una economía de la pereza moral, que no es necesariamente pereza física, pues muchas de estas actividades consumen tiempo y esfuerzo. La verdadera pereza consiste en renunciar al trabajo arduo de construir algo valioso para entregarse por entero a la tarea de captar miradas; es una pereza que no rehúye el esfuerzo, sino la excelencia. Y el cuadro se agrava cuando ciertas formas de exhibicionismo se nos presentan como emblemas de emancipación o de progreso, de modo que actividades antaño tenidas por degradantes se celebran hoy como pruebas de independencia personal por la única razón de que generan ingresos. La pregunta sobre si algo contribuye al bien común o al desarrollo del individuo ha sido sustituida por una sola: cuánto dinero produce.

Pero ninguna civilización se ha sostenido jamás sobre el beneficio económico a secas. Toda sociedad necesita una jerarquía moral que le permita distinguir lo que es útil de lo que es nocivo, y reconocer que no todas las maneras de enriquecerse poseen el mismo valor cultural. Una nación no se construye sobre vídeos virales ni sobre escándalos digitales ni sobre la persecución obsesiva de la atención; se construye sobre ingenieros que levantan infraestructuras, médicos que salvan vidas, empresarios que crean empleo, maestros que forman generaciones y trabajadores anónimos que sostienen el funcionamiento diario del mundo. El drama de nuestro tiempo es que precisamente esas figuras esenciales se han vuelto invisibles, mientras las pantallas coronan como celebridades a quienes apenas ofrecen algo más que un entretenimiento pasajero.

Las grandes civilizaciones no se derrumban en un día. Primero pierden la confianza en sus propios valores; después dejan de transmitirlos a quienes vienen detrás; y al final acaban admirando precisamente aquello que antaño habrían reconocido como un síntoma de decadencia. No se trata de prohibir nada ni de perseguir a nadie. Se trata de decidir qué conducta merece nuestra admiración, porque aquello que una sociedad admira es, tarde o temprano, aquello en lo que termina convirtiéndose. Y una sociedad que premia de manera sistemática la notoriedad por encima del mérito corre el riesgo de descubrir, cuando ya sea demasiado tarde, que la fama puede entretener a una civilización, pero jamás llega a sostenerla.