La intervención del presidente del Gobierno este miércoles ha vuelto a colocar el lema en el centro del debate público. Sánchez apeló a la necesidad de evitar una escalada militar y defendió una política exterior basada en la diplomacia y la paz. Pero el uso del “No a la guerra” no parece únicamente un posicionamiento internacional: también tiene una clara lectura interna.
El eslogan remite inevitablemente a 2003, cuando millones de españoles salieron a las calles contra la guerra de Irak. Aquellas manifestaciones marcaron profundamente a la izquierda política y social del país, y el lema se convirtió en uno de los símbolos más reconocibles del ciclo político que culminó con el cambio de gobierno en 2004.
Recuperarlo ahora no es casual. En un contexto de tensiones internacionales, aumento del gasto militar en Europa y debate sobre el papel de España en los conflictos globales, el “No a la guerra” vuelve a funcionar como una herramienta de movilización política. El mensaje conecta con una parte importante del electorado progresista y permite activar una memoria colectiva muy potente, sobre todo si la intención oculta es “calentar” una no confirmada campaña electoral.
Sin embargo, la estrategia también abre un debate sobre la coherencia del discurso. España participa activamente en las estructuras de defensa occidentales, apoya a Ucrania frente a la invasión rusa y ha incrementado su compromiso con la OTAN. En ese contexto, el uso de un lema históricamente asociado al pacifismo absoluto genera críticas desde la oposición, que lo interpreta como un recurso retórico más que como una posición política real. Postureo efectivista y electoralista, en resumen.
Sea como sea, lo cierto es que el regreso del eslogan demuestra algo evidente: en política, los símbolos nunca desaparecen del todo. A veces simplemente esperan el momento adecuado para volver. Y en esta ocasión, el “No a la guerra” parece haber regresado también como una herramienta de campaña.