El detonante es claro: condiciones laborales precarias y falta de reconocimiento institucional. El sindicato denuncia que muchas educadoras —un sector altamente feminizado— perciben salarios cercanos al mínimo, soportan jornadas largas y trabajan con ratios de alumnos por aula que consideran excesivas. A ello se suma la falta de inversión y de una normativa estatal que garantice estándares homogéneos en todo el país.
La huelga no surge de la nada. Llega tras semanas de movilizaciones en comunidades como Madrid, Cataluña o Andalucía, donde las trabajadoras ya habían salido a la calle denunciando un “abandono histórico” del ciclo 0-3, clave en el desarrollo educativo pero fuera de muchas reformas estructurales.
En el fondo, el conflicto pone sobre la mesa una paradoja: mientras se reivindica la importancia de la educación temprana, quienes la sostienen denuncian que lo hacen en condiciones límite. El 7 de mayo será, por tanto, algo más que una huelga: un pulso directo a las administraciones para dignificar la base del sistema educativo.