Cultura del esfuerzo versus cultura del subsidio

¿A quién no le gustan los regalos? Imagino que a todo el mundo, ¿no? En el ámbito personal, cuando llega un día especial, es normal que te haga ilusión que alguien piense en ti y te dedique un instante o te haga un presente. Eso forma parte de la alegría de la vida y te da fuerzas para continuar la lucha del día a día. Como la vida no es sencilla, esos momentos de reconocimiento gratuito te cargan de energía para seguir adelante.

ponérselo fácil no ayuda a la mejora de la educación
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A menudo, este reconocimiento es proporcional al esfuerzo dedicado durante tu vida diaria hacia los demás, ya sea tu familia, tus amistades, los compañeros de trabajo... Evidentemente, nunca lo haces pensando en el supuesto y futuro premio, pero este es, en cierto modo, una justa y merecida recompensa a tu dedicación y afecto por quienes te rodean.

La cultura del esfuerzo que aprendimos de las generaciones precedentes y que tanto nos inculcaban ha perdido, en los tiempos actuales, su impulso y aceptación por parte de los jóvenes y de la sociedad woke en la que estamos inmersos.

Si invertimos los términos, si el premio llega sin esfuerzo, si la gratificación es excesiva y no supone para quien la recibe ningún trabajo, entonces estamos pervirtiendo el sistema de valores y acomodando a las personas beneficiarias a una existencia regalada y fraudulenta, a costa de los demás.

Dejemos de lado los casos extraordinarios de verdadera necesidad y vulnerabilidad que sí requieren la solidaridad de todos y, por tanto, de las ayudas de un Estado. Pero la obligación de las administraciones es recomponer su capacidad de producir y de ganarse un futuro. Es aquello del dicho: “Para sacar a alguien de la pobreza, no le regales el pez. Enséñale a pescar y, en todo caso, regálale la caña”.

Sé que me diréis que en los tiempos que corren y con las políticas de nuestro Gobierno que nos abocan a un empobrecimiento acelerado, esta vulnerabilidad ha crecido exponencialmente, especialmente entre los jóvenes. Cierto. Pero la política y el dinero público no deberían destinarse a regalar bonos culturales (para pagar conciertos o videojuegos) u otras paguitas similares, sino a un plan integral de formación e integración laboral con el que la juventud pudiera independizarse y salir adelante por sí misma, sin tener que marcharse al extranjero.

Cuando se instaura en una sociedad la cultura del subsidio, cuando a cada uno le cae en las manos una paga sin nada a cambio, cuando es más productivo vivir de la prestación social que del propio trabajo, la sociedad se empobrece y se desequilibra. Se crea, en nombre de la igualdad, una especie de injusticia social que castiga al productivo y favorece al vago. Fustiga al leal y premia al pícaro.

Empecemos por la educación. Volvamos a la Educación con mayúsculas. Al conocimiento, a la creatividad, al esfuerzo. Que se facilite la formación e integración laboral para quien no quiere o no puede continuar estudiando, desarrollando sus capacidades. Que el estudio de calidad tenga su recompensa. Que el esfuerzo dedicado tenga su premio, con mejores perspectivas de trabajo o de ascenso socioeconómico.

Si continuamos con la consigna del aprobado general, manteniendo a los jóvenes “aparcados” en los centros educativos; si seguimos con el “buenismo” afirmando que todo el mundo avanza “a su manera” y se siguen rebajando niveles, pasando de curso sin exigencia, convirtiendo las escuelas en parques de atracciones... acabará operándonos de apendicitis un médico que no sepa encontrarla y necesite que la IA le oriente para extraerla. O acabaremos comiendo productos sintéticos, porque nadie querrá trabajar en las duras condiciones del campo.

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