La imagen que marcó una democracia incipiente
La figura de Tejero quedará grabada para siempre en la memoria colectiva de los españoles por la célebre escena del 23 de febrero de 1981, cuando con el tricornio en la cabeza y una pistola en la mano irrumpió en el Congreso de los Diputados durante la votación para investir al nuevo presidente del Gobierno, ordenando a gritos: “¡Quieto todo el mundo!”.
Ese momento, captado en fotografías y emisiones televisivas, se convirtió en un icono de tensión y fragilidad: la joven democracia española —fruto de la Transición tras la dictadura franquista— se vio expuesta de manera brutal a la posibilidad de ser destripada por la fuerza militar. La imagen de Tejero con su arma “fotografió” ese instante de vértigo: un régimen democrático aún endeble frente a las sombras del pasado autoritario.
Un golpe fallido y una democracia reforzada
El asalto al hemiciclo fue solo la parte más dramática de la intentona golpista. Paralelamente, otros mandos militares, como el general Jaime Milans del Bosch, proclamaron el estado de excepción en Valencia y sacaron tanques a la calle.
Sin embargo, la falta de apoyo dentro de las Fuerzas Armadas —sumada a la firme oposición pública del entonces rey Juan Carlos I a la sublevación— selló el fracaso del golpe. En un discurso televisado en la madrugada, el monarca, como jefe del Estado y de las Fuerzas Armadas, pidió el respeto a la Constitución y ordenó el regreso de las tropas a sus cuarteles, contribuyendo decisivamente a la derrota de la insurrección.
El fallido golpe no solo terminó con los rebeldes rendidos, sino que reforzó el proceso democrático español, evidenciando que la represión de la voluntad popular —aunque pudiera intentarse— no contaba con los apoyos necesarios para imponerse.
Anteriormente ya había sido condenado por conspiración tras otra intentona golpista que no llegó a cuajar denominada “Operación Galaxia” en 1978, a sietes y un día de arresto militar. Condena de alrededor de 7 meses que se hizo efectiva entre finales de 1978 y mediados de 1979.
Vida después de la cárcel
Tras la intentona del 23-F, Tejero fue condenado a treinta años de prisión por rebelión militar, aunque únicamente cumplió 15 años y nueve meses antes de quedar en libertad condicional en 1996.
Una vez fuera de la cárcel, mantuvo posiciones ideológicas duras y conservadoras, participando en actos políticos y llegando incluso a denunciar a dirigentes públicos. Fue para algunos un héroe de la derecha más reaccionaria, para otros un punto oscuro de la historia española.
Cataluña fue destino principal en tres etapas distintas de su vida
Curiosamente, Cataluña ha sido destino especial para Antonio Tejero Molina. De hecho, tras graduarse en la Academia Militar de Zaragoza como teniente, su primero destino fue el acuartelamiento de Manresa (Bages), donde ejerció desde diciembre de 1955 durante unos tres años. En Manresa, según fuentes biográficas, participó en labores propias de la Guardia Civil de la época que incluían la represión de los últimos focos de maquis (guerrilleros antifranquistas) en Cataluña, todavía presentes en la posguerra.
Su segundo punto de conexión con Cataluña se originó tras la Operación Galaxia (1978), preludio de la intentona de golpe de Estado de 1981 . El entonces teniente coronel Antonio Tejero Molina fue condenado por conspiración para la rebelión militar. La sentencia fue de siete meses y un día de arresto mayor, pena que cumplió íntegramente en la prisión militar del Castell de Sant Ferran, en Figueres (Girona).
La tercera ocasión que habitó en Cataluña como militar, también como teniente coronel, repitió destino: la prisión militar de Figueres, donde por espacio de alrededor de dos años permaneció allí, compaginando la sentencia de 30 años (15 años y 9 meses en realidad) con el Castillo de la Palma (Cartagena) y la prisión militar de Alcalá de Henares (Madrid).