El guion fue cruelmente parecido al de la ida. Si en el Palau la derrota por dos goles dejó un reguero de indignación por decisiones arbitrales muy discutidas, en el Dragão Arena la historia volvió a repetirse. En los momentos calientes, cuando el partido se partía o cuando Granollers encontraba dinámica ofensiva, las decisiones cayeron del lado local. Exclusiones rigurosas, faltas en ataque señaladas en momentos clave y una gestión desigual del contacto marcaron un choque decidido por la mínima.
Y aun así, el equipo no se cayó.
Granollers jugó con personalidad, con ritmo, con convicción. Respondió a cada parcial del Porto, sostuvo el intercambio de golpes y llegó vivo al tramo final. Perder por uno, 34-33, fuera de casa y en ese contexto habla de carácter. Habla de un grupo que ha crecido en esta fase europea.
Pero el deporte de élite no entiende de méritos morales. Entiende de puntos. Y la realidad es contundente: tras esta derrota, y pese a que aún quede el compromiso ante el conjunto noruego —el Elverum—, ya no existen combinaciones matemáticas que permitan a Granollers acceder a la siguiente fase. La puerta de los octavos se ha cerrado.
El balance deja un sabor agridulce. Ha habido momentos de gran balonmano, partidos de altísima exigencia y una sensación clara de que el equipo podía competir contra cualquiera. Pero también ha habido detalles —propios y ajenos— que han terminado inclinando la balanza.
La eliminación no debe esconder el mensaje principal: Granollers no ha sido un invitado en Europa. Ha sido un competidor incómodo, valiente y respetado. Se despide, sí. Pero lo hace habiendo llevado al límite a rivales de peso y habiendo demostrado que el proyecto tiene base para volver.
Europa se acaba esta temporada. La ambición, no.