Quiero hablar de la iranofobia: ese desprecio sistemático, esa hostilidad difusa, esa discriminación estructural hacia el pueblo iraní que está tomando cuerpo en Occidente y que, como ocurrió con otras formas de odio antes de que se volvieran incontrolables, avanza despacio, sin nombre todavía, sin que casi nadie la identifique como lo que es.
Quien se intoxica con ideología pierde la razón. Da igual si el veneno viene de la derecha o de la izquierda: una mente secuestrada por el dogma deja de ver personas y empieza a ver categorías. Deja de escuchar argumentos y empieza a buscar etiquetas. Y el pueblo iraní, en este momento histórico, ha tenido la desgracia de convertirse en una categoría incómoda para demasiados dogmas al mismo tiempo.
Para la izquierda radical occidental, Irán es un problema porque su pueblo lucha por derrocar un régimen que forma parte del eje antioccidental que esa izquierda venera en silencio. Para los sectores del cristianismo radical que arrastran un antisemitismo ancestral, Irán es sospechoso porque los iraníes nos hemos atrevido a estar al lado de Israel en todas las ocasiones existentes, y eso les resulta intolerable. Para los aislacionistas americanos, Irán es simplemente una región lejana que no merece atención ni inversión política. Tres fuentes distintas de indiferencia y hostilidad, tres lógicas distintas, pero una misma consecuencia: el silencio sobre el sufrimiento de un pueblo que merece ser escuchado.
Conviene ser precisos, porque la precisión es la primera obligación de quien quiere decir la verdad. Los iraníes de la diáspora han salido a las calles de Europa, América, Asia y África con un civismo y un orden que debería avergonzar a muchos de sus detractores. Las concentraciones de compatriotas persas han sido, en su inmensa mayoría, pacíficas, dignas y ejemplares. Eso es un hecho que merece subrayarse con toda claridad, porque habla del carácter de un pueblo que incluso en el dolor y en el exilio mantiene la compostura y la determinación.
Los incidentes que han ocurrido no han sido provocados por los manifestantes iraníes: han sido ataques puntuales de grupos propalestinos y militantes de izquierda que no toleran ver la bandera del León y el Sol junto al de Israel en las calles de sus ciudades. Pero lo que sí ocurre, y ahí está la advertencia que este artículo quiere formular con toda claridad, es que la iranofobia se está construyendo lentamente, ladrillo a ladrillo, y que cuando esté plenamente instalada en el discurso público será demasiado tarde para frenarla. El momento de nombrarla es ahora.
¿Dónde se ve esa iranofobia incipiente? Se ve en el silencio de los medios. Los grandes aparatos mediáticos occidentales que durante meses llenaron sus portadas, editoriales y programas de debate con noticias sobre el conflicto palestino han mirado hacia otro lado cuando el pueblo iraní se lanzó a las calles a jugarse la vida contra una teocracia asesina. El contraste no es casual ni inocente: es la expresión de una jerarquía del sufrimiento que decide qué pueblos merecen cobertura y qué pueblos merecen silencio según criterios puramente ideológicos. Y cuando alguna información ha llegado a los grandes medios, en demasiados casos ha tendido a contextualizar al régimen de los ayatolás, a relativizar su brutalidad, a presentar su naturaleza totalitaria como una cuestión de perspectiva. Eso no es periodismo. Es complicidad.
Y se ve en algo más cotidiano y más revelador: en la crítica que recibimos cuando ondeamos la bandera de Israel junto a la nuestra. Ese gesto, para muchos iraníes perfectamente natural y cargado de significado histórico y afectivo, desata una hostilidad desproporcionada. Se nos reprocha. Se nos cuestiona. Se nos pide que expliquemos y digamos el porqué. Y en ese reproche está el núcleo de la iranofobia que se avecina. Porque si seguimos por este camino, si esa crítica se normaliza e institucionaliza, llegaremos al punto en que los iraníes seremos tratados exactamente como los judíos fueron tratados durante décadas: incapaces de reclamar nuestra identidad y nuestra patria sin ser considerados un problema que el orden internacional preferiría que desapareciera. Ese es el comienzo. Lo estamos viendo ya.
Ese paralelismo no es retórico. Es la lectura más honesta que puedo hacer de la historia y del presente. Y por eso quiero detenerme en lo que significa, para mí y para muchos iraníes, la relación con el pueblo de Israel, porque esa relación es mucho más que una alianza política coyuntural: es el reconocimiento de una experiencia compartida que va mucho más allá de cualquier cálculo geopolítico.
Los iraníes y los israelíes nos conocemos. Nos conocemos de verdad, con ese conocimiento profundo que solo nace de haber mirado al mismo enemigo a los ojos durante décadas. El régimen de los ayatolás no es únicamente el opresor del pueblo iraní: es también el principal patrocinador del terror contra Israel, el que financia a Hezbolá, el que arma a Hamás, el que no ha dejado de proclamar durante cuarenta años que Israel debe ser borrado del mapa. Y los iraníes, la inmensa mayoría de los iraníes que no se sienten representados por ese régimen sino secuestrados por él, sabemos perfectamente lo que eso significa. Sabemos que cuando el régimen amenaza a Israel, no habla en nuestro nombre. Habla en el suyo. Y hay una diferencia entre el pueblo iraní y el régimen iraní que Occidente se niega sistemáticamente a entender, quizás porque entenderla obligaría a revisar demasiados prejuicios cómodos.
Pero más allá del enemigo común, lo que une al pueblo iraní con el pueblo israelí es algo más profundo, más antiguo y más humano. Es el conocimiento mutuo de lo que significa ser un pueblo que el mundo prefiere ignorar cuando sufre. Los israelíes llevan décadas sabiendo lo que es ver cómo las mismas capitales europeas que se proclaman defensoras de los derechos humanos miran hacia otro lado, relativizan y excusan lo que ningún otro pueblo del planeta tendría que soportar. Los iraníes estamos aprendiendo ahora, en tiempo real, esa misma lección amarga. Y en ese aprendizaje doloroso, la comprensión mutua entre nuestros dos pueblos se vuelve algo más que simpatía: se vuelve hermandad genuina, forjada no en las cancillerías sino en las calles y en los cementerios.
Esa hermandad tiene raíces históricas que muchos desconocen o prefieren ignorar. Durante siglos, persas y judíos han compartido una relación de mutuo respeto y convivencia que no tiene parangón en la región. El pueblo judío conoce bien la tierra de Persia, y el pueblo persa conoce bien al pueblo judío. No somos extraños. Somos vecinos con memoria larga, y esa memoria es más fuerte que cuarenta y ocho años de propaganda teocrática. Cuando un iraní ondea la bandera de Israel en las calles de Madrid, Barcelona o de Berlín o de Nueva York, no está haciendo un gesto vacío ni provocador: está recuperando una relación que el régimen de los ayatolás intentó borrar y no pudo. Está diciendo que el afecto real entre pueblos sobrevive a los regímenes que intentan destruirlo.
Y está eligiendo. Está eligiendo la solidaridad honesta de un pueblo que lo entiende frente a la solidaridad interesada de quienes lo utilizan. Está diciendo que cuando tienes que escoger entre quienes te comprenden de verdad y quienes te ofrecen apoyo con una mano mientras alimentan a tus verdugos con la otra, la elección no es difícil. Prefiero mil veces la hermandad con el pueblo israelí, que conoce el precio de existir y de ser libre, que el abrazo envenenado de los izquierdistas que aplauden al régimen que nos ha robado el país.
Existe también un malentendido que la iranofobia occidental contribuye a perpetuar y que conviene deshacer con claridad: el de la revolución iraní como un fenómeno asimilable al feminismo europeo. La revolución del León y el Sol no es de corte feminista en el sentido que ese término tiene en Europa. No hay que confundir. Las mujeres iraníes que luchan en las calles de Teherán no luchan contra los hombres iraníes: luchan junto a ellos, hombro con hombro, contra el régimen que oprime a todos. El feminismo iraní no es una guerra de sexos: es una lucha por la libertad en el sentido más elemental de la palabra, el derecho a vivir sin que una teocracia dicte cada aspecto de la existencia humana. El feminismo europeo, capturado por la izquierda continental, responde a categorías y batallas que no tienen nada que ver con lo que ocurre en Irán. No hay que mezclar realidades incompatibles. Hacerlo no es solidaridad: es otra forma de no entender, y por tanto otra forma de iranofobia.
La iranofobia no es aún una categoría consolidada en el debate público occidental. Pero ya aparece, sin nombrarse, en el lenguaje de los medios, en la frialdad de los gobiernos, en los ataques a las concentraciones iraníes, en la crítica a quien porta nuestra bandera junto a la de Israel. Está creciendo, acumulando fuerza suficiente para normalizarse, y cuando lo haya hecho del todo será demasiado tarde para preguntarse cuándo empezó. La historia tiene una memoria larga y cruel. Nos ha enseñado que los odios que no se nombran a tiempo se vuelven monstruosos. Los israelíes lo saben mejor que nadie. Y los iraníes lo estamos aprendiendo.
Por eso, mientras aún estamos a tiempo de nombrar lo que viene, yo lo nombro sin vacilación: iranofobia. Y frente a ella, ondeo con orgullo la bandera del León y el Sol junto a la bandera de la Estrella de David. Porque entre esos dos pueblos hay una conversación pendiente, una hermandad real que ningún régimen, ningún silencio mediático y ninguna ideología podrá callar para siempre. Y esa hermandad, precisamente porque los enemigos de ambos la temen tanto, es la prueba más elocuente de que vamos por el camino correcto.