La consecuencia es demoledora. Los resultados catalanes no podrán compararse ni con los de otras comunidades autónomas, ni con otros países, ni siquiera con los obtenidos por Cataluña en ediciones anteriores. En otras palabras, el termómetro educativo ha quedado inutilizado precisamente cuando más falta hacía medir la evolución de un sistema que lleva años encadenando malos resultados.
Lo más preocupante no es únicamente el error. Es que, según se ha conocido, la incidencia fue detectada hace meses y las explicaciones siguen siendo confusas. Nadie asume responsabilidades claras mientras se suceden las investigaciones internas, las comisiones y los cruces de versiones entre administraciones. Demasiadas preguntas siguen sin respuesta para un fallo de semejante magnitud.
El verdadero problema no es solo un informe inútil para arrojar a la basura. Es la imagen que proyecta un sistema educativo incapaz de ofrecer datos fiables sobre su propio rendimiento. Después de años hablando de excelencia, innovación y modelos ejemplares, Cataluña acaba siendo noticia porque ni siquiera sus resultados pueden ser validados internacionalmente. Y eso sí que debería hacer saltar todas las alarmas.