Cataluña sin centro político: el vacío que nadie ocupa

Durante décadas, Cataluña fue presentada como un laboratorio político singular: pactista, pragmática, transversal. Un territorio donde el centro político —más que una ideología— era una cultura. Hoy, sin embargo, ese espacio parece evaporado. Y la pregunta ya no es quién lo lidera, sino si todavía existe.

El Centro en Cataluña sigue esperando que ocupen su silla
photo_camera El Centro en Cataluña sigue esperando que ocupen su silla

La desaparición de Ciudadanos como fuerza relevante en el Parlament no ha sido solo el ocaso de una marca. Ha sido el colapso del último intento estructurado de articular un constitucionalismo no nacionalista con ambición transversal. Con todos sus errores estratégicos —que fueron muchos—, ocupaba un espacio reconocible para miles de catalanes que no se sentían cómodos ni en el independentismo ni en el tradicional eje derecha-izquierda español.

Ese espacio, hoy, está huérfano.

El PP: presente, pero sin arraigo suficiente

El Partido Popular ha intentado reconstruir su presencia en Cataluña. Con nuevos liderazgos, tono más moderado y una voluntad evidente de recuperar terreno institucional. Pero el problema del PP en Catalunya no es solo electoral; es cultural.

Arrastra una memoria colectiva asociada a etapas de confrontación dura —especialmente durante el procés— que le dificulta penetrar en sectores urbanos, clases medias y votantes jóvenes. Aunque crezca algunos puntos, su techo sigue siendo bajo en comparación con otras comunidades autónomas. No logra convertirse en el eje vertebrador del centro-derecha catalán, y menos aún del centro amplio.

En términos prácticos: puede sumar, pero difícilmente puede liderar.

Un PSC cada vez más escorado

Por su parte, el Partit dels Socialistes de Catalunya ocupa formalmente el espacio central del tablero institucional. Pero gobernar en minoría tiene un precio. Y ese precio se llama dependencia parlamentaria.

Los acuerdos constantes con Esquerra Republicana de Catalunya y Catalunya en Comú condicionan la agenda política, presupuestaria y simbólica. Cada votación clave empuja al PSC a asumir planteamientos que, en otro contexto, no formarían parte de su núcleo programático clásico.

No se trata solo de políticas sociales —donde el PSC siempre ha sido progresista— sino de cesiones en materia identitaria, lingüística o competencial que refuerzan el eje soberanista o la lógica de bloques.

La consecuencia es clara: el PSC gobierna desde el centro institucional, pero cada día más escorado hacia posiciones que consolidan una mayoría parlamentaria de izquierdas y nacionalista.

El eje que lo devora todo

Cataluña sigue atrapada en un doble eje: izquierda-derecha e independentismo-constitucionalismo. El problema es que ambos ejes ya no se cruzan para generar espacios intermedios; se superponen y se radicalizan.

  • El independentismo ha perdido fuerza electoral, pero mantiene capacidad de presión.
  • El constitucionalismo está fragmentado y sin liderazgo claro.
  • La derecha no logra normalizarse.
  • La izquierda gobierna condicionada.

En ese contexto, el votante de centro —moderado en lo identitario, reformista en lo económico, pragmático en lo institucional— no encuentra una oferta clara.

Y cuando el centro no tiene representación, el debate se polariza.

¿Vacío estructural o transición?

Hay dos hipótesis posibles.

  1. El vacío es coyuntural: una fase de transición tras el agotamiento del procés y la reconfiguración del sistema de partidos.
  2. El vacío es estructural: el centro político catalán ha sido absorbido por la lógica de bloques y difícilmente volverá a tener autonomía propia.

Si es lo segundo, Cataluña camina hacia una política permanentemente tensionada entre polos, donde las mayorías dependerán siempre de pactos forzados y equilibrios inestables.

Si es lo primero, estamos ante el momento propicio para que surja una nueva oferta política que combine:

  • defensa de la legalidad constitucional sin confrontación,
  • identidad catalana sin ruptura,
  • políticas económicas reformistas sin dogmatismos,
  • y una agenda social desligada del marco soberanista.

Hoy, esa opción no existe con fuerza suficiente.

El riesgo democrático

La ausencia de centro no es solo un problema aritmético. Es un problema cultural.

Las sociedades con un centro político fuerte tienden a generar consensos amplios, estabilidad institucional y reformas graduales. Las que carecen de él se mueven entre bloques, vetos cruzados y gobiernos condicionados.

Cataluña, históricamente pactista, parece hoy más prisionera de la suma parlamentaria que de la síntesis política.

La cuestión de fondo es incómoda: ¿Existe todavía una mayoría social de centro en Cataluña que no está representada? ¿O el propio electorado ha asumido definitivamente la lógica de bloques?

Mientras nadie ocupe ese espacio con credibilidad, el tablero seguirá descompensado.

Y una Cataluña sin centro político no es solo una anomalía electoral. Es un síntoma de una transformación más profunda: la dificultad creciente de reconciliar identidad, gobernabilidad y pluralismo en un mismo proyecto compartido.

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