Porque el flex living, tal y como se está implantando aquí, no es una respuesta a una necesidad social. Es una respuesta a una oportunidad de negocio. Y eso se nota desde lejos. El suelo terciario es más barato. Mucho más barato. Y si puedes construir ahí algo que se parece muchísimo a una vivienda, pero sin cumplir las exigencias de la vivienda, y luego alquilarlo a precio de vivienda… pues claro que el modelo “triunfa”. Triunfa para quien lo explota. Para el barrio, ya veremos.
Lo que más sorprende es la velocidad. Edificios que aparecen de la noche a la mañana, promociones que se anuncian como si fueran la panacea, operadores que repiten parcela tras parcela. Y mientras tanto, el Ayuntamiento concediendo licencias con una interpretación del uso terciario tan flexible que casi parece yoga urbanístico.
No hace falta ser malpensado para ver que aquí hay un patrón. Y cuentas como @HilosValdebebas llevan meses documentando cómo este patrón se repite: suelo terciario que se convierte en alojamiento “temporal”, edificios que funcionan como residencias encubiertas, publicidad que habla de “pisos” cuando legalmente no lo son, y una concentración de proyectos que no tiene ningún sentido urbanístico.
Porque, seamos claros: ¿qué barrio del mundo necesita 14.000 unidades de alojamiento flexible? Valdebebas no es un campus universitario. No es un distrito financiero. No es un polo turístico. Es un barrio residencial joven, con familias, con niños, con gente que quiere estabilidad. Y sin embargo, lo están convirtiendo en un parque temático del alquiler rotatorio.
Y eso tiene consecuencias. La primera, la más evidente, es que el barrio pierde cohesión. Cuando la mitad de tus vecinos cambian cada pocos meses, no hay comunidad que aguante. No hay comercio local que se consolide. No hay vida de barrio real. Todo se vuelve más impersonal, más de paso, más frío.
La segunda consecuencia es más sutil pero igual de grave: las dotaciones públicas desaparecen del mapa. Porque si el suelo terciario se usa para alojamientos flexibles, ¿dónde van los equipamientos? ¿dónde van los espacios comunitarios? La respuesta es sencilla: no van. No existen. No se construyen. Y luego nos preguntamos por qué faltan servicios.
Y la tercera consecuencia es la más peligrosa: la burbuja. Porque si no hay demanda real para tanto flex living, y todo apunta a que no la hay, lo que tendremos dentro de unos años será un barrio lleno de edificios medio vacíos, reconversiones improvisadas, precios que se desploman y operadores que se marchan dejando el marrón atrás. El modelo funciona mientras la ocupación es alta y los precios se mantienen. Pero si la demanda cae, todo se tambalea. Y aquí se está construyendo como si la demanda fuera infinita.
Lo más irritante de todo esto es la sensación de que el barrio está siendo utilizado. Que Valdebebas se ha convertido en un laboratorio donde se experimenta con un modelo que beneficia a unos pocos y condiciona la vida de miles. Que se está entregando suelo terciario, y en algunos casos dotacional, a operadores que saben perfectamente cómo maximizar su beneficio. Y que el Ayuntamiento, en lugar de poner límites, está dejando que esto avance sin una reflexión seria sobre el impacto a medio y largo plazo.
No es que el flex living sea malo por definición. Puede tener su lugar, su función, su utilidad. Pero lo que está pasando aquí no es equilibrio: es exceso. No es planificación: es barra libre. No es urbanismo: es negocio.
Y claro que uno se enfada. Porque Valdebebas podría ser un ejemplo de cómo hacer las cosas bien. Un barrio pensado para la gente, con mezcla de usos, con servicios, con vida. Pero si seguimos llenándolo de alojamientos flexibles como si no hubiera mañana, lo que tendremos será un barrio descompensado, sin alma, sin dotaciones y con demasiados intereses privados marcando el ritmo.
Ojalá me equivoque. De verdad. Pero ahora mismo, lo que se ve es un modelo que no responde a las necesidades del barrio, que no tiene una justificación urbanística sólida y que puede acabar siendo un error monumental.
Y lo peor es que, cuando llegue el momento de asumir las consecuencias, quienes tomaron las decisiones no vivirán aquí.