No hace falta ser historiador especializado para ver el patrón. Basta con mirar. En los años veinte del siglo pasado, el antisemitismo encontró su manual de cabecera en Los Protocolos de los Sabios de Sión, un panfleto fabricado por la policía secreta zarista en 1903 que describía una conspiración judía para dominar el mundo. Era una mentira total, grosera, técnicamente burda; y sin embargo movilizó multitudes, legitimó persecuciones y pavimentó el camino hacia el Holocausto. Hoy ese libro ha quedado obsoleto porque ya no hace falta: la causa palestina ha asumido su función. Es el nuevo relato unificador del odio, más sofisticado en las formas, envuelto en el lenguaje de los derechos humanos y de la solidaridad internacional, pero estructuralmente idéntico: existe una víctima colectiva universal, y el culpable de todos sus males es el judío.
Aquí es donde se requiere la valentía intelectual que Kant exigía con su célebre sapere aude: atrévete a saber. Atrévete a mirar la historia sin los filtros que te impone la corriente de opinión dominante. Porque esa historia es radicalmente distinta al relato que circula en las aulas universitarias, en los hemiciclos parlamentarios y en los festivales de música cancelados a golpe de presión.
“El Corán establece que los musulmanes no pueden reconocer autoridad soberana alguna que no sea islámica”
El propio expresidente Bill Clinton ha confirmado lo que los historiadores saben desde hace décadas: a los palestinos se les ofreció un Estado. Lo rechazaron. El esquema se repitió en múltiples ocasiones, desde la partición de 1947 hasta las negociaciones de Camp David en el año 2000. Y la razón profunda del rechazo no es territorial ni demográfica: es teológica. El Corán establece que los musulmanes no pueden reconocer autoridad soberana alguna que no sea islámica sobre tierras que en algún momento estuvieron bajo dominio del islam. Es decir, el conflicto no trata de fronteras. Trata de la negación ontológica del derecho a existir de cualquier Estado no islámico en esa región. Un Estado judío en el Mediterráneo oriental no es para ellos una injusticia política: es una imposibilidad metafísica.
Conviene recordar, a quienes hoy agitan banderas palestinas sin haber abierto un libro de historia, que los territorios de la costa oriental del Mediterráneo que hoy conforman Israel no eran, bajo el dominio otomano de cinco siglos, tierra arrebatada a un pueblo floreciente. Eran, en su mayor parte, tierras áridas, sin valor agrícola, escasamente pobladas por tribus beduinas nómadas, con algunas ciudades (Damasco, Jerusalén) que albergaban desde siempre una mezcla heterogénea de árabes, turcos, judíos y cristianos de distintas estirpes históricas. Los pioneros judíos que llegaron a finales del siglo XIX y principios del XX compraron esas tierras legalmente, las drenaron, las irrigaron y las hicieron habitables. Nadie fue desplazado de ningún paraíso. Esa es la verdad histórica, por incómoda que resulte para quienes prefieren el relato a los hechos.
“El ejército islámico del siglo VII fue el primer ejército colonial de la historia”
Más incómoda aún es la que pocos se atreven a pronunciar en voz alta: el ejército islámico del siglo VII fue el primer ejército colonial de la historia. Conquistó por la fuerza territorios ajenos (Persia, Siria, Egipto, el Magreb, Hispania), sometió a las poblaciones nativas, cuando pudo las eliminó, y las sustituyó por la umma, la comunidad islámica. Siria no hablaba árabe. Irak no hablaba árabe. Egipto, Libia, Túnez, Argelia, Marruecos, Sudán: ninguno de esos pueblos era árabe ni hablaba árabe. Fueron los conquistadores quienes impusieron su lengua, su religión y su civilización sobre culturas milenarias que desaparecieron bajo las capas del tiempo. A eso, con los mismos criterios que hoy se aplican universalmente en el debate postcolonial, se le llama colonialismo. Pero ese colonialismo disfruta de una extraña inmunidad en el discurso progresista contemporáneo, porque perturbaría demasiado el relato.
El imperativo categórico kantiano es implacable: actúa solo según aquella máxima que puedas querer que se convierta en ley universal. Si el principio es que todo pueblo conquistado por una potencia colonial tiene derecho a recuperar sus tierras ancestrales, entonces los judíos, que llevan en esa tierra desde antes de cualquier conquista islámica, antes incluso de la romana, tienen ese derecho de forma incuestionable.
Si el principio es otro, si solo vale cuando el conquistado es árabe o musulmán, entonces no estamos ante un criterio de justicia, sino ante un prejuicio disfrazado de principio, ante una doble vara de medir que huele a lo de siempre.
“La tiranía progresista, con su piel de cordero y su retórica de inclusión, ha encontrado en la causa palestina el instrumento perfecto para canalizar un odio que nunca desapareció del todo”
Y de prejuicios disfrazados está lleno nuestro tiempo. Las flotillas, las amenazas a deportistas israelíes, el boicot a festivales musicales, el acoso en universidades y aulas, la profanación de cementerios judíos, los comercios señalados, los barrios marcados: todo esto no es nuevo. Es exactamente lo que ocurrió en los años veinte y treinta del siglo pasado. Los que entonces callaron tuvieron que responder ante la historia y ante sus propias conciencias. Los que hoy callan tendrán que responder también.
La tiranía progresista, con su piel de cordero y su retórica de inclusión, ha encontrado en la causa palestina el instrumento perfecto para canalizar un odio que nunca desapareció del todo. Israel y los judíos son los enemigos que estos radicales de pensamiento cerrado necesitan para dar coherencia a su relato del mundo: un relato en el que siempre hay un opresor y una víctima designada, y en el que el opresor, para sorpresa de nadie que conozca la historia, termina siendo el judío. Los herederos de los ejércitos coloniales islámicos, aquellos que no aceptan la existencia de un Estado soberano en tierras que un día conquistaron, han encontrado en la izquierda occidental a sus mejores abogados.
Quien calle ante esto será cómplice de lo que venga mañana. Y lo que venga mañana, si la historia sirve de guía, no tendrá nada de nuevo. Solo tendrá el mismo horror de siempre, con distinto nombre.