Su esposa. Su hermano. Miembros de su partido. Escándalos encadenados. Opacidad constante. Y, aun así, Sánchez continúa aferrado al poder con una mezcla de narcisismo político y resistencia táctica que ya no responde a un proyecto de país, sino únicamente a su propia supervivencia.
España lleva años atrapada en una parálisis asfixiante. No hay reformas profundas. No existe una visión nacional reconocible. No hay iniciativa política más allá del cálculo electoral, del relato diario y de la ocupación del poder como fin en sí mismo. Gobernar ha dejado de ser transformar para convertirse en resistir.
Mientras tanto, el presidente actúa en el extranjero como si representara a una nación fuerte y cohesionada, cuando la realidad interna es la de un país agotado, fracturado y cada vez más descreído de sus instituciones. El problema ya no es solo jurídico o político; es moral. Porque la dignidad de un cargo también se mide por la capacidad de entender cuándo uno deja de representar a la ciudadanía para empezar únicamente a representarse a sí mismo.
Y ahí reside la verdadera vergüenza: no en las fotografías oficiales ni en los viajes internacionales, sino en la absoluta desconexión entre el poder y la realidad de los españoles.