Si ella viviera hoy en Madrid, entendería rápido que la ciudad se juega su futuro en lo cotidiano: en dónde vivimos, cómo nos movemos, qué respiramos, qué barrios cuidamos y cuáles olvidamos. Y quizá por eso su figura sirve para pensar el Madrid que queremos desde Cree Madrid: un Madrid que no se deslumbre con grandes anuncios, sino que se comprometa con lo esencial.
Porque lo esencial, hoy, empieza por la vivienda. No hay proyecto de ciudad posible cuando vivir en ella se convierte en un lujo. Santa María de la Cabeza vería a jóvenes expulsados de sus barrios, a familias atrapadas en alquileres imposibles, a mayores que no pueden seguir en su casa. Y entendería que aquí no hace falta un milagro: hace falta un parque público de alquiler que exista de verdad, una regulación seria de las VUT y una política que deje de mirar hacia otro lado mientras los barrios se vacían de vecinos.
También entendería que una ciudad que cuida es una ciudad que acerca. Que no obliga a cruzarla entera para ir al médico o al colegio. Que apuesta por la proximidad, por la movilidad sostenible, por un Madrid donde caminar o pedalear no sea un acto heroico. Donde BiciMAD llegue a todos los distritos y donde las supermanzanas no sean una rareza, sino una forma de devolver las calles a quienes las viven.
Y, sobre todo, vería algo que en su época también existía: la desigualdad entre quienes tienen más y quienes tienen menos. Madrid sigue siendo una ciudad partida entre un norte que acumula inversión y un sur que acumula paciencia. Santa María de la Cabeza, que sabía lo que era sostener a los suyos, no entendería que Usera, Villaverde o Vallecas sigan esperando equipamientos que nunca llegan. El reequilibrio territorial continúa siendo una asignatura pendiente.
La santa que cuidaba la tierra también levantaría la vista ante un Madrid que se recalienta. Vería plazas duras convertidas en planchas de metal al sol, barrios sin sombra, calles que arden en agosto. Y preguntaría por qué seguimos retrasando la renaturalización, por qué el Bosque Metropolitano avanza a trompicones, por qué seguimos apostando por el “asfalto radiante” en lugar de árboles que den vida.
Y si se subiera a un autobús en la periferia, descubriría otra verdad incómoda: que el transporte público funciona muy bien… siempre que vivas dentro de la M‑30. Para el resto, los viajes transversales siguen siendo un laberinto. Una asignatura pendiente una vez más: carriles bus segregados, frecuencias dignas, conexiones reales entre barrios: eso también es cuidar.
Cuidar es, además, hacerse cargo de lo que tiramos. Santa María de la Cabeza no entendería que una ciudad como Madrid siga sin resolver Valdemingómez, ni que la limpieza dependa del código postal.
Y cuidarnos también implica mirar a quienes están solos. En una ciudad que envejece, la soledad no deseada es una realidad que se ataja. La santa que acompañaba sin pedir nada a cambio sería hoy la defensora de programas municipales que conecten, que acompañen, que prevengan. La salud mental no debería ser un lujo.
Tampoco entendería por qué un trámite sencillo se convierte en una carrera de obstáculos. Una administración ágil, digital, humana,que use la tecnología para simplificar, no para excluir, es parte del cuidado. Especialmente para quienes más dificultades tienen con la brecha digital.
Y si bajara a comprar el pan, vería otra amenaza: la desaparición del comercio local, ese tejido invisible que sostiene la vida de los barrios. Sin mercados municipales vivos, sin tiendas de barrio, sin incentivos para quienes mantienen la identidad de cada distrito, Madrid corre el riesgo de convertirse en un escaparate sin alma.
Por último, levantaría la vista y respiraría. Y quizá no le gustaría lo que encontraría. Porque Madrid sigue teniendo un problema de calidad del aire que no se resuelve solo con multas. Hace falta electrificar la EMT, crear parkings disuasorios útiles, ofrecer alternativas reales. Respirar no puede ser un privilegio.
Santa María de la Cabeza no pediría milagros. Pediría compromiso. Pediría políticas públicas que cuiden, que equilibren, que piensen en la vida cotidiana. Pediría un Madrid que se tome en serio lo que sostiene a una ciudad: la vivienda, la movilidad, el clima, los barrios, la salud, la cercanía.
Un Madrid que cuide es un Madrid que Cree en sí mismo.