El concejal que compagina el olor a gasolina y el flamenco con la intelectualidad gótica en el Cap de Creus

Dicen que para ser político hoy en día hay que tener la piel de elefante, el cinismo de un guionista de Hollywood y una alarmante capacidad para sonreír mientras te cae un chaparrón de críticas en el pleno municipal. Sin embargo, cuando uno se asoma a la vida de José María Moya, portavoz del Partido Popular en el Ayuntamiento de Granollers, descubre que la realidad puede ser bastante más pintoresca y, contra todo pronóstico, insultantemente humana. Porque vamos a ver, ¿cuántos concejales de la oposición conocen ustedes que hayan sobrevivido a las 24 Horas de Montmeló y sigan pensando que el verdadero peligro está en los presupuestos municipales del PSC?

Para entender a este hombre deben saber que padece una extraña y entrañable patología. ¿Cuál? Le apasiona la política local. Sí, han leído bien. En un mundo donde la gente huye de las reuniones de vecinos como si fueran plagas bíblicas, a Moya le entusiasma la palabra local, o al menos es lo que afirma en una entrevista. Es ese tipo de persona que ve un bache en una acera y, en lugar de poner un tuit furioso como haríamos el común de los mortales, siente un impulso casi místico de debatir sobre el mantenimiento urbano. Pero antes de terminar atrapado en el apasionante mundo de la política local, este hombre se dedicaba a quemar gasolina.

La culpa de todo la tuvo la familia, como suele ocurrir con las mejores y peores decisiones de la vida. Su hermano y el suegro de este, un veterano de los Rallis, lo arrastraron hacia el maravilloso y nada silencioso mundo del motor. Los hermanos Moya empezaron desde abajo, que en términos automovilísticos significa ejercer de oficiales de pista en el Circuito de Cataluña. Básicamente, se dedicaban a mirar cómo los demás se divertían a velocidades de infarto a cambio de una recompensa anual que para ellos era el Santo Grial. Esto es, una tanda para rodar por el circuito con su propio coche.

Imaginen la escena. Un coche de rally viejo heredado del suegro, dos hermanos con más entusiasmo que patrocinadores y un circuito entero para ellos solos. Así empezó una adicción a la velocidad que culminó en el mayor hito de su carrera amateur, que no fue ganar la Fórmula 1, sino compartir el volante con su hermano en una carrera de resistencia de un día entero.

Cualquiera pensaría que pilotar a doscientos kilómetros por hora te enseña a ser un lobo solitario, pero Moya, que tiene una alarmante tendencia a ver el lado bonito de las cosas, sacó una lección de lo más romántica. Una frase que no se había dicho nunca. El valor del trabajo en equipo. Uno piensa que el piloto es solo un tipo sentado que se lleva los aplausos, pero detrás hay un ejército invisible de mecánicos, cocineros y familiares que hacen posible que el coche no se desintegre en la primera curva. Es enternecedor ver como aplica esa misma lógica a la política, como si el ayuntamiento fuera un taller de rally donde el alcalde necesita que le cambien las ruedas rápido antes de que se le acabe la legislatura.

¡Claro! La vida del político de provincias que no vive de la política tiene truco. Moya sufre el síndrome del pluriempleado invisible. Por la mañana trabaja en la empresa privada para ganarse sustento y por la tarde se pone el vestido de concejal para defender los intereses de Granollers. Con semejante panorama lo raro es que no sufra un tic nervioso en un ojo. Para evitar la locura el hombre necesita escapar. Y cuando dice escapar no se refiere a quedarse en el sofá viendo una serie en bucle. Su concepto de desintoxicación implica meter a toda la familia en el coche y poner rumbo al Cap de Creus, concretamente a Cala Jóncols.

Hay que tener un gusto exquisito para elegir un refugio de esa categoría. Hablamos de un rincón idílico donde la tramontana te peina a la fuerza y donde, según confiesa con una sonrisa de quien se ha saltado la dieta, se come de auténtico lujo. Allí, rodeado de naturaleza salvaje y lejos de los problemas municipales, Moya consigue apagar el teléfono y resetear el cerebro. Es un alivio saber que, entre gacetillas de partido y disputas vecinales, este hombre es capaz de apreciar el silencio de una cala y un buen plato de pescado. Al final resulta que los políticos también son capaces de disfrutar de las cosas sencillas de la vida, aunque sea a unas cuantas horas de distancia de su hogar.

Cuando el mar no es suficiente y el estrés aprieta, Moya recurre a los libros. Y aquí viene otra sorpresa que desarma a los que buscan el cliché del político rígido. Aunque hace poco terminó el último misterio de Pérez-Reverte, el libro que lleva grabado a fuego en el corazón es La sombra del viento de Carlos Ruiz Zafón. Personalmente le recomiendo un libro, para que su intelecto profundice en otras dimensiones, que el En busca del tiempo perdido de Marcel Proust.

Hay algo profundamente poético en el hecho de que un concejal que se pasa el día lidiando con la prosa aburrida de los papeles municipales se haya dejado seducir por el Cementerio de los Libros Olvidados. Quizá sea porque la política municipal a veces se parece un poco a una novela gótica de misterio, llena de pasillos oscuros, secretos ocultos tras las fachadas y personajes que prometen cosas que nunca van a cumplir. Tantos pasillos y recovecos existen que, a veces, le impiden asistir a las reuniones informativas como portavoz de oposición y luego se queja de que no le han explicado no sé qué punto del plenario. Suerte que aquí tenemos a la inefable profesora/teniente de alcalde que le pone al día soltándole “pues haber venio” en un perfecto catalán entendible para cualquiera.

Por si fuera poco, el rally, la empresa, el ayuntamiento, el Cap de Creus y Zafón, resulta que José María Moya también toca la guitarra flamenca. Esto ya raya en el exhibicionismo de virtudes, pero la explicación es tan humana que desarma cualquier amago de envidia. Sus padres llegaron a Cataluña desde Andalucía en aquellos años de maletas de cartón y esperanza. Se crió entre los acordes y el compás de los centros culturales andaluces, tocando el laúd en la rondalla cuando apenas levantaba un palmo del suelo.

De mayor las carambolas del destino lo cruzaron con el hijo de un profesor de guitarra flamenca y decidió que ya era hora de cambiar el laúd por el rasgueo. Hoy en día practica de forma completamente altruista, casi en secreto, porque su maestro se mudó a Cádiz y lo dejó huérfano de lecciones. Pero ahí sigue la guitarra, en un rincón de su casa, como escribiría Bécquer, esperando el momento en que el concejal necesite desahogar las frustraciones del día a base de acordes.

En estos tiempos de políticos de diseño con discursos enlatados resulta casi exótico toparse con un concejal que tiene hobbys de persona normal y no de androide de campaña. Ahí lo tienen. Un señor que quema adrenalina en coches viejos, se esconde en calas caras para ponerse las botas, se desvela con novelas góticas y espanta los fantasmas municipales rasgueando una guitarra flamenca a solas en su casa. Una combinación de manual para armar un personaje de lo más variopinto.

Ahora bien, que tenga alma de piloto romántico y raíces andaluzas no le va a salvar que el gobierno municipal le desmonte sus idílicos planes para los barrios de Granollers. Conviene recordar que las elucubraciones mentales, los sueños húmedos y las alucinaciones místicas forman parte de la respetable vida privada de cada uno, pero en la política real cotizan a la baja. Al final, debajo de la chaqueta de concejal habrá mucha carne, hueso, gasolina y flamenco, pero en el implacable rally de la política local las facturas no se pagan con arte ni las aceras se arreglan a doscientos kilómetros por hora.

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