Y ahora que la homeopatía no sirve de nada, ¿qué hacemos con los que se han curado?

El Ministerio de Sanidad ha puesto negro sobre blanco lo que la comunidad científica lleva décadas sosteniendo: la homeopatía no es más que un placebo. No hay evidencia, no hay base farmacológica y, lo que es más relevante, no hay eficacia demostrada más allá del efecto psicológico del paciente. 

Y sin embargo, hay millones de personas que juran haberse curado gracias a esas bolitas dulces. ¿Qué hacemos con ellos? ¿Les decimos que todo fue mentira? ¿Que su mejoría fue casualidad, sugestión o simple evolución natural de la enfermedad?

La respuesta incómoda es sí… pero con matices. Porque el placebo existe. Y funciona. No cura enfermedades graves, no sustituye tratamientos reales, pero puede aliviar síntomas, reducir ansiedad y mejorar la percepción del dolor. El propio informe reconoce que muchos de los efectos positivos se explican por ese mecanismo y por la evolución natural de las patologías. 

El problema no es que alguien tome homeopatía y se sienta mejor. El problema es cuando cree que se ha curado gracias a ella y abandona lo que sí funciona. Ahí es donde Sanidad pone el acento: el riesgo real no es el azúcar, sino la renuncia a la medicina basada en evidencia. 

Durante años se ha permitido —y en cierto modo normalizado— un terreno ambiguo: productos legales, vendidos en farmacias, recomendados incluso por profesionales, pero sin respaldo científico. Y ahora llega el jarro de agua fría institucional: no curan. Nunca lo hicieron.

Así que la pregunta no es qué hacemos con los que “se han curado”. La pregunta es otra: ¿cuánto de esa curación era la homeopatía… y cuánto era simplemente el cuerpo haciendo su trabajo?

Porque en medicina, creer no es curar. Y confundir ambas cosas, eso sí, puede salir caro.

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