Y sin embargo, hay millones de personas que juran haberse curado gracias a esas bolitas dulces. ¿Qué hacemos con ellos? ¿Les decimos que todo fue mentira? ¿Que su mejoría fue casualidad, sugestión o simple evolución natural de la enfermedad?
La respuesta incómoda es sí… pero con matices. Porque el placebo existe. Y funciona. No cura enfermedades graves, no sustituye tratamientos reales, pero puede aliviar síntomas, reducir ansiedad y mejorar la percepción del dolor. El propio informe reconoce que muchos de los efectos positivos se explican por ese mecanismo y por la evolución natural de las patologías.
El problema no es que alguien tome homeopatía y se sienta mejor. El problema es cuando cree que se ha curado gracias a ella y abandona lo que sí funciona. Ahí es donde Sanidad pone el acento: el riesgo real no es el azúcar, sino la renuncia a la medicina basada en evidencia.
Durante años se ha permitido —y en cierto modo normalizado— un terreno ambiguo: productos legales, vendidos en farmacias, recomendados incluso por profesionales, pero sin respaldo científico. Y ahora llega el jarro de agua fría institucional: no curan. Nunca lo hicieron.
Así que la pregunta no es qué hacemos con los que “se han curado”. La pregunta es otra: ¿cuánto de esa curación era la homeopatía… y cuánto era simplemente el cuerpo haciendo su trabajo?
Porque en medicina, creer no es curar. Y confundir ambas cosas, eso sí, puede salir caro.