Groenlandia después del susto: Europa puso cámaras; EE. UU. puso capacidad

Han transcurrido dos semanas y el tema mediático de Groenlandia ha desaparecido de la actualidad con la misma rapidez con la que apareció, como si el hielo tuviera botón de “reset” y la geopolítica fuese una serie de ocho capítulos. Durante unos días pareció que el mundo se hallaba al borde del holocausto nuclear: los inuit eran interpelados por valientes periodistas españoles desplazados a Nuuk, capital de la isla, pese a la inminente llegada —según el guion— de cientos de misiles balísticos; y todos los interpelados tenían un gran pavor sólo ante la mención de la palabra “TRUMP”. No “Estados Unidos”, no “el Pentágono”, no “NORAD”, no “la base” ni “el sistema”: TRUMP, como si la superpotencia fuera un señor con corbata y no una maquinaria de décadas.
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El secretario general de la OTAN compareció con unas palabras sensatas —y, como suele ocurrir, la sensatez fue tratada como un corte publicitario—. Los ministros de Asuntos Exteriores de Dinamarca y de Groenlandia se olvidaron de lo políticamente correcto y se pasaron con manos temblorosas el paquete de tabaco. El despliegue logístico militar europeo, para preparar la llegada de las valientes tropas de la Europa Libre, duró lo justo para que alguien pronunciara “ventisca”, otro mirara la lista de repuestos, y el tercero recordara que la guerra —como el amor— exige constancia y presupuesto.

Y entonces apareció el comodín serio: una brigada polar aerotransportada, con todos los pertrechos, fue “parachutada” por Estados Unidos. Y ahí quedó todo. Los viejos rockeros respiramos tranquilos: no asistiríamos a una resistencia numantina de Thule (la verdad, no sabemos quién atacaba y quién defendía) y así no veríamos destruida la mítica capital de la soberana de Thule, la rubia e intrépida princesa vikinga Sigrid, eterna novia del Capitán Trueno.

Seamos serios, ahora sí: lo verificable cabe en tres líneas. Hubo hipérbole mediática (en Nuuk), hubo alineamiento político europeo (en torno a Copenhague), y hubo capacidad operacional estadounidense (en torno al nodo militar del norte). El resto fue espuma.

Del apocalipsis televisivo al parte de servicio

España envió “estrellas” a Nuuk. El fenómeno no merece eufemismos: se montó un plató en el hielo para narrar una batalla que aún no se sabía si existía. La Sexta desplazó a Ana Pastor y elevó el termómetro emocional con el motivo recurrente del miedo (“los niños empiezan a tener problemas de sueño”). COPE, por su parte, hizo radio desde Nuuk con “La Linterna” y Expósito entrevistando a perfiles locales.

Lo interesante no es el despliegue, sino el encuadre: el miedo se personalizó en Trump, no en “Estados Unidos” como potencia estructural (bases, acuerdos, décadas de presencia, inteligencia, alerta temprana) que no depende del estado de ánimo presidencial. Es normal: la televisión dramatiza mejor un nombre propio que una arquitectura estratégica.

Y, sin embargo, si de verdad se quiere entender Groenlandia, el primer dato que rompe la caricatura no es militar: es demográfico y administrativo. En 2024, 17.287 personas nacidas en Groenlandia residían en Dinamarca. Repito: diecisiete mil. En un país pequeño. Es una cifra enorme en proporción al censo groenlandés y explica, mejor que muchos discursos, la densidad real de la relación Reino–territorio. Groenlandia no vive solo “en Groenlandia”: vive también, de forma masiva, en Copenhague y en el Estado danés.

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Groenlandia

Thule, Pituffik y la inconsistencia como política

Cambiemos el foco: la base que durante décadas fue Thule para todos —en boca de militares, diplomáticos y visitantes— hoy se llama Pituffik. El giro nominal se presenta como gesto identitario; el hecho estratégico es que sigue siendo un nodo clave del sistema de vigilancia y alerta en el Ártico. El nombre nuevo no altera el mapa de poder: altera el decorado.

Y aquí el término Thule es perfecto para la sátira, porque funciona en dos registros a la vez: el mítico (la Europa nórdica que fantasea con su extremo) y el popular (la Thule del tebeo, con su princesa rubia y su heroísmo de tinta). En 2026, la OTAN y la UE coquetearon con la épica; EE. UU. siguió en la infraestructura.

1) Distancias: Groenlandia está cerca de Rusia… y Dinamarca tampoco está al lado

Para que la geopolítica no sea astrología, hay que medir:

  • Punto más cercano Groenlandia–Rusia (extremo norte): ≈ 1.170 km, entre Cabo Morris Jesup (Groenlandia) y Cabo Fligely (Tierra de Francisco José, Rusia).
  • Nuuk–Murmansk: ≈ 3.480 km.
  • Nuuk–Copenhague: ≈ 3.550 km (redondeado).
  • Nuuk–Pekín: ≈ 8.400 km.

El dato que pincha la retórica del Reino es éste: Copenhague está casi tan lejos de Nuuk como Murmansk. Si alguien busca por qué la soberanía se convierte en debate, empiece por la geografía: gobernar un territorio ártico desde Europa es una hazaña administrativa y un problema logístico permanente, incluso cuando no hay crisis.

2) “Rusia o China invadirán Groenlandia”: por qué es un relato poco serio

Decir que Rusia o China “podrían invadir Groenlandia” suele revelar una incomprensión básica de las operaciones modernas, y más aún en el Ártico.

Groenlandia no es una isla expuesta. Está incrustada en redes occidentales de vigilancia, alerta temprana y control aeroespacial. Su valor militar no está en “tener playas” para desembarcar, sino en lo que representa como sensor, nodo e infraestructura.

Además, Groenlandia es un desierto ártico. En ese entorno, una invasión no se define por desembarcar; se define por sostener. En Groenlandia, sostener implica:

  • Superioridad aérea sostenida.
  • Control de mar a lo largo de miles de kilómetros.
  • Tropas, vehículos, combustible y munición aptos para Ártico.
  • Puertos/aeródromos/depósitos funcionales y evacuación médica.
  • Una cadena logística ininterrumpida.

Sin logística, las fuerzas se congelan, se agotan y fracasan. En el Ártico, la logística es el campo de batalla. Se puede invadir Groenlandia en PowerPoint. En el hielo, no.

3) Rompehielos: la asimetría que hay que citar (y por qué Finlandia entra en escena)

La capacidad de rompehielos importa porque habilita presencia sostenida, rescate, apoyo a convoyes y persistencia en hielo. La asimetría de partida es clara:

  • Rusia: opera del orden de ~40 rompehielos. Dos de ellos con propulsión nuclear. La ruta ártica es su prioridad.
  • EE. UU.: la U.S. Coast Guard opera una flota polar comparativamente corta; en el debate público se citan “dos rompehielos polares” como referencia de capacidad polar disponible.

Lo relevante no es solo el “foto fija”, sino el intento de corregirlo con industria y alianza: el objetivo estadounidense se ha formulado con 11 rompehielos (“Arctic Security Cutters”) con un coste estimado de 6.100 millones de dólares, con 4 unidades construidas en Finlandia y hasta 7 en astilleros estadounidenses con asistencia/knowhow finlandés.

Y aquí está el punto político (y cínico) que conviene decir en voz alta: construir rompehielos no es solo “capacidad ártica”. Es carga de trabajo, empleo cualificado, cadena industrial, y por tanto alianza por interés, no por poesía. Finlandia —pequeña, poco poblada y vecina de Rusia— no solo agradece el contrato: lo convierte en estructura estratégica.

4) El gesto europeo: mucha frase, poco tonelaje

Hubo gesto europeo y solemnidad. Hubo un momento en que algunos “premiers” parecían competir por quién defendía más fuerte la “integridad territorial” danesa. La escena fue la habitual: declaraciones, banderas, unidad moral, y un olor a “liderazgo” que se fabrica mejor en París y Londres que en un puerto ártico a -20º.

Pero el Ártico no se sostiene con comunicados. Se sostiene con logística y presencia. Y cuando la niebla se disipó, la escena quedó más nítida: Europa quería “estar” en Groenlandia; EE. UU. ya estaba. Europa quería “mostrar”; EE. UU. quería “controlar”.

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5) Dinamarca y Nuuk: el miedo inverso, no Rusia/China, sino EE. UU.

Aquí está el giro que el plató español prefirió no mirar de frente: el temor danés (y de parte del ecosistema groenlandés) no fue un desembarco chino o ruso mañana; fue una erosión de soberanía hoy por presión política desde Washington.

Dinamarca puede explicar el problema como “integridad territorial” y “unidad del Reino”; Nuuk puede describirlo como “autogobierno” en tensión con un pasado colonial; Washington lo describe como “seguridad nacional” y “posición estratégica”. Y cada uno, por supuesto, tiene su propio diccionario.

6) Dinamarca indignada… y su memoria selectiva

La sorpresa nacionalista danesa de 2026 tiene un problema: Dinamarca, como cualquier Estado europeo, también ha tratado la soberanía como herramienta negociable cuando le convenía.

(a) Vender soberanía: Islas Vírgenes (1917). Dinamarca transfirió a EE. UU. las entonces Indias Occidentales Danesas (hoy Islas Vírgenes estadounidenses) por 25 millones de dólares en oro, mediante la convención firmada en 1916 y proclamada en 1917.

(b) Aceptar hechos consumados: Islandia (Operación Fork, 10 de mayo de 1940). El Reino Unido invadió y ocupó Islandia el 10 de mayo de 1940 para impedir una invasión alemana o el establecimiento de bases alemanas en un punto clave del Atlántico Norte. “Ocupamos para proteger” es la fórmula amable de la violación de una neutralidad.

EE. UU. en 1941 sustituyó a los británicos, apoyó en 1944 la declaración islandesa de independencia y garantizó la misma con sus bases militares.

7) “Invadimos para proteger”: la palabra elástica de todos los imperios

Cuando el Reino Unido ocupó Islandia, el argumento fue impedir que la isla cayera bajo influencia alemana. Cuando la URSS invadió el este de Polonia, el 17 de septiembre de 1939, también envolvió el acto en su narrativa de seguridad y protección. El hecho es el hecho: la invasión soviética comenzó el 17 de septiembre de 1939.

No estoy equiparando mecánicamente situaciones distintas (sería una equivalencia grosera). Estoy subrayando algo más básico: “proteger” es una palabra que el poder estira. Cuando la usa el enemigo, se llama agresión; cuando la usa el aliado, se llama responsabilidad. La palabra cambia; el mecanismo se parece demasiado.

8) “Parachutada”: Suez, Indochina, Argelia… y el dedo americano

Mantengo “parachutada” a propósito, con su regusto francés (parachute), porque la palabra lleva dentro un siglo entero de reflejos coloniales y poscoloniales: Francia creyendo que aún podía decidir por sí sola el marco de las cosas… y Estados Unidos recordándole, con mayor o menor delicadeza, quién pone la música cuando el escenario es global.

Suez (1956) fue la lección canónica: Londres y París creyeron reeditar grandeza y se encontraron con que el árbitro real era Washington. No hizo falta una guerra total; bastó presión política y financiera para que la aventura se convirtiera en retirada, y para que el “liderazgo” europeo quedara reducido a pose.

Indochina fue la lección larga. Francia perdió el pulso en el terreno y, sobre todo, perdió el marco político. Después vendría la transferencia del problema, con su propia lógica de “expertos”, al actor que tenía músculo industrial, estratégico y de sostén: Estados Unidos. La historia terminó con otra bandera bajando, pero ya en otro tejado (Saigón, 1975), porque el “experto” también podía equivocarse. La moraleja para 2026 es simple: el que entra a “gestionar” un teatro lejano no hereda solo la misión; hereda la trampa.

Argelia completa el tríptico, porque ahí el imperio no cayó por falta de paracaidistas, sino por pérdida de legitimidad y por agotamiento político. No es el frío, no es la arena, no es el hielo: es el tiempo. Los imperios modernos no se rompen necesariamente en el campo de batalla; se rompen en la caja registradora, en el telediario y en la paciencia.

Y aquí está el guiño venenoso: cuando algunos “premiers” europeos se pusieron beligerantes en Groenlandia, olía a eso. No a Napoleón y Wellington de verdad, sino a una versión de bajo coste: mucha frase, poco tonelaje, y una fe casi infantil en que las declaraciones remplazan al sostenimiento. Y, como en los viejos episodios, apareció el recordatorio contemporáneo: si el marco lo define Washington, el desenlace también.

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Groenlandia

9) Más allá de las formas de Trump (sección íntegra)

Más allá de las formas de Trump (sus hipérboles, su histrionismo y su falta de continencia verbal y gestual), ¿son correctas las acciones de EEUU? ¿Siguen siendo EEUU y Europa aliados?
– Ucrania: Europa se opone a los planes de paz de EEUU.
– Gaza: Europa se opone a los planes de paz de EEUU.
– Irán: Europa se opone a la intervención quirúrgica de EEUU.
– China: Europa se opone a los planes de EEUU de debilitar comercialmente a China.
– Intervención en Venezuela: Europa se opone a EEUU.
– Groenlandia: Europa se opone a la compra de EEUU.
– Regulación: Europa regula y sanciona las tecnológicas de EEUU.
– Libertad de opinión: Europa se opone a EEUU.
– Inmigración: Europa se opone a EEUU en cerrar fronteras a ilegales.
– Gasto en defensa: Europa se resiste a las exigencias de EEUU.
– Retirada de tratados internacionales: Europa se opone a los planes de EEUU.
– Cambio climático: Europa se opone a EEUU.

Sin embargo, los EEUU han subsidiado gratuitamente la defensa europea durante generaciones, no solo con dólares, sino con sangre de estadounidenses en las dos guerras mundiales, y actualmente no solo con la presencia de tropas, sino sobre todo con la tecnología estadounidense, que mantiene a Europa y al mundo libre en una burbuja de seguridad.

10) SaintPierreetMiquelon: el “primer territorio europeo” para retirarse

Si alguna vez el despliegue europeo en Groenlandia se quedara sin suministros —y en el Ártico siempre se acaba hablando de suministros—, el primer “territorio europeo” al que replegarse no sería la retórica; sería la geografía. Y ahí aparece Saint‑Pierre‑et‑Miquelon, el archipiélago francés frente a Terranova: suficientemente “Europa” para mantener el orgullo, suficientemente pequeño para que nadie pregunte por el presupuesto… hasta que llegue la factura del combustible.

11) Dinamarca 1807–1808: españoles defendiendo Dinamarca… y repatriados por los británicos

Y aquí viene el espejo histórico, porque rima demasiado bien. En 1807, España envió a Dinamarca la Expedición española a Dinamarca (1807–1808): un contingente de unos 14.000 hombres, al mando de Pedro Caro y Sureda, marqués de La Romana.

En 1808, tras estallar la Guerra de la Independencia, se produjo el giro esperpéntico: gracias a la acción de la flota británica, unos 9.000 españoles fueron evacuados y repatriados (para regresar a España y combatir al francés); el resto quedó disperso y una parte terminó capturada por el dispositivo napoleónico y las tropas danesas leales a Napoleón.

Y el anclaje temporal: Napoleón invade Rusia en 1812; la campaña suele fecharse del 24 de junio al 24 de diciembre de 1812. Aquella expedición danesa pertenece al ciclo de guerra napoleónica que precede al gran choque ruso. El eco en 2026 es el mismo mecanismo mental: europeos jugando a la épica “del Norte” sin tener claro quién pone la logística ni quién cierra el guion.

12) Marx, el alemán en Londres, y la farsa útil

En algún punto hay que citar al alemán residente en Gran Bretaña que lo dejó clavado: Hegel observó que los hechos históricos aparecen dos veces; Marx añadió el remate: la primera vez como tragedia, la segunda como farsa.

Epílogo

Groenlandia no estaba al borde del holocausto; estaba al borde de una verdad incómoda: la confrontación real fue intraoccidental. Washington no discutía con Moscú por Nuuk; discutía con Europa (y con Dinamarca) por el reparto de cargas económicas en defensa, por el control estratégico del Ártico y por el derecho a llamar “seguridad” a lo que los demás llaman “presión”.

Europa, por su parte, exhibió un músculo distinto: el mediático. Puede fabricar un clímax, enviar presentadores, interpelar inuits y luego pasar página sin rendición de cuentas. Estados Unidos no necesitó el clímax: le bastó con recordar —con industria (rompehielos), con infraestructura y con sistema— que en el Ártico manda el que sostiene, no el que opina.

Y así, dos semanas después, el tema desapareció. No porque se resolviera, sino porque cumplió su función: entretener, moralizar, dividir y anestesiar. Groenlandia volvió al frío y al silencio. Nosotros volvimos al plató. Y Thule —perdón, Pituffik— siguió donde siempre: en el lugar exacto donde el hielo no entiende de comunicados.

Fuentes consultadas (selección)

  • Greenland in Figures 2025 (Statistics Greenland)
  • Reuters (programa de rompehielos y cooperación con Finlandia, 2025-12-30): https://www.reuters.com/world/europe/finlands-rmc-build-two-icebreakers-us-coast-guard-2025-12-30/
  • USNI News (inventario de rompehielos y modernización): https://news.usni.org/2026/02/03/coast-guard-commits-323m-to-modernizing-future-polar-security-icebreaker-homeport
  • Operación Fork / Invasion of Iceland (síntesis histórica): https://www.royalmarineshistory.com/post/operation-fork-invasion-of-iceland
  • La Sexta (cobertura desde Nuuk)
  • COPE (La Linterna desde Nuuk): https://www.cope.es/programas/la-linterna/el-tema-del-dia/episodios/linterna-nuuk-groenlandia-20260112_3285151.html
  • Britannica (campaña de Rusia 1812):
  • Marx, El 18 Brumario
  • IWM (Suez Crisis): https://www.iwm.org.uk/history/cold-war/suez-crisis
  • State Dept. Office of the Historian (Tratado 1917, Indias Occidentales Danesas): https://history.state.gov/historicaldocuments/frus1917/d881

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