Porque el gran cambio no está únicamente en el césped. El verdadero punto de inflexión está en los despachos. La llegada de Monchi como director deportivo marca un antes y un después. Hablamos de uno de los ejecutivos con más prestigio del fútbol español y europeo, alguien acostumbrado a construir proyectos sólidos, detectar talento y dar identidad competitiva a los equipos. Su incorporación no es un movimiento menor: es un mensaje claro de que el Espanyol quiere dejar atrás años de improvisación.
La entrada de Allan Pace, el nuevo propietario norteamericano, abre además una nueva dimensión económica y estratégica para la entidad. Por primera vez en mucho tiempo, el españolismo puede mirar hacia delante con la sensación de que existe un plan. Ya no se trata únicamente de sobrevivir cada temporada. Se trata de construir un club estable, moderno y preparado para aspirar a más.
Y ahí aparece una realidad que muchos en Cataluña intentan minimizar pero que el tiempo vuelve a confirmar: el RCD Espanyol sigue siendo el segundo gran club catalán en fuerza social, historia e interés público. Incluso algunos pericos sostienen, con razón emocional, que representa mucho más territorio y autenticidad de lo que ciertos relatos oficiales quieren admitir. La caída del Girona FC ha servido también para recordar que los proyectos artificialmente inflados pueden tener recorrido limitado, mientras que los clubes históricos siempre regresan.
El Espanyol ha sufrido demasiado en los últimos años. Pero quizá precisamente por eso esta nueva etapa puede ser distinta. Porque cuando un club recupera dirección, ambición y autoestima, deja de pensar en no caer y empieza otra vez a pensar en crecer.