La duda en el adiós de Noelia

La eutanasia no es un tema para debatir a la ligera. No es algo sobre lo que podamos opinar sin un mínimo de conocimiento, y no ya sobre los supuestos, el procedimiento, o la regulación legal de la misma, sino sobre las causas íntimas y privadas que llevan a una persona a tomar la decisión de dejar de vivir, de pedir ayuda a otros para irse de este mundo y, sobre todo, de ejercer la libertad sobre uno mismo y lo más valioso que tenemos: la vida misma. Algo que, justamente, nunca conoceremos.

He pensado mucho, créanme, si quería escribir estas líneas después de la impresionante falta de humanidad demostrada por muchos, a uno y otro lado del debate, tanto desde quienes se oponen a la eutanasia como desde quienes son favorables a que se permita. Fundamentalmente porque todo es una duda que no tengo claro cómo ha de resolverse. Quizá porque es de esas cosas que uno se plantea de vez en cuando en la vida y que, efectivamente, no se pueden solucionar. O que no pueden serlo de una manera clara y satisfactoria. Porque no todo en este mundo tiene solución.

Lo he pensado también, y principalmente, porque ni siquiera sé cómo concluiré esta reflexión. Y dejarme llevar antes de tener clara la idea que quiero plasmar sobre el papel no es, precisamente, mi manera de hacer las cosas.

El caso de Noelia, la chica de 25 años a la que se ha aplicado el pasado 26 de marzo la eutanasia no es el primer caso, ni mucho menos, de los que ha habido en España desde la publicación de la Ley Orgánica 3/2021 de regulación de la eutanasia. Una norma absolutamente garantista, por la que no vale la mera expresión de voluntad de querer dejar de vivir, sino que ello debe someterse al examen y dictamen del médico del sujeto, de un segundo médico consultor especialista en las patologías que sufra el paciente, y de una comisión formada por un tercer médico y un jurista. Y no vale cualquier supuesto previo, sino el de arrastrar una enfermedad grave e incurable o un padecimiento grave, crónico e imposibilitante, que constituyan un sufrimiento físico o psíquico constante e intolerable para quien lo padece, existiendo seguridad o gran probabilidad de que tales limitaciones vayan a persistir en el tiempo sin posibilidad de curación o mejoría apreciable.

Y acreditado todo esto, y expresada la voluntad de morir al menos en dos ocasiones, de manera expresa y con un intervalo de tiempo entre las mismas, así como la información fehaciente sobre las prestaciones y servicios médicos disponibles en materia de dependencia, en un caso como el de Noelia sigue surgiendo la duda de si se ha hecho lo suficiente para ofrecerle una alternativa a quien no quiere seguir luchando cuando la vida es una batalla constante.

Es más: surge incluso la duda de si todas las alternativas que se puedan ofrecer no han sido realmente un añadir más sufrimiento a quien ha tomado la decisión irrevocable de dejarlo todo atrás, si el tiempo empleado en el proceso no ha aumentado su padecimiento, si cada paso hacia adelante realmente no ha sido una escalada cada vez más dura y fatigosa.

Porque el problema, quizá el principal, es que la duda ha sido siempre nuestra. Es la duda de quienes hemos asistido como espectadores a la tragedia de quien ha tomado ya una decisión y solo reclama que se la respete, que se le ayude y que le dejemos ir. Y que sea algo discreto, suyo y solo suyo, no una exhibición morbosa en una plaza pública donde cualquiera pueda meter sus narices para husmear en la miseria del dolor. La duda, realmente, no anida en quien después de un proceso burocrático y administrativo, en el que tiene que expresar una y otra vez ante otros su sufrimiento por lo que le está matando, pero que no acaba de hacerlo, solo busca silencio y paz: descansar de una vez por todas. Nuestra duda.

Opinar, y aún más, juzgar como espectadores esa situación, conscientes de que un minuto después estaremos de nuevo a nuestras cosas, en nuestras ocupaciones…, en nuestra vida, con esa exasperante libertad para pronunciarnos sobre lo ajeno, algo tan ajeno como la vida de los otros, me parece profundamente obsceno. Porque ni conozco ni llegaré a conocer nunca realmente la naturaleza de una decisión tan drástica como la de desaparecer, que solo pertenece a quien llega a ella. Porque nadie que no haya estado ahí sabe de lo que habla ni entiende por lo que se pasa. Porque incluso quienes profesionalmente por aplicación de la norma asisten a la persona que inicia el proceso de someterse a la eutanasia solo pueden identificar cuestiones legales, valorar si se cumplen requisitos y rozar, si acaso, la superficie de los verdaderos motivos que llevan al paciente a decidir que hasta aquí. Y no es poco, aunque sí todo lo necesario para completar ese expediente administrativo que la ley exige para permitir que alguien pueda ser ayudado a marcharse de la manera más digna posible cuando seguir viviendo es la mayor indignidad que uno padece.

El lamentable espectáculo de estos días, con tanto ruido articulado alrededor de Noelia y de su voluntad, de quienes la han informado y acompañado en el proceso, de quienes se han asegurado de su determinación irrevocable, de su familia, y hasta de quienes no la conocíamos hasta ahora, como tampoco conocíamos a todos aquellos que han pasado por esta decisión antes, ha sido, y sigue siendo, completamente esperpéntico.

Las circunstancias por las que alguien llega a una situación límite, especialmente en un caso tan dramático como el de Noelia, harta de vivir apenas con poco más de veinte años, nos debe hacer reflexionar como sociedad. Pero nuestras faltas no pueden condenar a vivir a quien no quiere seguir viviendo, ni nos autorizan a prolongar testarudamente las consecuencias de algo que no acertamos a evitar y que afectan a quien posiblemente menos culpa tiene.

Y aun así, y pese a todo, nos quedará la duda. La nuestra, que no la de nadie más. Una duda que no puede permitirnos, en ningún caso, mantener a nadie en su condena, aun autopercibida, cuando decida liberarse para siempre. Si solo nos pide ayuda y respeto. Por mucho que nuestra duda nos avergüence.