Resulta enternecedor contemplar esta metamorfosis. Aquel presidente de la Generalitat que proclamó que las leyes españolas eran poco menos que papel mojado, que impulsó un referéndum suspendido por el Tribunal Constitucional y que abandonó España antes de comparecer ante la Justicia, hoy reclama con solemnidad que Europa obligue a España a aplicar una sentencia con toda la rapidez posible. Debe de ser que la Justicia es maravillosa... cuando coincide exactamente con los propios intereses.
La escena tiene algo de comedia. Puigdemont denuncia a España porque, según sostiene, no se está ejecutando correctamente el pronunciamiento del Tribunal de Justicia de la Unión Europea sobre la amnistía. Y uno no puede evitar preguntarse: ¿desde cuándo el expresidente se ha convertido en un adalid del respeto escrupuloso a las resoluciones judiciales? Porque durante años el discurso fue precisamente el contrario: desacatar, desafiar y presentar cualquier actuación judicial como una persecución política. Ahora, en cambio, los jueces parecen imprescindibles... siempre que firmen lo que él espera.
Quizá la mayor ironía de toda esta historia sea que quien pasó años explicando que las leyes podían desobedecerse en nombre de una causa superior exija ahora una ejecución inmediata, literal y sin matices de una resolución europea. No pide paciencia. No acepta interpretaciones. No concede margen alguno. La Justicia debe cumplirse... pero curiosamente solo cuando le abre la puerta de regreso a Cataluña.
En política hay giros sorprendentes, pero pocos tan espectaculares como el de Carles Puigdemont. Del "las leyes españolas no nos obligan" al "cumplan inmediatamente la sentencia" hay un viaje ideológico digno de estudio. Quizá no haya cambiado tanto su concepto de la Justicia. Tal vez simplemente siga aplicando el mismo principio de siempre: las resoluciones son magníficas cuando le favorecen y profundamente cuestionables cuando no lo hacen.