Es la selección, amigos

En este país, o Estado complejo para los más tiquismiquis, que es España, encontramos de vez en cuando, sorprendentemente, ese símbolo que aun de manera inconsciente, incluso a regañadientes y con cierta mezcla a partes iguales de resignación y alivio, como cuando hallas la solución menos mala a un problema, nos une en la diferencia. Sobre todo en esa que tanto nos gusta inventar al máximo, aunque sea artificialmente y basada en relatos falsarios: la política. Pero es la selección, amigos, que llama más de lo que uno pensaría, hasta a quienes afirman que no les gusta el fútbol.

Francia - España 14-7-26
photo_camera Francia - España 14-7-26

Siempre quedarán, por supuesto, esos absolutamente irreductibles e incapaces de admitir que, en algún momento, hasta involuntariamente, habrán levantado como en un reflejo nervioso el puño al aire con un gol o hasta con un ¡uy! de la Roja. De esa selección española de fútbol que es más de todos de lo que muchos querrían.

Cuando en España andan los representantes de todas nuestras naciones y nacionalidades en las que nos descomponen, más que en las que nos componen día sí y día también, con nuestros debates de amor y odio sobre los principales símbolos de la patria (himno, bandera y monarquía), quienes somos formalmente identificados como “españoles” estamos a cuenta del Mundial, de nuevo, más en simplificar gestos, legados y significados entonando el lolo-lolo alegremente sin echar de menos letras heroicas, beligerantes o, simplemente, llenas de viejos rencores; sin tener que recurrir a la tela y sus colores como algo que debe ir contra alguien; o viendo al rey como un señor simpático que en nombre de todos entra a saludar a los jugadores al vestuario tan desenfadadamente, y pese a la corbata, tal y como ellos lo reciben orgullosos con la toalla a la cintura amenazando con una debacle protocolaria.

Aún más curioso resulta hoy contemplar cómo hay quien interpreta que eso de que haya dos tipos llamados Mikel (Oyarzábal y Merino) metiendo los goles que suben al marcador de España, y otro llamado Unai que evita los de los contrarios, es la constatación de que, por suerte, ya están aquí ellos -los vascos- para hacer las cosas que desde la meseta no se plantean bien. Y no hablemos de quienes desde Cataluña presumen de ser la esencia blaugrana del combinado hispano con los Cubarsí, Olmo, Yamal, Pedri, Gavi, Torres y Garcías (a falta de uno, dos). Ocho jugadores pero de los que tres son nacidos realmente fuera de Cataluña lo que, con algún que otro añadido más que evidente, desmiente el muy nacionalista mantra de los ocho apellidos catalanes.

A qué punto habremos llegado en esto de localizar referentes de esta maravillosa España tan diversa en el deporte rey que los mayores detractores de la selección, de boquilla, claro, los encontramos en aquellos puristas de la ortodoxia étnico-nacional que no soporta nuevos españoles procedentes de la emigración, como el propio Lamine Yamal o Nico Williams, que tengan un marcado acento francés como Aymeric Laporte o, sobre todo, que encuentran inaceptable que no haya un solo jugador del Real Madrid en la Roja, olvidando que han tenido un equipo que en la Liga ha llegado a alinear a once pasaportes foráneos y ahora se encomienda a un portugués para la próxima temporada. Su más graciosa incoherencia en este punto es que mantengan primorosamente actualizado el marcador de madridistas que en este Mundial meten goles para otras selecciones. No dejarán, pese a todo, de jalear los triunfos de esta selección tan… contaminada, no lo duden.

Así es que resulta, en conclusión, que la selección por la que todos, o casi todos, con excepción de esos cavernarios irredentos, suspiramos en España, o como quieran ustedes denominar al terruño que habitamos, es un compendio de lo que somos: blancos y negros, andaluces, castellanos, catalanes, vascos y demás, todos diferentes y todos uno solo cuando de una tarea común se trata. Y sin complejines ni otros impedimentos para ponerse, y ponernos, la misma camiseta, la roja o esa tan chula de color blanco roto, que diría mi señora, cuando el horizonte al que se aspira requiere de un trabajo serio y, sobre todo, en equipo.

No sé cuál será, si no ha sido ya cuando lean estas líneas, el resultado de nuestro partido contra Francia, país al que tanto admiramos como detestamos, como vecinos que somos. Pero sí sé que, quizá, convendría dejar esto de la política, eso a lo que apelamos cuando de convivir se trata, a gente realmente experimentada en esto de sacar lo mejor de cada uno en lo que nos une más que en lo que nos diferencia. Yo votaría por ello, sin dudarlo, a quien presentara a De la Fuente a presidente del Gobierno. Al menos ha demostrado en esto mucho más su saber hacer que alguno de nuestros próceres.

Sea como fuere, ¡vamos, España!