En cualquier caso, la victoria y el resultado fue agridulce: por un lado, gran felicidad por alcanzar, de nuevo, plaza directa europea pero, por otro, tristeza porque se perdió la segunda plaza del campeonato liguero, que acabó en manos del Logroño. En el Palau muchos estuvieron recordando derrotas inesperadas como las sufridas en Aranda hace un mes o, anteriormente, en la primera vuelta, ante el mismo rival de hoy, el Ciudad Real, o contra el Valladolid en pucela o la muy dolorosa en casa ante el recién ascendido Alicante el noviembre pasado.
En cualquier caso y sabiendo que nada se podía enmendar ayer, y con el marcador como mera anécdota, la atención se centró en los protagonistas que se despedían de una etapa importante de sus vidas deportivas.
La imagen más simbólica de la tarde fue la de Antonio García. El segundo técnico granollerense, que durante años ha sido una de las figuras fundamentales del crecimiento deportivo de la entidad y que se retiró de las canchas a final de la pasada temporada, cerró su etapa en el club entre aplausos y muestras de cariño. García deja atrás una trayectoria que ha llevado al Granollers a consolidarse como la segunda gran referencia del balonmano español, compitiendo regularmente en Europa y manteniendo al equipo en la élite.
También vivió una despedida especial el capitán Sergi Franco. El jugador formado en la cantera granollerense dijo adiós a la afición que le ha visto crecer desde las categorías inferiores hasta convertirse en uno de los referentes del primer equipo. Su compromiso, liderazgo y sentimiento de pertenencia al club han sido una constante durante toda su trayectoria.
La tarde también sirvió para homenajear a otros jugadores que emprenderán nuevos caminos lejos del Palau. Cada uno recibió el reconocimiento de una grada que entiende mejor que nadie que el BM Granollers es, ante todo, una fábrica de talento y una escuela de valores donde las despedidas forman parte natural del éxito.
En el lado visitante, el Caserío Ciudad Real también tuvo motivos para sonreír. El conjunto manchego ha protagonizado una de las historias más bonitas de la temporada. Recién ascendido, ha competido con personalidad y sin complejos para terminar el curso lejos de cualquier preocupación por el descenso. Un proyecto humilde que ha demostrado que el trabajo bien hecho sigue teniendo recompensa en la máxima categoría.
La temporada baja el telón, pero el mensaje que deja este equipo es claro: el Granollers seguirá estando donde le corresponde, entre los grandes del balonmano español y europeo. Y lo hará, como siempre, fiel a sí mismo. Porque en el Palau cambian los nombres, pero nunca la esencia.