Tu madre cocina muy bien. Muy bien. Cocina sin medidas, sin recetas y sin Google. Cocina con fe. Así que tú llamas con humildad, cuchara en mano, y dices:
—Mamá, ¿cuánta harina le pongo?
Y ella responde:
—Una pizquita.
Silencio.
—¿Cuánto es una pizquita?
—Un pellizquito.
Más silencio.
—¿Pero pellizquito de qué? ¿De monja? ¿De bebé recién nacido? ¿De alguien con artritis o con fuerza en las manos?
—Lo que admita el guiso.
El guiso no me habla, mamá. A ti sí, pero a mí no. El mío está callado, mirándome con esa cara líquida de “si te pasas, luego no llores”.
—Tú échale hasta que veas que está bien.
Claro. Porque yo veo cosas. Veo ansiedad, veo harina cayendo sin control, veo un futuro en el que sigo echando harina hasta mañana y aun así el guiso sigue diciendo “me falta algo”.
Y no solo es la harina. Es ese idioma materno que parece universal, pero que tú no tienes instalado. Porque cuando crees que ya has superado “una pizquita”, llega el siguiente nivel: “Añádele una nuez de mantequilla”. ¿Perdón? ¿Una nuez? ¿Una nuez con cáscara? ¿Pelada? ¿Una nuez del tamaño “foto de receta” o del tamaño “vida real”? ¿Es una medida o es un concepto espiritual? Porque yo, si me pongo, te convierto el guiso en croissant sin querer. Y mi madre, tan tranquila, como si todos tuviéramos el mismo ojo clínico y la misma relación sana con los lácteos.
Y lo peor es que esto debe de ser genético o por lo menos se hereda por vía oral, porque mi hermana cocina como yo: con esperanza y una confianza excesiva en que el plato se arregla solo. Recuerdo que cuando mi sobrina pequeña la miró con una calma de persona que ya ha hecho muchas cenas con galletas, y le soltó: “Mamá, ya lo he entendido. Cuando tú seas abuela, cocinarás bien”. Como si el talento culinario llegara con el nieto, como si te dieran un diploma, un delantal oficial y de golpe supieras cuánto es una pizquita sin que te tiemble el pulso.
Las madres no cocinan. Interpretan señales invisibles. Ellas saben cuándo está “en su punto”, cuándo “pide sal” y cuándo “le falta un hervor”, que no sabes si se refiere al guiso o a ti.
Y tú ahí, con la cocina hecha un campo de batalla, pensando que quizá la vida adulta era esto: improvisar con ingredientes, llamar a alguien que sabe más que tú y recibir respuestas que no incluyen cifras, solo intuición.
Al final el guiso sale. Comestible. No memorable, pero vivo. Como tú.
Y cuelgas pensando que algún día dirás “una pizquita” con seguridad, sin temblor en la voz. Pero hoy no. Hoy cenas y sobrevives. Que oye, tampoco está tan mal.