Feijóo, Presidente de Andalucía

Juanma Moreno siempre podrá decir que él ganó las elecciones autonómicas andaluzas en 2026, pero va a tener más difícil presumir de ser Presidente de la Junta de Andalucía, porque, de hecho, el pacto de gobierno alcanzado estos días entre PP y Vox por cosa de la estabilidad, esa palabra que hemos descubierto como causa y consecuencia de la tan últimamente también cacareada prioridad nacional, se ha fraguado entre Génova y Bambú: la prioridad andaluza, que reivindicó Moreno, queda a algo más de dos horas y media de AVE y algún taxi de San Telmo.

Alberto Núñez Feijóo y Juanma Moreno, Foto del PP
photo_camera Alberto Núñez Feijóo y Juanma Moreno, Foto del PP

El PP ha sido muy beligerante con las mentiras y los cambios de opinión de Sánchez. De aquel Sánchez que en sus campañas electorales no podría dormir de tener a Podemos en su gobierno, del que no pactaría con separatistas o del que reclamaba que se fuera a casa el gobernante que no pudiera sacar adelante un presupuesto. Pero ese mismo PP, con Feijóo como máximo exponente de sus particulares cambios de parecer, ha pretendido falsamente por lo visto estos días defender que ellos son el centro, que nada que ver con la derecha ultramontana, y que su liberalismo es esa manera de ver y practicar políticas moderadas y de consenso en la idea de gobernar para todos.

Un PP que ha tenido dos candidatos en elecciones autonómicas, en Extremadura y en Andalucía fundamentalmente, pero igualmente en Aragón o en Castilla y León, que empezaron campañas electorales con un discurso absolutamente claro y tajante, ante la debilidad del PSOE: el gran rival era Vox. O mejor dicho: el populismo reaccionario y trasnochado de Vox, sus posturas limitadoras de derechos sociales y su sectarismo atentatorio de la convivencia. Es más: desde el PP se convocaron elecciones autonómicas en esas cuatro comunidades precisamente a partir de la ruptura con Vox en el primer intento y tras constatar que con quien no sabe, ni quiere, gobernar no hay nada que hacer. Se convocaron elecciones para, justamente, no tener que gobernar con Vox.

De Guardiola en Extremadura recordamos su “no gobernaré con quien tira a la basura la bandera LGTB” de junio de 2023. De Mañueco en Castilla y León igualmente nos queda su reflexión de julio de 2024 sobre su gobierno, del que dijo que “funcionó mucho mejor cuando gobernamos en solitario” (sin Vox). Por su parte, tenemos la conclusión de Azcón tras la salida de Vox del Gobierno de Aragón: “quería un gobierno en solitario, y ahora lo tenemos”, a finales de 2024. De Moreno, en Andalucía, en campaña ya en 2026, nos quedan titulares nada equívocos: “no tengo ningún interés en gobernar con Vox”; “no sería razonable ni sensato” (que Vox entrara en el Gobierno de la Junta…) ¿Quieren más? Moreno llegó a poner sobre la mesa la prioridad andaluza frente a la nacional de Vox, intentando llevar el debate a un absurdo conflicto léxico e identitario, que con Vox es como pretender ganarle a Kasparov la primera vez que te sientas ante un tablero de ajedrez…

Moreno no podrá ahora salir a dar la cara como Presidente de la Junta de Andalucía sin que se la acaricien de vez en cuando recordándole que ganó unas elecciones con un discurso radicalmente distinto al que hizo en campaña electoral, en la que ofreció una alternativa a miles de votantes moderados que no comparten en absoluto el radicalismo de Vox, y que, precisamente, eligieron la papeleta del PP para evitar, como prometía Moreno, que Vox entrara a gobernar. Hoy el candidato de Vox, Manuel Gavira, es el Vicepresidente de la Junta, eso que se habría evitado votando al PP de Moreno. Eso mismo que Moreno y el PP le acaban de endosar a los andaluces.

Si Sánchez ha sido un continuo cambio de opinión, lo de Moreno, como lo de Guardiola, Mañueco o Azcón, es otro tanto de lo mismo: una mentira en campaña que se destapa con la investidura, o una investidura que es una mentira porque no se corresponde con los compromisos de la campaña. Ni más ni menos.

El Presidente de la Junta, por tanto, será formalmente Juanma Moreno, que para eso ha ganado unas elecciones, con un mensaje, y una investidura, muy distinto. Pero quien ha sido investido realmente allí ha sido Feijóo, con la condición, claro está, de que Santiago Abascal será su Vicepresidente en Moncloa algún día. Un Feijóo de quien también habremos entonces de recordar que hizo campañas en América prometiendo nacionalidad a hijos y nietos de exiliados a los que hoy se la discute, o que afirmó que Vox era un partido que “va contra Galicia” (2020), o que se comprometió a no coligarse con Vox para gobernar ante periodistas hace solo un año, asegurando su Secretario General, Miguel Tellado, que antes elecciones que gobernar con los de Abascal.

La última propuesta de Feijóo de que el partido ganador de unas elecciones obtenga un plus artificial de diputados no salidos directamente de las urnas es, por ello, la confirmación de que el dirigente popular no podría dormir tampoco, como Sánchez en su día y Feijóo en su caso con Vox en el Gobierno. Conoce, de hecho, la experiencia ya de los gobiernos autonómicos, como muchos municipales, que implosionaron ante las barbaridades de los de Abascal, algo que, precisamente a Vox, le permite mantenerse donde se siente cómodo: en el ruido y la bronca permanentes contra el de enfrente y contra el de al lado, que es otro modo de estar enfrente.

Feijóo ya gobierna, entre bambalinas, en Andalucía. Como allí donde sus candidatos dijeron lo que luego no han cumplido para poder ser investidos. Y seguramente gobernará formalmente algún día toda España, después de cambiar de opinión sobre con quién o con quién no compartiría gobierno. Y no es cosa de estabilidad, sino de honestidad política, eso que, simplemente, consiste en decir lo que vas a hacer. Y cumplirlo luego.

Eso que, por lo visto, nos importa tan poco…