Europa nos aísla, por culpa de Sánchez y sus intenciones electorales

Que nadie se lleve a equívoco. La reacción de países como Italia, Alemania o Finlandia, que anuncian que endurecerán o cerrarán sus fronteras a quienes procedan de España, o la decisión de Francia de reforzar los controles fronterizos ante el incumplimiento de los acuerdos de Schengen, ya no son un simple aviso al Estado español y a Pedro Sánchez por su política de puertas abiertas y sus regularizaciones masivas con un evidente trasfondo electoral. Son, sencillamente, la constatación de que España avanza por un camino completamente distinto al del resto de Europa.

Fronteras cerradas

La barbaridad que estamos viendo en Ceuta y, ahora, también en Melilla, no es aceptable para un Estado serio ni para una Unión Europea que reclama orden, seguridad y control de sus fronteras. Mientras la mayoría de gobiernos europeos endurecen sus políticas migratorias ante la presión social y el aumento de la inmigración irregular, el Ejecutivo español continúa enviando el mensaje de que aquí todo vale y de que siempre habrá una nueva oportunidad para regularizar a quienes entren de forma ilegal.

Las consecuencias ya no las paga únicamente el Gobierno. Las pagamos todos los españoles. Que otros países vuelvan a levantar controles a quienes llegan desde España supone un deterioro de nuestra imagen internacional y una pérdida de confianza en la capacidad del Estado para cumplir con sus obligaciones como frontera sur de Europa. Cuando nuestros socios consideran que España ha dejado de ser un filtro fiable, el problema deja de ser político y pasa a afectar directamente a la libre circulación de los ciudadanos.

Que el Rey alauita juegue al ajedrez con España y las fronteras africanas de nuestro país sólo es la constatación de la falta de respeto que nos tiene y una mofa a cualquier reacción (débil y timorata) del Gobierno de Sánchez ante sus reales movimientos. Sin entrar en el sustrato de la Marcha Verde del 1975 donde el rey padre Hassan II midió la fuerza española mientras el caudillo agonizaba en la cama. A partir de entonces el Sáhara, de facto, dejó de ser español y los alauitas aprovecharon nuestra endeblez para poner su zarpa en un Sáhara al que le prometimos libertad y autonomía y Sánchez le regaló autocracia marroquí.

Volviendo a la invasión de Ceuta, Pedro Sánchez debería reflexionar pues, cuando la inmensa mayoría de nuestros socios europeos camina en una dirección, España insiste en avanzar en sentido opuesto. Conviene, por tanto, preguntarse quién está realmente equivocado. La política migratoria no puede diseñarse pensando en unos cuantos votos más, sino en garantizar la seguridad, el cumplimiento de la ley y la confianza de nuestros socios europeos. Si esa confianza se pierde, el aislamiento internacional deja de ser una amenaza para convertirse en una realidad. Cambiar el socio europeo por el magrebí parece muy mal negocio.

En cualquier caso, el objetivo del presidente español que podría ser, inicialmente, desviar la atención que la opinión pública tiene hacia sus familiares y compañeros de partido debido a las más de 100 causas judiciales abiertas contra ellos por prevaricación, malversación y corruptelas diversas (obviamente presuntas las no juzgadas aún), han sido truncadas por las manipulaciones del reino alauita y una invasión que ha puesto los pelos de punta a toda la Europa comunitaria (de izquierda, derecha o centro) y al mundo civilizado en general, y ha puesto a España, una vez más, en el Centro de la diana de la desconfianza por la falta de un gobierno coherente y de carácter europeo. Ya nadie se fía de España por culpa de un presidente y un gobierno que generan desconfianza continuamente.