Esperé que comenzara explicando cómo conseguir que un tren llegue a su hora. O cómo evitar que miles de viajeros permanezcan atrapados durante horas en un Cercanías sin información. O cuál es la fórmula magistral para impedir que las averías se conviertan en una rutina diaria. Pero no. Debí confundirme de sala, en mi sueño.
Porque allí se hablaba de innovación, sostenibilidad, movilidad del futuro, ciudades inteligentes y planificación estratégica. Todo sonaba magnífico. Tan magnífico que, por un momento, llegué a pensar que el ministro estaba describiendo Suiza... hasta que recordé que hablaba de España.
Los asistentes estadounidenses escuchaban con atención. Asentían. Tomaban notas. Alguno incluso sonreía. Mientras tanto yo, sentado el invisible fondo, no dejaba de mirar el móvil esperando la siguiente alerta de incidencias en Rodalies o Cercanías. Por deformación profesional, supongo.
Me entró una duda incómoda. ¿Sabrán quienes escuchan estas ponencias que en España miles de personas organizan cada mañana su vida con un margen extra de tiempo "por si falla el tren"? ¿Les habrán explicado que llegar puntual al trabajo depende demasiadas veces más de la suerte que del horario oficial?
Quizá sí. O quizá, como ocurre en todos los congresos internacionales, cada país exporta su mejor versión y deja los problemas para resolverlos... algún día. No deja de tener mérito.
Hay que reconocer que hace falta una enorme confianza en uno mismo para viajar a Nueva York a explicar cómo gestionar el transporte ferroviario cuando, al otro lado del océano, las redes sociales españolas llevan meses llenándose de fotografías de andenes abarrotados, convoyes detenidos, descarrilamientos y viajeros desesperados.
No digo que España no tenga cosas que enseñar. Al contrario.
Nuestra red de alta velocidad es una referencia internacional. Las empresas españolas han construido líneas ferroviarias por medio mundo. Nuestros ingenieros son extraordinarios y nuestra tecnología ferroviaria compite con la mejor.
Pero precisamente por eso sorprende más que el discurso institucional parezca ignorar el día a día que viven millones de usuarios.
Mientras el ministro explica la movilidad del siglo XXI en Manhattan, en demasiadas estaciones españolas la principal innovación consiste en adivinar por qué el panel luminoso vuelve a anunciar un retraso "por incidencia técnica".
Quizá el verdadero milagro de nuestro sistema ferroviario no sea la alta velocidad. Quizá sea la paciencia infinita de quienes siguen utilizando cada mañana, para sorpresa de Oscar Puente, la red viaria española.
Si la selección hubiera viajado en un hipotético tren de vuelta desde Nueva York, probablemente los más de un millón de personas que han celebrado su éxito el lunes tarde noche en Madrid, se hubieran debido esperar un mesecito y se hubieran ganado un gran dolor de cuello alzando la mirada al panel informativo que solo informa de los retrasos…. Afortunadamente, para eso y para que Puente no la cague, se inventaron los aviones. Gracias a Dios.