La política catalana tiene una rara capacidad para convertir un plano antiguo en una revelación profética. Basta sacarlo del cajón, quitarle el polvo, cambiarle el logotipo institucional, añadir una cifra redonda -a ser posible de muchos ceros- y presentarlo como si acabara de aterrizar de una cápsula espacial. La última reaparición se llama Línea Orbital Ferroviaria, aunque por momentos podría llamarse también Tren de la Fe, Cercanías de la Esperanza o, sencillamente, “kilómetro más, kilómetro menos”.
El proyecto no es nuevo. Como bien detalla Ramón Font fue diseñado en 2004, durante el tripartito (vade retro satanás) presidido por Pasqual Maragall, y quedó prácticamente congelado tras la crisis de 2008. Desde entonces ha sobrevivido como tantas grandes ideas catalanas: no exactamente vivo, no exactamente muerto, sino reservado urbanísticamente, citado en planes, acariciado en discursos y resucitado cuando la aritmética parlamentaria pide algo con apariencia de futuro.
Ahora vuelve porque ERC necesita justificar su apoyo presupuestario al Govern de Salvador Illa y porque el PSC necesita vestir de “gran acuerdo de país” lo que, en términos menos poéticos, es una negociación para aprobar cuentas. Nada especialmente extraño. La política consiste muchas veces en eso: unos ponen los votos, otros ponen la solemnidad y entre todos levantan una maqueta con iluminación LED.
Premio Hugo 2026: categoría “promesa ferroviaria de largo alcance”
Hay que reconocer, sin embargo, que esta vez el envoltorio merece una lectura más ambiciosa. Salvador Illa y Oriol Junqueras no compiten sólo por el control del relato presupuestario. Compiten, más bien, por el Premio Hugo 2026, que se entregará en LAcon V, en Anaheim, California, el próximo 30 de agosto. La Convención Mundial de Ciencia Ficción sabrá valorar, sin duda, una obra colectiva capaz de unir tres géneros: fantasía administrativa, epopeya ferroviaria y realismo mágico presupuestario.
El reputado historiador Junqueras -siempre según fuentes procedentes del planeta de la sátira- concurriría bajo seudónimo en la categoría de “Mejor cuento corto”. Hay dudas sobre el título definitivo. Unos hablan de “Kilómetro más, kilómetro menos”; otros prefieren “El tren del Mossèn llega tarde”. El jurado, si existiera tal candidatura, tendría difícil escoger. Ambas piezas condensan con elegancia ese drama nacional en el que el tren prometido siempre avanza, pero sólo en la presentación de PowerPoint.
Illa, por su parte, parece mejor situado en la categoría de “Mejor poema”, incorporada de nuevo en los premios de 2026. El título que circula en los pasillos de la imaginación es “Sant Pol, quina hora és?”. Se trataría de una pieza breve, sobria, casi zen: una meditación sobre la espera, el horario, la moderación institucional y la misteriosa capacidad del poder para decir “estabilidad” cuando quiere decir “ya veremos”.
Un proyecto de 2004, una fe de 2040
La Línea Orbital Ferroviaria pretende conectar Mataró, Granollers, Sabadell, Terrassa, Martorell, Vilafranca del Penedès y Vilanova i la Geltrú sin obligar a pasar por Barcelona. La idea, en abstracto, tiene sentido. Cataluña arrastra desde hace décadas un modelo demasiado radial, una dependencia excesiva de la capital y una segunda corona metropolitana que se mueve muchas veces como puede, no como debería. El problema no es el concepto. El problema es la distancia que separa el concepto del BOE, del DOGC, del proyecto constructivo, de la licitación, de la obra y del tren que finalmente se detiene en el andén.
El titular impresiona: 5.200 millones de euros. También impresiona el calendario: horizonte 2040 o 2041. En política, una infraestructura que se promete para dentro de quince años tiene una ventaja extraordinaria: casi nadie que la anuncia tendrá que responder por su incumplimiento. Y si alguna vez se cumple, siempre habrá una placa inaugural suficientemente generosa para repartir méritos entre varias generaciones de gestores, asesores, consellers, secretarios generales, alcaldes y responsables de comunicación.
Conviene no olvidar de dónde viene el asunto. Pasqual Maragall tuvo intuiciones territoriales potentes, pero también dejó una lección que Cataluña debería manejar con prudencia: algunas grandes arquitecturas políticas y administrativas nacen con música de futuro y terminan atrapadas en una combinación de exceso, improvisación y épica constitucional. El Estatut fue el culmen de aquella ambición. Por eso, cada vez que se desempolva una gran pieza maragalliana, no está de más preguntar si estamos ante una idea madura o ante otra peregrinación al santuario de las promesas solemnes.
La fase cero: cuando la realidad entra por la puerta de servicio
Aquí aparece el punto menos espectacular y más importante. La llamada “fase cero” no consiste en lanzar al cielo un tren orbital con banda sonora de Pixar. Consiste, básicamente, en reforzar y adaptar infraestructuras ya existentes. Dicho de otra forma: antes de conquistar la galaxia ferroviaria, quizá convendría conseguir que las vías disponibles funcionen mejor, que los intercambiadores sean útiles y que los usuarios de Rodalies no tengan que desarrollar una espiritualidad estoica para llegar a la hora.
En esa fase cero hay una verdad incómoda para el relato grandilocuente. Muchos ciudadanos se darían por razonablemente satisfechos si la R8 tuviera más sentido, más cadencia, mejores conexiones, menos tramos eternamente pendientes y una utilidad real para quienes se desplazan entre los dos Vallès, el Baix Llobregat y la Universidad Autónoma. No hace falta vender Marte si todavía no hemos arreglado la escalera de casa.
La ciencia ficción presupuestaria
El asunto económico merece capítulo aparte. Con la situación actual de las cuentas públicas, la dependencia de inversiones estatales, el historial de incumplimientos, los retrasos acumulados en infraestructuras y la relación entre promesa política y ejecución real, confiar sin pestañear en 5.200 millones de euros es, como mínimo, un ejercicio de literatura especulativa.
La España de Zapatero, Sánchez y sus mariachis institucionales ha demostrado una habilidad notable para convertir cada pacto en una partitura de anuncios, cada anuncio en una rueda de prensa y cada rueda de prensa en una promesa que luego se pierde en los pliegues del calendario. Cataluña conoce bien el género. Lo ha leído en Rodalies, en el Corredor Mediterráneo, en la B-40 y en tantas carpetas donde la palabra “prioridad” envejece más rápido que el papel.
Naturalmente, nadie dirá que el proyecto es humo. Sería demasiado grosero. Se dirá que es estratégico. Se dirá que exige mirada larga. Se dirá que ninguna gran infraestructura nace de un día para otro. Todo eso es verdad. Pero también lo es que la mirada larga puede convertirse en coartada larga, y que una ciudadanía obligada a soportar incidencias presentes tiene derecho a desconfiar de quienes le venden soluciones cuando ya hayan cambiado varias legislaturas, varios consellers y, quizá, varios sistemas de señalización.
Antes de orbitar, que funcione lo que ya existe
La Línea Orbital Ferroviaria puede tener sentido territorial. Esa es precisamente la trampa: como idea general, cuesta oponerse a ella. Conectar mejor la segunda corona metropolitana es razonable. Reducir la dependencia de Barcelona, también. Mejorar la movilidad entre comarcas industriales, universitarias y residenciales es necesario. Pero una cosa es reconocer el diagnóstico y otra aceptar sin pestañear la liturgia de la promesa infinita.
El país no necesita menos planificación. Necesita planificación que se ejecute. No necesita menos ambición. Necesita ambición con calendario, presupuesto, responsabilidad y resultados intermedios visibles. Si la fase cero sirve para mejorar de verdad las conexiones existentes, bienvenida sea. Si sólo sirve para envolver un pacto presupuestario con papel de aluminio futurista, entonces no estamos ante una infraestructura: estamos ante un cuento corto, un poema y quizá una candidatura involuntaria a la mejor obra de fantasía política del año.
Mientras tanto, el usuario seguirá esperando. En el andén, no en Anaheim. Sin alfombra roja, sin ceremonia, sin cohete plateado y sin voto en la Convención Mundial de Ciencia Ficción. Sólo con una pregunta mucho más modesta que cualquier epopeya orbital: ¿a qué hora pasa el próximo tren y cuánto tarde llegará?
Fuentes de apoyo y verificación
• Catnoticias.es, “5.200 millones y 15 años después: el tren futurista con el que ERC quiere justificar su apoyo a los presupuestos del PSC”, Ramón Mora, 19 de mayo de 2026.
• The Hugo Awards, página oficial “2026 Hugo Awards”: LAcon V, Anaheim, California, 30 de agosto de 2026; categoría Best Poem incorporada de nuevo en 2026.
• Nota editorial: las supuestas candidaturas de Salvador Illa y Oriol Junqueras a los Hugo forman parte de la sátira política del artículo, no de una afirmación factual.