Nicaragua: la dictadura de Ortega y Murillo ya persigue hasta la fe

La dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo ya no se limita a detener opositores o a cerrar medios. En Nicaragua también se persigue a sacerdotes, se vigilan parroquias, se fuerza al exilio a voces críticas y se castiga a quien se resista a aceptar que el poder debe ocuparlo todo. El régimen ha entrado en una fase en la que quiere algo más que obediencia política: quiere silencio social, resignación moral y miedo duradero. Por eso la crisis nicaragüense sigue siendo una de las más graves y menos aceptables de Hispanoamérica.

 
Daniel Ortega y Rosario Murillo
photo_camera Daniel Ortega y Rosario Murillo

En Nicaragua ya no se persigue sólo a la oposición. El orteguismo ha ido más lejos: encarcela disidentes, expulsa críticos, hostiga a periodistas y extiende el miedo dentro y fuera del país. La lógica es simple: que no quede ningún espacio independiente, ninguna voz libre y ninguna institución con capacidad de decir no.

Ortega y Murillo consolidan la dictadura en Nicaragua

La deriva nicaragüense no es sólo represiva. Es también institucional. Ortega y Murillo han ido vaciando las instituciones, reformando las leyes a su medida y concentrando poder hasta convertir el Estado en una estructura de obediencia. No gobiernan ya sobre una república plural, sino sobre un aparato diseñado para durar, castigar y blindarse.

Esa mutación importa porque revela el verdadero salto del régimen. Ya no actúa sólo por reacción ante la protesta o la crítica. Ha pasado a reorganizar el país para que la arbitrariedad parezca ley, la censura parezca orden y la sumisión parezca normalidad. Esa es la señal más clara de una dictadura madura: no necesita improvisar la represión, porque la incorpora al funcionamiento ordinario del poder. 

Daniel Ortega
Daniel Ortega

Presos políticos, exilio y represión fuera de las fronteras

Uno de los errores más cómodos al mirar Nicaragua desde fuera consiste en pensar que una reducción del número visible de presos políticos equivale a una mejora real. No es así. El régimen combina cárcel, vigilancia, expulsión, despojo patrimonial y hostigamiento posterior. Muchos liberados no recuperan una vida normal: salen de la prisión, pero continúan bajo amenaza, control y miedo.

El preso, el desnacionalizado y el exiliado forman parte del mismo sistema. La cárcel nicaragüense no termina en el muro de una celda. Se prolonga en el destierro, en la familia vigilada, en la imposibilidad de regresar y en la presión constante sobre quien se atreva a seguir hablando. El orteguismo ha convertido el exilio en una extensión exterior de la represión interna.

La persecución de la Iglesia católica

Pocas cosas retratan mejor al régimen que su choque con la Iglesia católica. El motivo es claro. Allí donde la Iglesia conserva autoridad social, arraigo territorial y una palabra moral propia, el poder ve un espacio que no controla del todo. Por eso la ofensiva contra sacerdotes, obispos y actividades pastorales no es un episodio lateral. Es un frente central de la dictadura.

La persecución religiosa en Nicaragua no debe leerse como un conflicto teológico ni como una mera disputa institucional. Es un problema político de primer orden. Una dictadura con vocación total no tolera mediaciones morales autónomas. No acepta una homilía incómoda, una parroquia que acompañe a las familias de los presos o un obispo que recuerde que la dignidad humana no depende del permiso del Estado.

El objetivo es transparente: convertir al creyente en súbdito, al sacerdote en vigilado y al templo en un recinto tolerado sólo mientras no moleste demasiado. Ortega y Murillo no persiguen a la Iglesia porque aspire al poder político, sino porque encarna algo que el poder no ha conseguido someter por completo: la conciencia.

Nicaragua frente a su futuro
Nicaragua frente a su futuro

Semana Santa 2026: el veto a las procesiones reafirma la persecución

El último episodio confirma el sentido del propio título del artículo. A 1 de abril de 2026, la cuenta oficial de la Embajada de Estados Unidos en Managua difundió un mensaje del vicesecretario de Estado Christopher Landau denunciando que la dictadura Ortega-Murillo ha vuelto a impedir las procesiones públicas de Semana Santa. El mensaje subraya que se priva a los nicaragüenses del derecho a profesar su fe en la calle y recuerda que ciudades como Granada y León acogían algunas de las procesiones más emblemáticas de la región.

El dato no cae del cielo. Ya en febrero, distintas fuentes católicas y nicaragüenses en el exilio venían alertando de que en 2026 seguían prohibidas o severamente limitadas las manifestaciones religiosas públicas, con celebraciones confinadas al interior de los templos y bajo vigilancia policial. La novedad de estas horas no es tanto el inicio de la represión como su confirmación internacional en plena Semana Santa.

Por eso esta noticia de hoy no añade un matiz menor. Refuerza exactamente la tesis central: en Nicaragua el régimen ya no se conforma con perseguir al opositor político. Quiere también encerrar la fe, reducirla a un espacio controlado y privarla de toda visibilidad pública.

Evolución a peor

Nicaragua ya no vive sólo bajo una dictadura política. Vive bajo un poder que quiere ocupar también la conciencia, la palabra y la fe. Esa es la razón por la que el caso nicaragüense sigue exigiendo atención. No se trata sólo de elecciones vaciadas, jueces sometidos u opositores encarcelados. Se trata de un régimen que quiere borrar cualquier espacio humano que no pueda domesticar.

Y cuando una dictadura empieza a perseguir no sólo al adversario, sino también al sacerdote, al periodista, al estudiante, al exiliado y a la memoria misma de los perseguidos, ya no estamos ante una crisis más de América Latina.