Mónica García o el miedo a quedarse sin sueldazo público

La política española tiene una peculiar capacidad para reciclarse sin cambiar nunca de naturaleza. El último ejemplo lo protagoniza Mónica García, que ahora anuncia su intención de volver a la Comunidad de Madrid con una ambición muy concreta: sustituir a Isabel Díaz Ayuso.

Mónica García, Más Madrid
photo_camera Mónica García, Más Madrid

El relato oficial habla de “vocación de servicio”, de “dar la batalla política” y de “mejorar Madrid”. Pero si uno rasca un poco, aparece un patrón mucho más reconocible: la búsqueda del puesto, del cargo, del salario público garantizado. No es tanto una vocación como una trayectoria profesional perfectamente engrasada dentro del sistema.

Porque conviene recordar lo evidente: Mónica García no está regresando desde la empresa privada, ni dejando atrás un proyecto personal fuera de la política. Está pasando de un cargo público a otro. De ministra a candidata autonómica. De un sueldo pagado por todos a otro sueldo pagado por todos. No hay riesgo, no hay salto al vacío, no hay renuncia real. Solo continuidad.

La clave está en cómo se presenta el movimiento. Se vende como un acto de compromiso político, cuando en realidad encaja mejor como una maniobra de posicionamiento. Si gana las primarias, tendrá candidatura asegurada. Si no, seguirá siendo ministra. Pase lo que pase, el sistema la sostiene. Ese es el verdadero “chollo”: la política como carrera sin coste personal.

Además, el mensaje elegido tampoco es casual. El eje no es un proyecto concreto para Madrid, sino una consigna: “que se vaya Ayuso”. Es decir, más oposición que propuesta. Más táctica que visión. En lugar de explicar qué quiere construir, se centra en a quién quiere sustituir. Es política de trincheras, no de soluciones.

Este tipo de movimientos refuerzan una sensación cada vez más extendida: que la política institucional funciona como un circuito cerrado. Un espacio donde los nombres cambian de silla, pero rara vez salen del tablero. Donde la estabilidad laboral está garantizada no por resultados, sino por pertenencia.

Y mientras tanto, el ciudadano observa cómo quienes hablan en su nombre encadenan cargos con una facilidad que contrasta con la precariedad fuera de ese mundo. Ahí es donde el discurso de servicio público empieza a perder credibilidad.

Porque si algo define esta jugada no es el riesgo ni la valentía. Es la seguridad. La certeza de que, ocurra lo que ocurra, se seguirá dentro. Y eso, más que vocación, se parece demasiado a una profesión blindada.