Escribo estas líneas desde una doble memoria. La de quien creció en una casa donde el 23F no era un capítulo de manual, sino una conversación permanente. Mi padre, periodista, dedicó dos libros a desentrañar aquel día y sus sombras. Y la de quien, siendo estudiante de Derecho, tuvo el privilegio de asistir a varias sesiones del juicio posterior en Madrid. Entre el periodismo y el Derecho aprendí que la democracia no es una abstracción: es un equilibrio frágil sostenido por instituciones, pero también por personas concretas que deciden cumplir su deber cuando más cuesta.
La noche en que el miedo entró en el hemiciclo
A las 18:23 horas, el teniente coronel Antonio Tejero irrumpió en el Congreso de los Diputados al frente de un grupo de guardias civiles. Disparos al techo. Diputados al suelo. Un país entero paralizado ante la televisión y la radio. No era una escena de ficción: era la amenaza real de una involución.
Aquel asalto coincidía con la votación de investidura de Leopoldo Calvo-Sotelo, sucesor de Adolfo Suárez, cuya dimisión había abierto un periodo de incertidumbre. España transitaba aún por los pasillos estrechos de la Transición, con heridas abiertas, tensiones territoriales y una economía en crisis. El golpe no surgió en el vacío; se alimentó de ese clima.
Pero la historia no se escribió solo en el hemiciclo. Se escribió también en despachos, capitanías generales y redacciones de periódicos. Y, de manera decisiva, en el mensaje televisado del rey Juan Carlos I, defendiendo el orden constitucional. Aquella intervención, más allá de debates historiográficos posteriores, fue entonces un dique frente al abismo.
El juicio: la democracia sentada en el banquillo ante quienes querían eliminarla
Meses después, el país asistió al juicio en el Consejo Supremo de Justicia Militar, que actuó como Consejo de Guerra. Recuerdo la solemnidad del ambiente en aquella improvisada sala del Cuartel de Campamento (Madrid), situado en la zona de la Carretera de Extremadura (actual Paseo de Extremadura). No era solo un proceso penal contra unos acusados; era la escenificación de que el Estado de Derecho funcionaba. Que incluso quienes habían intentado quebrarlo serían juzgados con garantías, abogados, pruebas y sentencias motivadas.
Para un estudiante de Derecho, aquello fue una lección inolvidable: la ley no es un adorno. Es el marco que permite que las pasiones políticas no deriven en violencia. Ver a los responsables del golpe responder ante magistrados militares pero independientes fue comprobar que la Constitución no era papel mojado.
El 23F terminó, en términos jurídicos, con condenas firmes. En términos políticos, con un refuerzo de la legitimidad democrática. Y en términos sociales, con una pedagogía colectiva: el ruido de sables no podía volver a marcar el ritmo del país.
El papel del periodismo: contar bajo presión
En casa aprendí otra lección. El periodismo, cuando es honesto, no solo narra; ordena el caos. Mi padre me enseñó que, frente a la confusión y los rumores, la tarea del periodista es separar hechos de conjeturas. En 1981 no había redes sociales ni inmediatez digital, pero sí había incertidumbre, llamadas cruzadas y miedo.
El 23F demostró que una prensa libre es parte esencial del sistema democrático. Informar con rigor en medio de la presión no es un lujo, es una responsabilidad cívica. Quizá por eso, 45 años después, conviene reivindicar aquella generación de periodistas que trabajó sin estridencias, con la conciencia de estar escribiendo historia.
45 años después: memoria sin mitos, firmeza sin rencor
Con la perspectiva que da el tiempo, el 23F no debe convertirse ni en reliquia intocable ni en arma arrojadiza. Fue un fracaso del golpismo y un éxito del marco constitucional. También fue un aviso: ninguna democracia está vacunada para siempre.
Hoy, cuando el debate público se encona y las instituciones son sometidas a tensiones constantes, recordar el 23F es recordar que la estabilidad no es automática. Que la ley y el consenso requieren mantenimiento. Y que el desacuerdo político, legítimo y necesario, tiene límites claros: los que marca el orden constitucional.
Para quienes lo vivimos de cerca —aunque fuera desde la mirada de un hijo de periodista o desde el banco de un estudiante en una sala del Consejo de Guerra— el 23F no es solo una fecha. Es la constatación de que España pudo torcerse y no lo hizo.
Aquel día, la democracia española estuvo a prueba. Y, con todas sus imperfecciones, resistió. Esa es la herencia que, 45 años después, merece ser recordada con respeto y sin estridencias.