Diez propuestas para una derecha que quiera gobernar y no solo posar

España está en un momento político tan revuelto que ya no sabemos si estamos viendo un telediario, una serie turca o una junta de vecinos donde alguien ha robado la llave del cuarto de contadores.

El hemiciclo del Congreso.
photo_camera El hemiciclo del Congreso.

Tenemos un Gobierno que aguanta como puede, pactando con quien haga falta, cuando haga falta y al precio que haga falta. Y enfrente, en teoría, debería estar la alternativa: el Partido Popular, Feijóo, la derecha de gobierno, la opción sensata, la señora con rebeca que viene a poner orden.

El problema es que demasiadas veces esa alternativa parece tener miedo a decir algo que pueda ofender.

Porque una cosa es ser moderado y otra hablar como si cada frase hubiera pasado por siete asesores, dos juristas y un señor que siempre dice: “Mejor no nos metamos en eso”.

Mientras unos discuten banderas, relatos y pancartas, el ciudadano quiere algo bastante menos épico y bastante más útil, porque al final no se trata de ideología, se trata de gestión.

Se trata de que las instituciones funcionen. De que la sanidad atienda. De que el colegio enseñe. De que quien ocupa ilegalmente una vivienda no tenga más protección práctica que quien la ha pagado. De que abrir un negocio no parezca una penitencia administrativa.

España no necesita una derecha que grite. Para gritos ya tenemos tertulias, plenos y grupos familiares de WhatsApp. Pero tampoco necesita una derecha que parezca pedir perdón antes de existir.

Necesitamos una derecha clara, firme, reformista y con programa. Porque no basta con decir “hay que echar a Sánchez”. Eso puede servir para calentar una campaña, pero no para gobernar un país.

Aquí van diez propuestas que una derecha seria debería defender sin complejos.

1. Instituciones limpias y no convertidas en una oficina de colocación

El Estado no puede ser el trastero del partido que gobierna. No puede llenarse de amigos, asesores, exministros y personas cuyo mayor mérito conocido es haber estado cerca del que reparte las sillas.

RTVE no puede funcionar como el álbum familiar del Gobierno. El CIS no puede parecer una churrería de encuestas optimistas hechas a medida. La Fiscalía no puede dar la impresión de mirar primero hacia Moncloa y después, si queda tiempo, hacia la ley.

Hay que imponer nombramientos por mérito, mandatos protegidos, comparecencias públicas, incompatibilidades reales y mucho menos dedo. El dedo en la política española se ha usado tanto que ya parece un órgano constitucional.

El Estado no es un sofá-cama para colocar leales. Es de todos.

2. Bajar impuestos a quien trabaja, emprende y paga la fiesta

En España hay una especie muy castigada: la persona que madruga, trabaja, paga impuestos y todavía intenta ahorrar algo a final de mes. Una criatura casi protegida. Debería salir en documentales de La 2.

A esa gente se la exprime como si fuera infinita: trabajadores, autónomos, pequeños empresarios, familias normales. Siempre los mismos.

Hay que bajar impuestos, simplificar el IRPF, reducir cuotas a autónomos con ingresos modestos y premiar a quien contrata de forma estable.

Montar un negocio en España no debería parecer una prueba de resistencia patrocinada por Hacienda. Antes de ganar un euro ya tienes una cuota, tres formularios y la sensación de que la administración te vigila desde detrás de una maceta.

Trabajar no puede castigarse. Emprender no puede ser sospechoso. Ahorrar no puede parecer un delito moral.

3. Seguridad frente a ocupación, delincuencia y reincidencia

La seguridad no es un capricho de ricos. Para la mayoría, su casa es el resultado de años de trabajo, pagando hipoteca y discutiendo con el banco en tono contenido para no llorar en la ventanilla.

Una persona no puede verse atrapada durante meses porque alguien ha ocupado ilegalmente su vivienda. No puede ser que el propietario tenga que demostrar que su casa es suya mientras el ocupante ilegal se instala con tranquilidad zen.

Hay que garantizar desalojos rápidos, proteger a propietarios vulnerables, perseguir mafias de la ocupación y endurecer la respuesta frente a la multirreincidencia.

Esto no va contra la pobreza. Va contra el abuso. Para la pobreza hacen falta servicios sociales serios. Para la delincuencia hace falta ley.

Un país decente protege al vulnerable, pero también al que cumple, paga y respeta.

4. Inmigración legal, ordenada y sin cuentos infantiles

La inmigración necesita una política seria, no pancartas, gritos ni campañas de buenismo plastificado. España puede acoger a quien viene a trabajar, integrarse y respetar las normas. De hecho, lo necesita. Pero una sociedad abierta sin orden acaba siendo una puerta sin bisagras.

Hay que controlar fronteras, perseguir mafias, agilizar la inmigración legal, facilitar la integración real y expulsar a delincuentes reincidentes cuando corresponda.

Esto no es racismo. Es sentido común con DNI. Racismo es meter a todos los inmigrantes en el mismo saco. Buenismo irresponsable es negar cualquier problema y llamar extremista al vecino que ya no se atreve a bajar tranquilo a ciertas horas.

Quien viene a sumar debe tener oportunidades. Quien viene a delinquir no puede encontrar un sistema despistado, lento y lleno de excusas.

5. Educación con esfuerzo, libertad y profesores respetados

La educación debería servir para que los niños aprendan. Qué concepto tan atrevido. Casi revolucionario. Igual nos abren expediente.

Hay que enseñar a leer bien, escribir bien, razonar, calcular, conocer la historia, entender la ciencia y respetar a los profesores. No parece extremista. Parece lo mínimo para que una sociedad no acabe gobernada por gente que confunde una opinión con un dato.

Hay que reforzar lengua, matemáticas, ciencias, historia y cultura general. Hay que recuperar la autoridad del docente. Hay que proteger la libertad de elección de centro, respetar la concertada y la educación especial. Y hay que sacar la propaganda política de las aulas.

Los niños no son pequeñas pizarras ideológicas con mochila. Son alumnos. Necesitan herramientas, límites y conocimiento.

6. Sanidad pública fuerte, eficaz y sin teatro ideológico

La sanidad pública no es propiedad de la izquierda. La paga todo el mundo. También el autónomo que no puede ponerse enfermo, la camarera que dobla turnos, el jubilado que espera una prueba y la madre que lleva meses intentando que le cojan el teléfono en el ambulatorio.

Defender la sanidad pública no es repetir “sanidad pública” como si fuera un mantra con fonendo. Es hacer que funcione.

Hay que reforzar la atención primaria, reducir listas de espera, cuidar a médicos y enfermeras, modernizar la gestión, eliminar burocracia absurda y usar la colaboración público-privada cuando sirva para atender antes y mejor.

Si alguien necesita una operación, una prueba o un especialista, le importa muy poco si la solución encaja en el PowerPoint ideológico de un partido. Quiere que le atiendan. A ser posible antes de que el dolor haga la comunión.

7. Vivienda: más casas, más seguridad y menos sermones

La vivienda se ha convertido en una angustia nacional. Jóvenes que no pueden emanciparse, familias que pagan alquileres imposibles, propietarios que tienen miedo a alquilar y políticos que prometen soluciones mientras fabrican el problema en edición coleccionista.

La vivienda no se arregla señalando al propietario como si fuera el malo de una película de sobremesa. Muchos propietarios son personas que han ahorrado, heredado o comprado con esfuerzo.

Hace falta aumentar la oferta, liberar suelo, agilizar licencias, dar seguridad jurídica al alquiler, incentivar precios razonables y proteger frente al impago.

Si alquilar se convierte en un deporte de riesgo, habrá menos alquiler. Si hay menos alquiler, subirán los precios. No hace falta que venga tu cuñado en Nochebuena con una copa de vino y tres teorías económicas para entenderlo.

8. Familias: menos discursos bonitos y más ayuda real

España tiene un problema demográfico enorme, pero seguimos hablando de natalidad como quien comenta el tiempo. “Uy, qué pocos niños nacen”. Claro, Maripili, es que tener hijos se ha convertido en una aventura económica con final abierto.

Criar cuesta dinero, tiempo, energía y una capacidad organizativa digna de dirigir Barajas. Las familias no necesitan sermones ni campañas con bebés sonrientes. Necesitan medidas. Deducciones fiscales por hijos. Guarderías accesibles. Conciliación real. Horarios más humanos. Permisos flexibles. Ayudas directas cuando hagan falta.

9. Igualdad ante la ley y Estado de derecho sin trucos

La ley no puede ser plastilina en manos del Gobierno. No puede doblarse, recortarse o reescribirse cada vez que al presidente le faltan votos para seguir en el sillón.

No puede haber delitos que desaparecen porque molestan a un socio. No puede haber reformas exprés para contentar a quienes tienen la llave de una investidura. No puede haber españoles de primera y de segunda según el territorio, la lengua o la utilidad parlamentaria del momento.

Hay que reforzar la separación de poderes, limitar el abuso del decreto ley, garantizar transparencia en los pactos y blindar la igualdad de todos los españoles.

La democracia no es solo votar. Es respetar límites. Es aceptar controles. Es no convertir el BOE en una servilleta donde se apunta lo que conviene esa semana.

10. Una España plural, sí; una España troceada, no

España es plural. Tiene lenguas, culturas, acentos, tradiciones y maneras distintas de entender la vida. Eso es una riqueza. Lo que no es una riqueza es convertir esa pluralidad en un mercadillo de privilegios.

Hay que defender una financiación justa, una presencia real del Estado en todo el país, los mismos derechos para todos y libertad lingüística.

Las lenguas cooficiales son patrimonio de todos, no armas arrojadizas, defenderlas no debería significar arrinconar el castellano. Y hablar castellano en cualquier parte de España no debería convertirse en una pequeña aventura administrativa con cara de culpa.

España puede ser plural, sí. Pero no puede vivir permanentemente chantajeada por quienes siempre piden más y siempre consideran insuficiente lo que ayer vendieron como histórico.

Una derecha con columna vertebral

La derecha española tiene que decidir si quiere gobernar o simplemente esperar.

Puede seguir confiando en que Sánchez se desgaste solo, que los escándalos hagan el trabajo y que un día Moncloa se abra por agotamiento. Pero eso no es liderazgo. Eso es política en modo sofá.

O puede presentar un proyecto claro: Menos impuestos para quien trabaja. Más seguridad para quien cumple la ley. Instituciones limpias. Educación exigente. Sanidad eficaz. Vivienda posible. Familias apoyadas de verdad. Inmigración ordenada. Igualdad entre españoles. Una España plural, pero unida.

No es extremismo. No es nostalgia. Es sentido común con la espalda recta. La derecha no necesita gritar más. Necesita hablar claro. No necesita copiar a Vox. No necesita parecer una versión desnatada del PSOE.

Porque al final esa es la cuestión: conseguir que las cosas funcionen. Que la ley se cumpla. Que los impuestos no asfixien. Que la sanidad atienda. Que la escuela enseñe. Que las familias puedan vivir sin hacer equilibrios sobre una cuerda floja con Hacienda tocando el violín debajo.

Y la derecha, si quiere volver a gobernar de verdad, debería empezar por ahí: dejando de susurrar y empezando a hablar. Sin complejos. Sin histeria. Sin pedir permiso. Con propuestas. Con firmeza. Y con la claridad que millones de ciudadanos llevan demasiado tiempo esperando.