No es que todos quieran apartar a Junts de la política catalana y española. Es que Junts lleva años apartándose voluntariamente del espacio político que un día ocupó. Un espacio amplio, central, catalanista, pragmático y decisivo que convirtió a Convergència y a Jordi Pujol en una fuerza determinante tanto en Cataluña como en Madrid.
El gran problema de Junts no es la persecución de sus adversarios. El gran problema de Junts es que hace mucho tiempo que dejó de defender los intereses generales de Cataluña para concentrarse, casi exclusivamente, en una causa: la situación personal y política de Carles Puigdemont y de los dirigentes fugados tras el procés.
Desde 2017, buena parte de la energía política del partido ha girado alrededor de una única obsesión. La amnistía, el retorno de Puigdemont y las negociaciones con el Estado vinculadas al procés y la supervivencia política de quienes dirigieron aquel desafío institucional. Mientras tanto, Cataluña seguía teniendo los mismos problemas de siempre: vivienda, infraestructuras, sanidad, educación, competitividad económica o seguridad ciudadana.
Miles de catalanes se sintieron decepcionados. Los que apoyaron el procés porque creían que conduciría a una independencia efectiva. Y también los que se opusieron a él pero esperaban que, una vez terminado el choque político, sus dirigentes asumieran responsabilidades y reconstruyeran puentes. Ninguna de las dos cosas ocurrió.
La figura de Carles Puigdemont, que durante años fue presentada como un activo electoral imprescindible, se ha convertido progresivamente en un lastre para la propia formación. Cada decisión estratégica parece condicionada por su situación personal. Cada debate político acaba girando alrededor de su figura. Cada negociación termina vinculada a su futuro.
Y mientras Junts mira constantemente hacia Waterloo, el mapa político catalán sigue moviéndose. Por un lado, Aliança Catalana ha ocupado el espacio de quienes consideran que Junts se quedó a medio camino y que el independentismo debe ser más contundente, más identitario y menos ambiguo. Por otro, Esquerra Republicana continúa disputándole parte del electorado soberanista tradicional.
Pero quizá el golpe más duro llega desde el PSC. Salvador Illa ha comprendido que existe una enorme bolsa de votantes moderados, catalanistas, municipalistas y de sensibilidad centrista que durante décadas encontraron acomodo en el espacio convergente. Muchos de ellos ya no se sienten representados por una formación que ha convertido la política catalana en una extensión permanente del procés.
El resultado es evidente: Junts pierde espacio por ambos lados. Por la derecha independentista más dura y por el centro catalanista moderado. Y cuando un partido pierde terreno, simultáneamente, en ambas direcciones suele ser porque ha dejado vacío el lugar que ocupaba.
Por eso quizá la pregunta no debería ser quién quiere apartar a Junts. La pregunta es cuándo Junts decidió abandonar el proyecto político que convirtió a Convergència en la fuerza hegemónica de Cataluña durante más de dos décadas. Porque la obviedad cada vez más extendida es que no han sido los adversarios quienes han matado la gallina de los huevos de oro. Han sido ellos mismos.