Y el hecho central —incómodo, inapelable, documentalmente demostrable— es este: existe un Irán islámico impuesto por la fuerza y un Irán originario, preislámico, que nunca se sometió completamente. Entre ambos hay una lucha que no es de décadas ni de siglos: es una guerra cultural que dura más de catorce siglos, una resistencia que ningún análisis serio puede ignorar sin caer en la falsificación histórica.
Esto no es discurso de odio, por más que los relativistas culturales lo califiquen así. Es historia. Y la historia, cuando se cuenta sin adornos ideológicos, suele ser incómoda para quienes prefieren las fábulas edificantes a la realidad documentada.
El error fundamental del análisis europeo sobre Irán no es técnico: es moral. Europa no quiere aceptar una realidad que destroza sus esquemas multiculturales: una parte mayoritaria del pueblo iraní no se identifica con el islam político que le han impuesto. No lo siente como propio, no lo vive como continuidad cultural, y no lo reconoce como expresión auténtica de su identidad histórica. Para los iraníes conscientes de su historia, el régimen de los ayatolás no representa la evolución natural de su civilización, sino la perpetuación contemporánea de una ocupación que comenzó en el siglo VII.
Irán no es un país árabe. Jamás lo ha sido. Esta afirmación, elemental para cualquier persona medianamente educada, resulta revolucionaria en un contexto europeo donde 'musulmán' se ha convertido en una categoría totalizante que borra las diferencias nacionales, étnicas, lingüísticas e históricas. Para la mentalidad progresista europea, todos los países del Medio Oriente son intercambiables: misma religión, misma cultura, mismos intereses. Nada más alejado de la realidad.
La lengua iraní, su civilización milenaria, su imaginario simbólico y su memoria colectiva preceden al islam en siglos. Mucho antes de que existiera Mahoma, Irán ya era imperio, derecho codificado, ética refinada, cosmología sofisticada y expresión cultural de altísimo nivel. El Irán de Ciro el Grande, de Darío, de la tradición zoroastriana, representa una continuidad civilizatoria que el islam interrumpió violentamente, pero que nunca logró erradicar por completo.
Lo que hoy se denomina eufemísticamente 'República Islámica de Irán' es, en realidad, el resultado de una conquista árabe iniciada en el siglo VII y consolidada a través de un proceso largo, sistemático y brutalmente violento de imposición religiosa y cultural. Que con los siglos se haya producido convivencia, sincretismo y adaptación no borra el hecho histórico original: el islam llegó a Irán como fuerza invasora, como religión del conquistador, no como evolución espiritual interna de la sociedad iraní.
Europa no conoce al Irán real porque se niega a conocerlo. Lo mira a través de lentes ideológicas que distorsionan sistemáticamente la realidad. Para el establishment político e intelectual europeo, reconocer la especificidad iraní implicaría cuestionar dogmas fundamentales del multiculturalismo: que todas las culturas son igualmente válidas, que todas las tradiciones religiosas son igualmente respetables, que el islam es una religión de paz incompatible con la imposición violenta. Aceptar la realidad iraní obligaría a Europa a enfrentarse con verdades históricas que contradicen su sistema de creencias progresista.
Para muchos analistas europeos, 'musulmán' es una categoría casi racial, homogénea, donde todos son árabes, todos hablan árabe, todos piensan igual, todos comparten los mismos objetivos políticos. Esta ignorancia no es casual: es funcional. Permite mantener una política exterior simple, basada en estereotipos, que evita la complejidad de entender las diferencias reales entre pueblos, naciones y tradiciones culturales.
En el Irán contemporáneo siguen absolutamente vivas —a pesar de cuatro décadas de represión sistemática— prácticas, valores y símbolos que preceden al islam en siglos: el Nowruz como año nuevo auténticamente persa, la memoria venerada de Ciro el Grande como modelo de gobernante justo, la ética zoroastriana de la lucha cósmica entre el bien y el mal, la centralidad irrenunciable de la lengua persa como vehículo de identidad nacional, y una visión del mundo fundamentalmente incompatible con la sharía. Ese Irán no es islámico, aunque haya tenido que sobrevivir bajo dominio islámico durante catorce siglos.
La narrativa europea presenta estos catorce siglos como un período de integración pacífica, de síntesis cultural armoniosa, de islamización gradual y voluntaria. Es una falsificación histórica. Durante estos catorce siglos no ha habido sumisión pasiva: ha habido resistencia constante, a veces abierta y sangrante, a veces soterrada y silenciosa, pero siempre presente. Dinastías persas que intentaron recuperar autonomía cultural frente al califato árabe, poetas que preservaron la lengua persa cuando el árabe era impuesto como idioma oficial, élites intelectuales que contuvieron la arabización total, movimientos políticos que buscaron reconectar con la esencia iraní pre-islámica, y rebeliones populares que cuestionaron la legitimidad del poder clerical.
Esta resistencia no es romanticismo nacionalista contemporáneo proyectado hacia el pasado. Es una constante histórica observable, documentada, verificable en fuentes primarias que los analistas europeos prefieren ignorar porque complica sus esquemas interpretativos. Reconocer esta resistencia implicaría aceptar que el islam no fue universalmente bienvenido, que su expansión no fue únicamente pacífica, que su consolidación requirió violencia sistemática, y que su mantenimiento exigió represión continua.
El siglo XX representó para Irán algo absolutamente excepcional en su historia post-islámica: un intento real, estructurado, sistemático y parcialmente exitoso de recuperar su identidad nacional pre-islámica. La monarquía moderna iraní, instaurada por Reza Pahlavi y continuada por su hijo, no fue un accidente histórico ni una imposición extranjera: fue el vehículo político mediante el cual Irán comenzó a liberarse del control clerical que lo había dominado durante siglos y a reinsertarse en la historia como nación soberana, moderna y orgullosa de su pasado pre-islámico.
Ese proceso de modernización y laicización no era perfecto —ningún proceso histórico lo es—, pero avanzaba en una dirección inequívocamente clara: la separación progresiva entre religión y Estado, la reducción sistemática del poder político del clero, la recuperación de símbolos nacionales pre-islámicos, la promoción de la lengua y la cultura persa, la integración de Irán en la comunidad internacional como Estado-nación moderno, y la reconstrucción de una identidad nacional iraní distinta y independiente de la identidad religiosa islámica.
La monarquía Pahlavi representaba, objetivamente, la única experiencia exitosa de des-islamización política en la historia iraní moderna. Por primera vez en catorce siglos, el poder político no estaba en manos del clero islámico. Por primera vez en catorce siglos, la identidad nacional iraní podía expresarse públicamente sin mediación religiosa. Por primera vez en catorce siglos, Irán podía relacionarse con el mundo como nación, no como emirato teocrático.
La llamada 'Revolución Islámica' de 1979 fue, en realidad, una contrarrevolución teocrática que interrumpió violentamente el proceso de modernización nacional iraní. Pero Europa prefiere la versión romantizada: una revolución popular anti-imperialista que devolvió Irán a sus 'auténticas' raíces islámicas. Es una interpretación que ignora sistemáticamente la naturaleza híbrida y contradictoria de ese movimiento: una alianza táctica entre marxistas que aportaron la infraestructura revolucionaria y los islamistas que aportaron la organización clerical.
Los marxistas iraníes creyeron ingenuamente que podrían instrumentalizar a los clérigos para derrocar al Sha y después marginarlos políticamente. Los clérigos, más astutos y mejor organizados, instrumentalizaron a los marxistas para llegar al poder y después los eliminaron físicamente. El resultado fue una traición histórica de proporciones monumentales: el poder volvió a manos de los ayatolás, representantes directos de la misma corriente invasora que había llegado a Irán catorce siglos antes.
Desde 1979, todo símbolo de identidad nacional iraní ha sido sistemáticamente eliminado, deformado o demonizado por el régimen teocrático. La bandera histórica iraní fue reemplazada por símbolos islámicos. La monarquía fue declarada enemiga del pueblo. La memoria pre-islámica fue denunciada como 'jahiliyya' —ignorancia pagana. La identidad cultural iraní fue subordinada completamente a la identidad religiosa islámica. Todo aquello que conectaba Irán con su pasado pre-islámico fue declarado contrarrevolucionario.
La imposición de la sharía en Irán después de 1979 no respondió a una demanda popular espontánea. Fue un instrumento de control social diseñado específicamente para quebrar la resistencia de la población, especialmente de las mujeres, los jóvenes y cualquier forma de pensamiento autónomo. La sharía no es simplemente un código legal religioso: es una tecnología de poder que subordina la vida social entera a la autoridad clerical.
Durante cuarenta y siete años, este régimen ha reprimido, encarcelado, torturado y asesinado a decenas de miles de iraníes por el simple delito de no querer vivir bajo teocracia islámica. Sin piedad, sin pausa, sin límites morales, sin consecuencias internacionales reales. Miles de muertos cuya sangre ha sido sistemáticamente ignorada por los gobiernos europeos. Miles de muertos cuyos nombres no aparecen en los medios europeos con la misma frecuencia que otras víctimas más políticamente convenientes.
Europa ha preferido el silencio cómplice. Ha preferido hacer negocios con los verdugos. Ha preferido mantener relaciones diplomáticas normales con un régimen que ahorca estudiantes por protestar. Ese silencio no es neutralidad: es complicidad activa con el genocidio cultural y político de una nación entera.
Lo que está ocurriendo hoy en Irán no es una protesta coyuntural motivada por cuestiones económicas o sociales específicas. Es la cristalización histórica de todas las indignaciones acumuladas durante catorce siglos de dominio extranjero. Es una revolución nacional, no religiosa, no marxista, no identitaria en el sentido que Europa entiende este término. Es una revolución iraní, específicamente iraní, que busca recuperar una identidad nacional que nunca desapareció completamente.
Por eso en las manifestaciones reaparecen símbolos que la propaganda oficial había declarado muertos: la bandera del león y el sol, los retratos del Sha, las referencias al pasado pre-islámico, las proclamas a favor de la monarquía. Por eso se corea 'Javid Shah' —'Viva el Rey'— en las calles de Teherán. Por eso se queman mezquitas sin que nadie se sorprenda. Por eso se habla abiertamente de restaurar la monarquía constitucional. No como nostalgia romántica de ancianos nostálgicos, sino como proyecto político concreto de jóvenes que ven en la tradición monárquica iraní el único símbolo de continuidad histórica y soberanía nacional disponible.
El desconcierto europeo ante estos desarrollos es total y revelador. Europa no entiende por qué se queman mezquitas en un país 'musulmán'. No entiende por qué el pueblo iraní demuestra simpatía hacia Israel y rechazo hacia la causa palestina. No entiende por qué Irán mira con esperanza hacia Estados Unidos, hacia Donald Trump, hacia Elon Musk, hacia Benjamin Netanyahu. No entiende por qué los iraníes celebran cuando Israel bombardea posiciones iraníes en Siria o cuando Estados Unidos mata generales iraníes.
La razón es simple, pero Europa es incapaz de aceptarla porque destruye sus categorías de análisis: el pueblo iraní se reconoce instintivamente en quienes desafían al islam político, no en quienes lo justifican o lo toleran desde la comodidad de las democracias occidentales. Para los iraníes, Israel no es un Estado colonialista: es el único país de la región que se enfrentó exitosamente al islam político y mantuvo su identidad nacional específica. Para los iraníes, Estados Unidos no es el gran Satán: es la potencia que puede proporcionarles las armas necesarias para liberarse de la teocracia.
Mientras Europa dialoga diplomáticamente con el régimen de los ayatolás y justifica ese diálogo como 'realismo político', el pueblo iraní interpreta esa actitud como traición moral. Mientras Europa critica las sanciones económicas contra Irán como 'castigo al pueblo iraní', el pueblo iraní reclama más sanciones y más aislamiento del régimen. Mientras Europa defiende el 'derecho de Irán' a enriquecer uranio, el pueblo iraní suplica intervención militar extranjera para impedir que los ayatolás obtengan armas nucleares.
La hipocresía europea respecto a Irán alcanza niveles moralmente insostenibles cuando se la compara con su reacción ante otros conflictos contemporáneos. El silencio ante miles de muertos iraníes contrasta obscenamente con la indignación mediática ante conflictos que Europa considera políticamente más relevantes. Esa selectividad no es casual: revela las verdaderas prioridades del establishment europeo, que subordina los derechos humanos a consideraciones geopolíticas e ideológicas.
Europa ha adoptado un marxismo cultural que le impide comprender a una nación que quiere liberarse de una religión impuesta por conquistadores extranjeros. Para la mentalidad progresista europea, toda religión es igualmente respetable, toda cultura es igualmente válida, toda tradición es igualmente digna de preservación. Esa actitud aparentemente tolerante es, en realidad, profundamente conservadora: legitima el statu quo, justifica la opresión existente, e impide cualquier cuestionamiento radical del poder establecido.
Cuando los iraníes queman mezquitas, Europa no ve un acto de liberación nacional: ve un delito contra la diversidad religiosa. Cuando los iraníes reclaman el retorno de la monarquía, Europa no ve un proyecto de restauración nacional: ve un retroceso antidemocrático. Cuando los iraníes destruyen símbolos islámicos, Europa no ve la reconquista de un espacio nacional usurpado: ve vandalismo contra el patrimonio cultural.
Esa ceguera no es técnica: es ideológica. Europa es incapaz de aceptar que una nación tenga derecho moral a liberarse violentamente de una religión que considera extranjera y opresiva. Para Europa, eso constituiría un precedente peligroso que podría inspirar movimientos similares en territorio europeo. Mejor mantener la ficción de que todas las religiones son igualmente legítimas y que toda resistencia violenta es igualmente condenable.
Pero los iraníes que han vivido bajo ese yugo durante siglos tienen autoridad moral para decidir cómo romperlo. No es Europa, cómodamente instalada en su relativismo cultural, quien debe juzgar los métodos que una nación oprimida considera necesarios para recuperar su libertad. Quien ha experimentado la opresión teocrática en carne propia tiene derecho a rechazarla por los medios que considere apropiados, incluyendo la violencia justificada contra los símbolos del poder opresor.