"El caso de Ciudadanos es probablemente el más sorprendente"
El caso de Ciudadanos es probablemente el más sorprendente, con un auténtico colapso en tan breve plazo de tiempo, apenas unos meses transcurridos entre su mejor y su peor resultado electoral. Una hecatombe que fue el resultado de un progresivo debilitamiento organizativo trabajado en casa y durante años ante la ajenidad mostrada al respecto por su líder, Albert Rivera.
Desde su auge tras las elecciones de 2015 y 2016, cuando se convirtió en árbitro del sistema político, el partido se fue erosionando a nivel de estructura desmontando redes territoriales y coherencia estratégica con decisiones erráticas de una cúpula más preocupada por un titular de prensa que por mantener propuestas e ideas. Solo en unos meses de 2019 la falta de una organización real que sustentara la apariencia ideológica, aderezado ello con pretensiones personalistas sin relación, ni pretensión alguna, con lo de trabajar en equipo y por un objetivo común dejaron a la formación sin relato reconocible.
El hundimiento electoral en noviembre de ese mismo año mostró una organización ya vacía por dentro e incapaz de generar siquiera confianza mutua entre quienes quedaban allí. El éxodo constante de cargos y militantes hacia el Partido Popular, y hasta a Vox, no fue en absoluto la causa del derrumbe, sino su consecuencia más lógica.
"Pablo Iglesias construyó un proyecto político casi mesiánico"
El caso de Podemos y sus evoluciones hasta Sumar y la posterior ruptura entre el original y la secuela responde a otra lógica, dado que la crisis no fue tanto ocasionada por una estructura de atrezo como del choque entre expectativas y realidad y la frustración del sueño incumplido.
Pablo Iglesias construyó un proyecto político presentado como radicalmente democrático y abierto, pero que resultó articulado en la práctica en torno a un liderazgo personal muy fuerte, casi mesiánico, con consultas a la militancia para, simplemente, legitimar decisiones previamente tomadas ya, convirtiendo la discrepancia interna en algo más simbólico que real y, por tanto, prescindible.
De hecho, con el tiempo y el acceso al poder, especialmente tras la entrada en el Gobierno en 2020, se evidenciaron los límites de muchas de sus propuestas, desdibujándose el impulso inicial con la política real y sus restricciones tanto institucionales como económicas. Sumar, el experimento parido desde Podemos para superarlo y que todo pinta a que desaparecerá antes, intentó de la mano de Yolanda Díaz recomponer un espacio desahuciado ya con, simplemente, una estética más dialogante y transversal, pero con una nula organización interna.
Tenía en su debe, además, la herencia de buena parte de los problemas de fondo: tensiones internas, dificultad para articular una identidad clara y la dependencia de liderazgos personalistas. Y de todo ello el resultado de una fragmentación persistente, donde la suma de siglas no siempre ha significado una suma de proyectos.
"Vox se basa en un fuerte blindaje vertical con coste evidente: la pérdida de talento pensante y la exclusión de cuadros y personas relevantes"
Vox presenta actualmente sus propias particularidades. No hay, al menos de momento, una debilidad estructural en términos similares a los de Cs o Podemos/Sumar. Muy al contrario, la dirección de Santiago Abascal ha reforzado enormemente el control interno del partido, centralizando decisiones y reduciendo al mínimo el espacio del debate. No digamos ya la disidencia, a la que directamente se expulsa. De este modo, la organización no se descompone en su crisis, sino que se repliega y endurece.
Pero ese fuerte blindaje vertical tiene un coste evidente: la pérdida de talento pensante y la exclusión de cuadros y personas relevantes presentes desde el origen de la formación, y a la que dieron identidad, así como la homogeneización de un discurso que procede del ordeno y mando superior, nunca de un proceso deliberativo, algo que en Vox se desprecia por pura genética.
Al contrario que en el caso de Cs, Vox no se vacía por abandono progresivo, sino por pura selección interna, con la paradoja de que, a mayor solidez del aparato, menor espacio para la innovación política. Su refugio es, hoy más que nunca, la regresión.
Cualquier iniciativa, por tanto, que aspire a proyectarse antes o después frente a PP y PSOE como nueva política o política diferente deberá sin remedio analizar qué ha pasado en lo que llevamos de siglo XXI, y sobre todo en la última década, para saber a lo que se enfrenta. Y no tanto por lo que tiene delante, sino por aquello a lo que tendrá dentro. No hacerlo será sinónimo de esfuerzo inútil, brillo efímero, y de nuevo silencio y frustración.
Frente a aquellas otras trayectorias, PSOE y PP se erigen como organizaciones con décadas de historia, supervivientes ante tremendas crisis internas que Cs, Podemos/Sumar o Vox ni siquiera han olido, que han sufrido derrotas electorales y cambios de liderazgo demostrando precisamente su fortaleza gracias a su implantación territorial, pero también a una cultura política compartida, mamada desde la cuna, que se resume fácilmente: fuera hace frío y nadie es indispensable.
"La sociedad española se ha mostrado propensa a ser deslumbrada momentáneamente por figuras como Albert Rivera o Pablo Iglesias "
Y es que los cuadros intermedios populares y socialistas saben perfectamente que la política profesional exige paciencia, lealtad estratégica y una cierta disciplina, y que las ambiciones personales se canalizan dentro de estructuras que, aunque imperfectas, ofrecen estabilidad y expectativas. Y, sobre todo, que los debates internos tienen sus momentos, estando vetados cuando no tocan, guste o no.
Quizá esa diferencia de perspectivas de origen explique en gran medida por qué las formaciones de la llamada nueva política no han logrado consolidar un espacio ideológico estable pese a las crisis económicas, los escándalos de corrupción y los desafectos ciudadanos. Han sido proyectos que han capitalizado el malestar ciudadano, sí, pero un malestar volátil por definición, que no ha podido convertirse en identidad política duradera, algo que requiere más que un líder carismático o una ventana de oportunidad.
La propia sociedad española se ha mostrado, por otro lado, ciertamente propensa a ser deslumbrada momentáneamente por figuras como Albert Rivera o Pablo Iglesias y sus expectativas de renovación profunda. Un brillo inicial que se apagó con rapidez ante la realidad política, incapaz de mantenerse ante una sociedad que hoy impulsa con tanto entusiasmo a sus líderes como mañana los deja caer cuando desaparece la novedad. Algo que, tomen nota, pasará también con Santiago Abascal.
"Las crisis de Vox, Ciudadanos y el espacio de Podemos/Sumar son solo el reflejo de lo muy difícil que resulta articular proyectos políticos estables"
En última instancia, las crisis de Vox, Ciudadanos y el espacio de Podemos/Sumar no son solo historias internas de partidos, sino el reflejo de lo muy difícil que resulta articular proyectos políticos estables desde la ingenuidad y la inexperiencia en contextos de fuerte volatilidad social y mediática. Aquellas formaciones supieron leer el momento, pero no institucionalizarlo, algo que está en el know how exclusivo de PP y PSOE, viejos partidos de vieja política, de demostrada resistencia, aun con todos sus defectos, a apariciones fulgurantes.
Resistencia y paciencia. La misma que, acompañada de una buena carga de perspectiva, deberían atesorar quienes tengan la intención de volver a intentarlo por no querer dejarse arrastrar por los de siempre: sonrisas, sí, pero con los colmillos afilados…