Empecemos por lo más elemental. Que «todo el mundo odie a Israel» no es un diagnóstico político: es el reflejo de una opinión pública que lleva décadas secuestrada por una narrativa construida con paciencia, financiada con petrodólares y amplificada por una izquierda cultural que ha convertido la causa palestina en el fetiche ideológico de nuestra época. Que el mundo odie a Israel no significa que Israel se equivoque; significa que el relato del mundo está torcido. Confundir la popularidad con la justicia es el error más viejo de la política, y usted, que tantas veces ha presumido de nadar a contracorriente, debería saberlo mejor que nadie.
“La guerra de Israel no es contra el islam, ni contra los árabes, ni contra Persia. Es contra los ayatolás”
Porque la guerra de Israel no es contra el islam, ni contra los árabes, ni contra Persia. Es contra los ayatolás: contra un régimen que arma a Hezbolá, financia a los hutíes y ha jurado la destrucción de un Estado entero desde el púlpito de cada Asamblea General de la ONU desde 1979. Netanyahu no escogió ese enemigo; lo identificó con lucidez cuando media Europa firmaba acuerdos comerciales con Teherán y los gabinetes de Washington predicaban el diálogo con Hezbolá. Y lo ha combatido sin pedir permiso al aplauso internacional. Eso que usted llama estar «loco», señor Presidente, otros lo llamamos sencillamente estar del lado correcto de la historia.
Pero permítame, antes de seguir, recordarle quién es ese país al que el mundo ha decidido aborrecer. En julio de 1976, un comando israelí voló miles de kilómetros, hasta el corazón de la Uganda de Idi Amin, para rescatar a más de cien rehenes secuestrados por terroristas. La operación duró menos de una hora y fue casi perfecta. El único soldado israelí que cayó allí, abatido mientras cubría la salida de los rehenes, se llamaba Yonatan Netanyahu. Sí: el hermano mayor del hombre al que usted acaba de gritar por teléfono. Mientras las cancillerías deliberaban, Israel iba a buscar a los suyos al otro extremo de un continente y dejaba en aquella pista a su mejor soldado.
“Ningún otro país del mundo ha vaciado el cielo de aviones para ir a salvar a los suyos del otro lado del planeta”
No fue un gesto aislado; fue una doctrina. En 1984, y de nuevo en 1991, Israel rescató a un pueblo entero. En la última de aquellas operaciones, catorce mil judíos etíopes fueron arrancados del hambre y de la guerra civil y llevados a casa en apenas treinta y seis horas; en uno solo de aquellos aviones se apretujaron más de mil almas en una única travesía, un aparato concebido para muchos menos. No había petróleo que ganar ni territorio que conquistar: eran familia, y con eso bastaba. Ningún otro país del mundo ha vaciado el cielo de aviones para ir a salvar a los suyos del otro lado del planeta.
Y cuando en 1981 los cazas israelíes redujeron a escombros el reactor nuclear de Sadam Husein, y cuando en 2007 hicieron lo mismo con el de Bashar al Asad, el mundo entero los condenó. Hoy, que conocemos de lo que fueron capaces aquellos dos carniceros, deberíamos preguntarnos con un escalofrío qué habría sido del planeta si Israel hubiera escuchado a sus críticos. Israel fue condenado por impedir la catástrofe. Y esa es, exactamente, la misma lógica que se le pide a usted que abrace cuando le exigen «moderación» frente a los ayatolás: que espere, que dialogue, que confíe. Que mire hacia otro lado.
“Una ley antiquísima de su pueblo enseña que quien salva una sola vida salva un mundo entero”
Pero hay algo que la izquierda internacional no le perdonará jamás a Israel, porque le derrumba de un golpe el cuento del villano: que Israel salva incluso a quienes no son los suyos, e incluso a sus enemigos. Cuando el terremoto arrasó Haití en 2010, su hospital de campaña fue de los primeros del mundo en llegar: mil cien pacientes atendidos, más de trescientas operaciones, dieciséis niños nacidos bajo sus tiendas; algunas madres haitianas, agradecidas, llamaron Israel a sus hijos. Lo mismo en Nepal, en Turquía, en la Ruanda del genocidio. Cuando el huracán Katrina anegó las costas de su propio país, señor Presidente, Israel envió ochenta toneladas de ayuda a los Estados Unidos. La Organización Mundial de la Salud llegó a reconocer aquel hospital de campaña israelí como el primero y mejor del mundo en su categoría. Y por encima de todo: durante la guerra de Siria, Israel curó gratuitamente en sus propios hospitales a miles de sirios heridos, ciudadanos de un país técnicamente en guerra con él, porque una ley antiquísima de su pueblo enseña que quien salva una sola vida salva un mundo entero. Ese es el monstruo que tantos han resuelto odiar. Y no a pesar de todo esto, señor Presidente, sino en buena medida por ello: porque reconocerlo obligaría a derribar la caricatura.
Permítame ahora decirle algo sobre el islamismo radical que quizá sus asesores le hayan suavizado para no incomodarle. El radicalismo islámico no negocia de buena fe. No modera sus fines bajo presión diplomática. No interpreta los gestos de conciliación como oportunidades de paz, sino como olor a debilidad. Lo sé de primera mano: vengo de una cultura que lo padeció en carne propia cuando los ayatolás dieron un golpe de Estado en 1979 y convirtieron un país entero en una prisión teológica. No es una metáfora; es historia reciente. Y es la misma historia que se repite en el Líbano, en Gaza, en Yemen, en cada rincón donde el brazo armado de Teherán logra extenderse.
“Los ayatolás no son Persia. Son sus ocupantes”
Pero los ayatolás no son Persia. Son sus ocupantes. La nación que dio al mundo a Ciro el Grande (el primer rey que proclamó la libertad de los pueblos veinticinco siglos antes de que existieran las declaraciones de derechos humanos) fue secuestrada por aquel golpe teocrático que se disfrazó de revolución para imponer una mordaza. El velo no es persa. La lapidación no es persa. El ahorcamiento de muchachos colgados de las grúas en las plazas no es persa. Es la marca de unos clérigos que conquistaron una civilización milenaria y la gobiernan, todavía hoy, como territorio ocupado.
Pregúnteselo a quienes salen a las calles de Teherán gritando «Javid Shah», viva el rey, jugándose la vida por recuperar el país que les robaron; o a las mujeres que se arrancan el velo a sabiendas de que la respuesta puede ser una bala. Ese pueblo no odia a Israel: muchos ven en cada golpe asestado a los ayatolás un golpe asestado a su propio carcelero. Por eso la guerra de Israel contra el régimen de Teherán no es una guerra contra los persas; es la misma guerra que ellos libran cada día y que no pueden ganar solos. Usted mismo, señor Presidente, eliminó a Soleimani, el verdugo que ensangrentó por igual a israelíes y a manifestantes iraníes. Aquel día, acaso sin saberlo, estuvo del lado del pueblo persa. Hoy, con esta llamada, se ha puesto del otro.
Porque Israel, le guste o no al mundo, es un dique. Un dique que contiene a fuerzas que, si llegaran a cruzar el Mediterráneo en número suficiente, transformarían el mundo libre en algo que ya conocemos demasiado bien. Cuando ese dique cede bajo la presión combinada de la opinión pública y la impaciencia de los aliados, las consecuencias no se quedan en Oriente Medio. Lo aprendimos el 7 de octubre de 2023. Lo aprendimos en Madrid, en Londres, en París, en Berlín. Quien no lo ha vivido puede permitirse el lujo de la distancia moral; quien lo ha vivido, no.
“Cada acuerdo que Occidente firmó con la República Islámica fue papel mojado antes de que se secara la tinta”
Y por eso esta llamada no es solo un error diplomático: es una disonancia. Porque usted, señor Presidente, fue capaz de lo que sus predecesores no se atrevieron: reconoció Jerusalén como capital de Israel, abatió a Soleimani, impulsó los Acuerdos de Abraham. Nadie en el mundo conservador olvida ese historial. Por eso resulta tan doloroso oírle hablar como hablan los manifestantes pro-Hamás que toman las universidades americanas, los adalides de la flotilla, los que en Europa aplauden cada vez que alguien menciona un embargo contra Israel. Es decir: como habla Pedro Sánchez. Esa no es su voz, señor Presidente. Es la voz que usted mismo combatió durante años.
Conviene recordar, además, una lección que la historia no se cansa de repetir: cuantos coquetearon con los dictadores de Teherán creyendo que podrían domesticarlos cosecharon, invariablemente, vergüenza y traición. Cada acuerdo que Occidente firmó con la República Islámica fue papel mojado antes de que se secara la tinta. Cada concesión fue leída por el régimen como una victoria propia y una debilidad ajena. Usted conoce ese patrón; lo denunció durante años, y con razón. No permita que una llamada tensa, y la presión de una opinión pública amasada por los enemigos de la libertad, le aparten del camino que tan bien conocía.
No se deje arrastrar por ese ruido, señor Presidente. Cuando le da la espalda a Netanyahu, no se la da solo a un primer ministro: se la da al país que voló hasta Entebbe a buscar a sus rehenes y dejó allí a un hermano; al que rescató del hambre a un pueblo entero en una sola noche; al que cura, todavía hoy, hasta a sus propios enemigos. Se la da, en definitiva, a los persas que mueren por su libertad. Vuelva al lado de quienes defienden la civilización frente a quienes la quieren ver arder. Ese no es el camino y todavía está a tiempo.