Porque resulta fascinante observar cómo el viejo espacio convergente —la burguesía catalanista del seny, la gestión y el business friendly— empieza a hacer equilibrios con sectores identitarios de extrema derecha para intentar frenar la sangría de votos hacia Aliança Catalana en las municipales de 2027, precisamente otro partido al que tildan de extrema derecha y xenófobo.
Lo que durante años era “inadmisible”, “marginal” o “ultra”, ahora parece convertirse mágicamente en “municipalismo soberanista transversal” cuando las encuestas aprietan, haciendo bueno aquello de “el enemigo de tu enemigo es mi amigo…. O, en versión Catalunya interior, si Silvia Orriols salió de “allí” lo que hay que hacer es comprar “allí””.
La escena tiene algo de tragicomedia postpujolista: los herederos políticos de Convergència, que durante décadas quisieron representar la centralidad institucional catalana, acaban negociando con ex cuadros del FNC mientras intentan convencer a todo el mundo de que ellos siguen siendo “moderados”. Todo muy normal.
El movimiento revela una evidencia incómoda: Junts ya no teme a ERC. Teme a Sílvia Orriols. Y cuando un partido empieza a copiar el marco mental de quien le disputa el electorado, normalmente significa que la batalla ideológica ya la está ganando el rival.
Así que ahora asistimos a una curiosa mutación política: del catalanismo empresarial europeo al nacionalismo identitario defensivo con packaging premium. Eso sí, siempre con nombres elegantes. Porque en Catalunya incluso la extrema derecha necesita sonar a consultora y mucho más en el bastión más importante que les queda a los postconvergentes con Josep Maria Vallès como alcalde y nada menos que el exvicepresident Jordi Puigneró, como segundo…