Este 2026 amaneció con una buena noticia: el fin del dictador de Venezuela, Nicolás Maduro, extraído de su palacio presidencial en Caracas en una operación relámpago de los Delta Force estadounidenses. Pero lo que pareció inicialmente el principio del fin del régimen chavista no ha sido, posiblemente, más que el fin de su principal cabeza visible, dado que Venezuela sigue hoy presidida por la que fuera vicepresidenta de Maduro, Delcy Rodríguez, su Asamblea Nacional con el hermano de la anterior, Jorge Rodríguez, al frente, y con las dos columnas principales del movimiento bolivariano, Diosdado Cabello y Vladimir Padrino, dirigiendo la política interior y la de defensa, respectivamente, lo que supone el control de policía y ejército, además del de los “colectivos”, la temida fuerza paramilitar chavista encargada de controlar las calles y amedrentar a la población en general y a los sectores opositores al Gobierno en particular.
La situación, por tanto, lejos de ser el fin de un régimen dictatorial, parece más encaminada a la de procurar un acomodamiento del mismo a las órdenes de Washington, o realmente de un Donald Trump a quien no le ha sido siquiera necesario justificar la operación militar con argumentos tan peregrinos como la recuperación de los derechos y libertades civiles de los venezolanos. De hecho, ha sido absolutamente explícito en sus motivaciones: se trata de recuperar el petróleo, la industria e infraestructura petrolífera creada desde la década de los años veinte del pasado siglo por compañías estadounidenses en el país caribeño.
La democracia, por tanto, el regreso de las libertades a Venezuela, no es el objetivo de Trump. No al menos el primer objetivo. Si acaso, será una consecuencia del protectorado que pretende que Estados Unidos ejerza sobre ese país para explotar sus reservas petrolíferas, y solo si los venezolanos se muestran dóciles y obedientes a los mandatos del hermano mayor americano en que Trump pretende convertirse. Que el Presidente de los Estados Unidos se haya reunido ya oficialmente con las principales empresas llamadas a operar en Venezuela, entre ellas la española Repsol, representada en la Casa Blanca por Josu Jon Imaz, consejero delegado de la sociedad, antes que con Edmundo González o María Corina Machado, para hablar de inversiones antes que de derechos, confirma el interés crematístico de la Administración norteamericana en Venezuela, prioritario a cualquier recuperación de libertades para los venezolanos, algo que se deja apartado a un todavía no explicitado plan de transición en fases que el propio Trump ya ha anunciado que podría durar años.
Que no quepa duda, por tanto, de que la noticia de la caída de Maduro es una buena noticia, porque pone fin al recorrido de quien, posiblemente fuera la cabeza visible del chavismo venezolano, aunque quizá también la menos preparada y capaz para dirigir un movimiento político y un país entero. Quienes quedan a los mandos hoy en Venezuela son quienes han estado moviendo los hilos bajo la mesa de Maduro de manera más que evidente. Y seguirán haciéndolo de manera interesada, parece, bajo la mesa de Trump como y cuando Trump diga. Y Trump ya ha demostrado que el pueblo venezolano y sus libertades democráticas es, hoy, la menor de sus preocupaciones.
La vulneración de cualquier regla jurídica, nacional o internacional, si ello resulta necesario para lograr sus fines y deseos, es el medio por el que quien hoy gobierna el país más poderoso del mundo, y basta remitirse a los acontecimientos recientes, hará su santa voluntad. Y por eso Ucrania está condenada a pelear sola o rendirse ante la amenaza rusa si Trump y Putin siguen compadreando. Como Taiwán soportará la anexión a China si Trump decide mirar hacia otro lado. De la misma manera que los palestinos en Gaza desaparecerán salvo que se reconviertan en camareros del gran resort que Trump ha ideado levantar en sus tierras.
Pero no solo eso…
Groenlandia será lo que Trump quiera, por las buenas o por las malas, como él mismo ya ha anunciado. La OTAN dejará de tener sentido como organización internacional de defensa militar si Trump así lo decide y se empeña en amenazar con su fuerza militar a países integrados en la misma a los que ya ha despreciado públicamente. Las bases militares estadounidenses en medio mundo, instaladas en países amigos y aliados -en España Rota y Morón de la Frontera- pasarán a ser avanzadillas de presencia militar invasiva más que ubicaciones de colaboración y coordinación de defensa global. Y más cosas que veremos…
Sí podremos, al menos, garantizarnos una cierta benevolencia del amigo americano si se anuncia ya en este 2026 que le daremos el Nobel de la Paz a Donald Trump, como Machado, la galardonada en 2025, se lo ha ofrecido ya expresamente en un gesto de vasallaje perfectamente comprensible, dadas las circunstancias. De hecho, el Comité del Nobel debería otorgárselo ya ad perpetuam, para siempre. Sería una tranquilidad enorme para el Parlamento noruego. Y hasta para Suecia, no vaya a ser que Trump no tenga claro del todo cómo va esto del Nobel de la Paz.