Durante estos días y los que quedan, los vecinos/as tienen que adaptarse a cambios diarios en el tráfico, cortes repentinos, desvíos mal señalizados y un plan de movilidad poco desarrollado, que parece más una sucesión de parches que una estrategia seria. La ciudad se está viendo sometida a un vaivén constante de restricciones que dificultan desplazarse, trabajar, acudir a citas médicas o simplemente vivir con normalidad.
Y la pregunta es inevitable: ¿de verdad no había alternativas? Madrid ya demostró en el pasado que existen espacios amplios, seguros y bien conectados para acoger eventos multitudinarios sin paralizar la ciudad. Cuatro Vientos, por ejemplo, funcionó en la anterior ocasión con solvencia y sin un impacto tan agresivo en la movilidad diaria. ¿Por qué no se ha contemplado esta opción? ¿Por qué se insiste en ubicar el acto en un punto tan sensible y tan simbólicamente saturado como Cibeles?
La situación se agrava con decisiones difíciles de justificar, como la poda de seis árboles en Cibeles para habilitar el dispositivo. ¿Era realmente necesario? ¿No existen espacios que permitan recibir al Papa León, o a cualquier mandatario, sin intervenir de forma tan directa en el patrimonio natural y urbano de la ciudad?
Madrid es una ciudad hospitalaria, abierta y capaz de recibir a cualquier figura mundial con la dignidad que merece. Pero esa hospitalidad no puede construirse a costa del perjuicio de los de siempre: los ciudadanos/as que pagan sus impuestos, que sostienen la vida diaria de la ciudad y que, una vez más, ven cómo su rutina se sacrifica en nombre de un evento que podría haberse organizado de forma más inteligente.
La sensación es clara: el Madrid del PP se está convirtiendo en un parque de atracciones, un escenario permanente para grandes actos que no siempre tienen en cuenta el impacto real sobre quienes viven aquí. Y lo más frustrante es que lo tenía muy fácil: alternativas había, recursos también, y experiencia acumulada de sobra. Pero se ha optado por el camino más vistoso, no por el más sensato.
Quedará por ver, en el futuro, las cuentas de lo invertido, los costes reales y los beneficios tangibles. Pero lo que ya sabemos hoy es que la logística ha vuelto a fallar, y que el madrileño/a ha vuelto a ser el último en la lista de prioridades.