He tenido la suerte de crecer rodeado de mujeres que han sido o continúan siendo faro, brújula y empuje. Mujeres que no lo han tenido fácil, que han trabajado muchísimo, que han cuidado de los suyos sin perder la sonrisa, que han sostenido más de lo que les correspondía y aun así han seguido adelante con una fuerza que a veces ni ellas mismas reconocen.
Pienso en mi abuela Meche, en mi tía Charo, en mi madre. Tres nombres que para cualquiera pueden ser solo eso, nombres. Para mí son historia, ejemplo y raíz. Son la demostración de que la igualdad no se predica: se vive, se trabaja y se construye.
Hoy estoy casado con una mujer trabajadora, justa, coherente. Una mujer que no necesita grandes discursos porque su forma de estar en el mundo ya es un mensaje. Y tengo tres hijas preciosas que, sin saberlo, desprenden un sentimiento guerrero: por ser, por estar, por hacerse un hueco en un mundo que todavía tiene mucho que mejorar.
La igualdad es un camino largo, a veces inalcanzable, lleno de sonrisas y lágrimas. No hay igualdad más justa que la que nace de pensar en ser persona antes que ser hombre o mujer. Hemos avanzado, sí, pero aún queda recorrido.
En las escuelas, queda recorrido.
En los centros de trabajo, queda recorrido.
En la calle, queda recorrido.
En la vida, queda recorrido.
Y aun así, seguimos caminando.
Si tuviera que compartir un único ingrediente (mi humilde consejo) sería este: tratar a las personas como personas. Sin etiquetas, sin prejuicios, sin casillas. Mirarlas por su sonrisa, por su “hola, buenos días”, por su historia, por su mirada, por su capacidad de escuchar, por su empatía, por sus gestos. Creo de verdad que ese pequeño ingrediente podría hacer un mundo más justo, más amable, más humano.