El expresidente catalán continúa actuando como si siguiera siendo el centro de gravedad de la política catalana, como si cada gesto suyo marcara la agenda pública y como si Cataluña estuviera pendiente de sus movimientos. Pero la realidad hace tiempo que tomó otro camino. Cataluña afronta problemas de vivienda, seguridad, infraestructuras, sanidad, educación y competitividad económica, mientras Puigdemont sigue instalado en un relato que cada vez interesa a menos gente.
Sus últimas apariciones públicas y maniobras políticas parecen responder más a la necesidad de seguir siendo relevante que a la voluntad de aportar soluciones reales. Cada intento de recuperar protagonismo acaba derivando en nuevas polémicas, nuevos gestos simbólicos y nuevas escenificaciones que generan más indiferencia y repulsa que entusiasmo.
El problema no es que Puigdemont quiera seguir participando en política; el problema es que parece incapaz de entender que el tiempo político que lo convirtió en protagonista ya pasó. Existe toda una generación de nuevos votantes de 18-20 años que no sabe ni quién es él ni cómo es su famoso peinado, y así no se puede plantear “reconquistar Catalunya”, como pretende.
La reciente visita del Papa a Cataluña volvió a ofrecer un ejemplo de ello. Mientras la mayoría de ciudadanos contemplaban un acontecimiento histórico y de alcance internacional, sectores próximos al independentismo intentaron convertirlo en una reivindicación política doméstica. El resultado fue tan forzado como contraproducente. Una vez más, el foco que pretendían monopolizar acabó girándose en su contra.
Quizá el mayor problema para Puigdemont no sea la oposición de sus adversarios. Quizá sea que Cataluña ha empezado a vivir sin él. Como los protagonistas de Los Otros, sigue moviéndose por los mismos escenarios, pronunciando los mismos discursos y creyendo ocupar el mismo lugar.
Y cuando un dirigente pierde la capacidad de interpretar la realidad y confunde su propia relevancia con la realidad misma, el riesgo ya no es hacer el ridículo una vez. El riesgo es convertir el ridículo en su principal legado político, pues la sociedad catalana ya ha pasado página y en esa nueva página Carles Puigdemont no tiene ni un renglón.