No es tanto un movimiento estratégico como una reacción de supervivencia. Las encuestas y precedentes recientes dibujan un escenario claro: la fragmentación de la izquierda alternativa no solo dispersa el voto, sino que penaliza especialmente a quien llega más debilitado. Y hoy ese papel lo ocupa Podemos en Andalucía.
El riesgo es evidente. Si no hay acuerdo, el voto se dividirá entre varias siglas, reduciendo drásticamente las opciones de representación. Pero, más allá de eso, el golpe puede ser existencial: Podemos podría quedar fuera del tablero andaluz o reducido a una presencia marginal, incapaz de influir políticamente.
Por eso el cambio de tono. Donde antes había vetos y distancias, ahora hay pragmatismo forzado. Aceptar liderazgos ajenos, ceder posiciones en listas y compartir espacio con antiguos aliados convertidos en rivales ya no es una opción ideológica, sino una necesidad electoral.
En definitiva, Podemos no solo busca un pacto; busca evitar su propia desaparición en Andalucía. Porque esta vez, el lobo no es la derecha, sino la aritmética electoral.