Trajeron consigo tensiones en regiones que durante siglos habían conocido una frágil convivencia. Y trajeron, sobre todo, un fenómeno que Ortega y Gasset describiría con precisión quirúrgica: la llegada del hombre-masa al poder. Allí donde antes gobernaban aristócratas curtidos en la cultura y en el ejercicio del mando, llegaron quienes venían de baja cuna, con escasa formación intelectual y con un apetito de poder que ninguna tradición había templado. Esa sustitución agravó los defectos congénitos del estado moderno, y uno de los más letales fue la llamada "cuestión judía".
Para comprender el antisemitismo en su raíz más profunda, hay que remontarse no a los panfletos del siglo XIX, sino al crimen fundacional cometido por el Imperio Romano. Fue Roma quien, tras la destrucción del Segundo Templo en el año 70 d.C. y la aplastante derrota de la rebelión de Bar Kojba en el 135, deportó sistemáticamente al pueblo judío de su patria y lo dispersó por los confines del Imperio. Un pueblo exiliado por la fuerza de las armas, no por voluntad propia. Sin embargo, los judíos realizaron algo que pocas civilizaciones han logrado en circunstancias tan adversas: mantuvieron viva su identidad a través de la cultura, el idioma, el alfabeto y las costumbres, construyendo en cada rincón del mundo donde fueron dispersados un fragmento portátil de su patria ocupada.
"Cuando el Imperio Romano se disolvió y las tierras históricas del pueblo judío quedaron sin señor legítimo, deberían haberse devuelto a sus propietarios originales"
Si el derecho internacional hubiera actuado con justicia —esa justicia que tanto se invoca y tan poco se practica—, cuando el Imperio Romano se disolvió y las tierras históricas del pueblo judío quedaron sin señor legítimo, deberían haberse devuelto a sus propietarios originales. Así lo hizo en su día Cosroes I de Sasánida. Cuando su conquista de Jerusalén reconoció, siquiera brevemente, el lazo histórico entre el pueblo judío y su tierra. Pero ni los sucesores de Roma ni los invasores árabes que llegaron después reconocieron jamás ese derecho originario. La razón es simple y brutal: quien ostenta el poder militar nunca comparte su botín con el débil, aunque ese débil sea el propietario legítimo.
Sobre este sustrato de injusticia histórica se fue sedimentando una tradición de odio que encontró en Martín Lutero uno de sus catalizadores más influyentes. El reformador alemán creyó en un primer momento que podría instrumentalizar a los judíos en su disputa con Roma, ganarlos para su causa protestante. Cuando comprendió que la fortaleza interna del pueblo judío —esa tenacidad espiritual forjada en siglos de exilio— no se dejaba manipular por un protestantismo radical y profundamente sesgado, su frustración se convirtió en odio. Sus escritos contra los judíos sentaron una de las primeras doctrinas modernas del antisemitismo, y en ellos aparece ya la lógica del estado absolutista en toda su crudeza: quien no sirve al poder debe ser destruido.
"El Holocausto merece ese silencio previo. Merece que quien lo recuerde no corra a la siguiente frase sin haber sentido el peso de la anterior"
Hasta la llegada del nazismo, esa doctrina esperaba su ejecución perfecta. Los nazis la materializaron con una eficiencia industrial que el mundo tardó en comprender y que nunca debería olvidar. El Holocausto no fue una aberración surgida de la nada: fue la conclusión lógica de siglos de odio sistematizado, la cima de una pirámide cuya base Lutero ayudó a construir.
Hoy, en el Día del Holocausto, corresponde detenerse. No seguir. No argumentar todavía. Solo detenerse ante la magnitud de lo ocurrido: seis millones de judíos asesinados de forma sistemática, industrial, burocrática. Sus nombres, sus rostros, sus idiomas, sus costumbres —esa misma identidad que habían preservado durante siglos de exilio— liquidados con una eficiencia que el mundo tardó en creer posible. Con ellos, más de dos millones de gitanos, personas con discapacidad, disidentes, todos los que el delirio de un estado opresor consideró prescindibles. El Holocausto merece ese silencio previo. Merece que quien lo recuerde no corra a la siguiente frase sin haber sentido el peso de la anterior. Solo desde ese silencio tiene sentido lo que viene después.
Y lo que viene después es la pregunta incómoda que este día también exige: ¿hemos aprendido algo? La izquierda contemporánea ha aprendido, sí, pero las lecciones equivocadas. Ha estudiado el manual del estado absolutista que tanto dice combatir y lo ha aplicado con la misma determinación, aunque con otros instrumentos. Ha comprendido que el control ideológico de las instituciones —universidades, medios de comunicación, organismos internacionales— es la forma más eficaz de imponer un discurso sin necesidad de tanques.
"El enorgullecerse de ser propalestino se ha convertido en una señal de pertenencia social en todas las capas de la sociedad europea"
Ha aprendido que quien se atreva a disentir de sus postulados debe ser acosado, silenciado y expulsado del debate público bajo la acusación de intolerante o racista. Ha descubierto que el islam radical es un aliado útil, un instrumento capaz de introducir en las sociedades occidentales una violencia que la izquierda cultural no puede ejercer directamente sin perder su barniz progresista.
Y ha encontrado su enemigo perfecto: Israel y el pueblo judío. Necesitaba un enemigo, porque toda ideología totalitaria necesita un enemigo para cohesionar a sus masas. El discurso de la "Palestina libre" le ha venido como anillo al dedo, porque le permite movilizar a millones de personas sin exigirles el menor esfuerzo intelectual. Nadie en esas multitudes cuestiona que fue el Imperio Romano el responsable directo del problema territorial de Oriente Próximo. Nadie reflexiona sobre el derecho histórico de un pueblo a su tierra. Se repite lo que los líderes ordenan repetir, y eso basta.
El enorgullecerse de ser propalestino se ha convertido en una señal de pertenencia social en todas las capas de la sociedad europea. Nadie se atreve a decir lo contrario porque hacerlo significa enfrentarse al estado mental gestionado y mantenido por la izquierda en las sociedades occidentales: un estado mental tan coercitivo como cualquier dogma oficial de los regímenes que esa misma izquierda dice repudiar.
Y aquí está la conclusión que este día obliga a pronunciar con toda claridad: lo que estamos viviendo en Europa no es diferente, en sus mecanismos profundos, de lo que se vivió en los años veinte del siglo pasado. Cambian los uniformes, cambia el vocabulario, cambia la estética. Pero la mecánica es la misma: un enemigo señalado, una masa movilizada, un discurso oficial que no admite réplica, y las instituciones al servicio de ese discurso. La única diferencia es que entonces el odio se exhibía con orgullo; hoy se disfraza de compasión. Eso lo hace más peligroso, no menos. Aquellos que en los años treinta miraron hacia otro lado dejaron escrita su sentencia en los libros de historia. Los que hoy miran hacia otro lado están escribiendo la suya. Avisados estáis.
Yo me niego a participar en ese juego. Me niego a confundir la agitación con el pensamiento, la consigna con el argumento, la masa con el pueblo. Defiendo a Israel y al judaísmo porque soy un hombre que quiere estar en el lado correcto de la historia. Y los justos siempre han estado ahí, aunque ese lugar cueste caro.